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¿Por qué es necesaria una corrección? (2)

May 21, 2018

 

 

Hoy os voy a hablar de mi favorita en todo el mundo mundial entre las frases que usa la gente para defender que no necesitan un corrector: «Ya tengo el corrector de Word».

 

Cada vez que escucho esta frase me debato entre la risa histérica y el asesinato ritual de masas, y la mitad de las veces decido que es mejor asesinar con un detallado ritual mientras me río con absoluta histeria. Porque, de verdad, el maldito chisme es idiota. Sin más, idiota. Como todas las máquinas, por otra parte.

 

No, qué va, los ordenadores son muy inteligentes, me diréis, ¿verdad? Ajá, sí. Ya.

 

Conste que me encantan los ordenadores. Me chiflan, en serio. Tuve mi primer ordenador allá por el año 86 (sí, soy mayor) y fue amor a primera vista. Pero eso no quita que piense que, en el mejor de los casos, son idiotas. Idiotas con mucha memoria y mucha capacidad organizativa, sí, pero idiotas.

 

Hace años me contaron una anécdota que no sé si será cierta o no (imagino que no, pero me da una pereza horrorosa comprobarlo, así que asumamos que lo es para seguir con el artículo, porque como me ponga a buscar voy a procrastinar durante horas), pero que ilustra muy bien lo que quiero decir: se introdujeron en un ordenador datos que indicaban que la mayoría de los accidentes en escaleras tenían lugar en el primer o el último escalón, y se le solicitó una solución. ¿Cuál fue la respuesta? «Eliminen primer y último escalón de todas las escaleras».

 

Una respuesta muy sensata, muy lógica, basada en los datos… Y completamente inútil.

 

Pues con la ortografía y la gramática pasa lo mismo.

 

Un ordenador no es una persona

 

Un ordenador es una máquina, así que maneja una serie de variables que le han programado, pero no piensa. Al corrector de tu procesador de textos le importa un pimiento el sentido de tu frase. De hecho, y que me corrijan los informáticos en la sala, el procesador de textos no tiene ni la más remota idea de lo que has escrito. Sí, sabe que has puesto «carvón» en lugar de «carbón», pero si lo que querías era poner «cabrón» te lo va a dejar pasar. Y luego vemos bancos ofreciendo cerditos a un 0,75 TAE.

 

Estos correctores os van a señalar las palabras incorrectas, pero les importan un pimiento las homófonas, a no ser que ya sea algo tan flagrante que se haya incluido en su programación. Os voy a dejar una breve lista de todo lo que puede dejar pasar un corrector automático, todos ejemplos que he visto en los textos que he corregido:

 

—Tildes diacríticas: él, dé, té, etcétera. Olvidaos. No ven una. Ni la primera. Y me consta que muchas veces no es que no sepamos que el pronombre personal lleva tilde, es que se nos van los dedos al teclear, y cuando leemos con intención de corregirnos nuestro cerebro traduce lo que quiere ver y no lo que está puesto en realidad.

 

—Los abrigos. Sí, los abrigos, no me he vuelto loca, quería decir eso. Es raro el texto que cae en mis manos que no tiene ese error. A ver, para que lo dejemos claro de una vez: un «sobretodo» es un abrigo. UN ABRIGO. Si lo que queréis decir es que «sobre todo no queréis errores en el texto», va separado.  Uno es un sustantivo. La otra, una locución adverbial. Y al corrector le parecen lo mismo.

 

—Palabras homófonas: me encanta (muchísimo) encontrarme gente poseída por la lívido. Que quizá a ti esto de la excitación te deje pálido en lugar de rosadito, pero me da a mí que no era eso lo que querías decir. Otras muy típicas son «ultima» (que estás acabando algo, sí, pero que la frase no va por ahí) y «perdida» (que no es lo mismo llorar por la pérdida de tu mujer que por la perdida de tu mujer, a ver si nos entendemos, dejando al margen las implicaciones machistas del término).

 

—Los porque, por qué o porqué. Me peleé durante horas con las opciones automáticas de revisión para que el corrector dejara de ponerme «por qué» cada vez que había un signo de interrogación (y todo esto después de pelearme un buen rato intentando deshacer el cambio que SIEMPRE hace en estos casos). A ver, que no. Que hay casos en los que «porque» puede ir entre interrogaciones y no escribirse «por qué».  Mirad:

                ¿Por qué me has hecho esto? ¿Porque me odias?

No es lo mismo «¿porque me odias?» que «¿por qué me odias?». En un caso estáis preguntando si os lo hace porque os odia y en el otro estáis preguntando por qué motivo os odia. Y, una vez más, el autocorrector pasa. Muchísimo. Porque no sabe lo que queréis decir. Una persona sí lo sabría o, por lo menos, puede preguntaros.

 

—La concordancia. Aquí ya me da la risa fuertecito. Es verdad que en ocasiones el autocorrector se lanza y nos marca errores de concordancia, pero deja pasar otros espantosos y nos ofrece a cambio soluciones muy creativas para algunos que no lo son. Mi favorito era cuando me ponía una preciosa rayita bajo «sacudió la cabeza, confuso» y me ofrecía a cambio, con mucha amabilidad, «sacudió el cabeza, confuso». En versiones más recientes de Word esto lo han corregido, pero os juro que me daba la risa tonta cada vez que lo veía. (Ahora mismo me está marcando ese «Han corregido» y me insiste en que debo poner «Ha corregido». Chachi todo).

