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Juntos pero no revueltos o por qué no deberías usar más de un narrador

May 28, 2018

«Pero ¿por qué no voy a usar dos narradores?».

 

 

Cada vez que alguien hace esta pregunta, llora un gatito. Si, además, después de preguntarlo decide usar dos narradores, el gatito enferma gravemente (no, no se muere. En mi mundo de fantasía solo mueren los humanos, humanoides y especies afines. Los gatitos siempre son felices y se recuperan de todo. Y los perritos. Y las anaconditas. Y todos los animales «no racionales»).

 

Tengo que reconocer que estoy luchando contra la tentación de liquidar esta entrada con un «porque lo digo yo, y punto», pero algo me dice que no iba a colar, así que voy a ver si puedo explicarme. Aunque no valdrá de nada, lo sé. Las modas son las modas y la gente las sigue por… patatas, aunque eso les suponga cardarse el pelo hasta lo imposible