 

—Rayas de diálogo. Si le preguntarais al corrector del procesador de textos os diría algo como «Raya ¿qué?». O debería, porque, chico, ni idea, oye. ¿Sabéis la de tiempo que paso cambiando esto (-) por esto otro (—)? Ya os lo digo yo: mucho. Y ni hablo de la función de listas de Word en los diálogos, porque esa fue una etapa muy negra de mi vida y no quiero recordarla. Queda entre el psiquiatra que me atendió por mi brote psicótico y yo, y me protege el secreto profesional.

 

¿Y la puntuación de lo que va en esas rayas? ¡Que «preguntó» va en minúscula detrás de la raya! ¡EN MINÚSCULA, MALDICIÓN! Y como sé que no hay consenso ni entre los propios correctores (las personas, no las máquinas) que sepáis que le pregunté a la RAE, que ya estaba hasta el mismísimo ombligo (y otras latitudes australes) de discutir. Y sí, va en minúscula. Hombre ya.

 

Y no os digo nada de que ese autocorrector  no distinguiría un verbo dicendi de otro que no lo es ni aunque le gritara en la cara. ¿Para qué? Vamos a puntuar todos los diálogos al azar, que mola. Así desconcertamos al lector.

 

—Las comas. Oh, las comas. Pobrecitas mías, criaturitas. El autocorrector nunca, jamás, os sugerirá que pongáis o quitéis una coma. No sé si hay alguna app que lo haga, pero me va a costar mucho creerme que una app puede distinguir entre una frase explicativa o una especificativa, va a saber cuándo hay un vocativo o va a ser capaz de señalar que habéis puesto una coma entre ese sujeto infinito y el verbo. Y si no sabéis de lo que hablo, podéis volver al título de la entrada. O contactar conmigo. O con cualquier otro corrector que os caiga mejor (mala gente, sois muy mala gente).

 

—Y al hilo de las comas, ya ni voy a hablar de los puntos y coma o de los puntos suspensivos. Los primeros están en vías de extinción. Los segundos se reproducen como setas y a nadie le importa. Y al corrector automático menos.

 

Nadie Entiende Tu Arte. Los ordenadores menos.

 

Esto que habéis visto es pura corrección ortográfica y gramatical. Algo que, en teoría, podría programarse y conseguir que un ordenador lo entendiera y pudiera sustituir la labor del corrector. Viendo los ejemplos (y otros muchos que me guardo porque tampoco tengo tantas ideas y puedo usarlos en otra ocasión…) me permito dudarlo. Mucho. Pero, oye, ¿quién sabe?

 

Pero ¿y el estilo? (Mirad, otro error típico: entre la interrogativa y el «pero» nunca va coma. Apuntadlo). Los ordenadores no son creativos, no saben si una frase suena bien o mal, no ven repeticiones, pleonasmos, subordinadas eternas, palabras que rechinan, rimas absurdas (me refiero a cuando no estáis escribiendo poesía. Que no me guste la poesía que rima «corazón» con «melón» ya es algo personal), frases farragosas…

 

Rara vez os van a señalar los extranjerismos, las construcciones desaconsejadas, los símiles que no encajan ni aunque los metáis a tortas ni esos que ya están tan asimilados que no significan nada.

 

No os van a decir que habéis puesto setecientos treinta y seis adverbios modales, ni que habéis repetido «Vale, tío» ochocientas cuarenta veces a lo largo del texto. O a lo mejor sí, oye, pero ¿os van a decir cuál es mejor que quitéis?

 

Tampoco os van a explicar que esa palabra que os suena tan bien no significa lo que creéis que significa. Que las campanas no replican (a no ser que sean unas maleducadas), que la gente no suele retozar entre sabanas (a no ser que sean Tarzán o George de la Jungla), que un terreno no está abnegado en agua (a no ser que sienta inclinado a sacrificarse por… no, dejadlo. No lo está y punto) y que los daños no se infringen (a no ser que haya una forma correcta de infligirlos y os la estéis pasando por el arco del triunfo). Y que cuando usáis «interfecto» como quien usa «tipejo» estáis dando a entender algo muy raro, aunque ya lo habéis hecho tantas veces que la RAE ha terminado por incluirlo. Como hará con bizarro. En algún momento.

 

Y por si no te he convencido…

 

Cuando contratas a un corrector vas a comunicarte con una persona. Que sí, es falible, puede cometer errores o puede dejar pasar una errata (siempre se cuela algo. Asúmelo y pasa página), pero entiende lo que querías decir, puede hablarlo contigo y podéis encontrar una solución.

 

Puede ver anacronismos, fallos de continuidad, expresiones modernas que no pegan nada en tu novela ambientada en la Alta Edad Media; puede unificar la tipografía de esas palabras que te has inventado en tu Mundo De Fantasía Perfectamente Construido™ y explicarte por qué no es buena idea escribir la mitad de la novela en élfico. O porque sí.

 

Porque los ordenadores recuerdan, pero la gente razona. A veces.

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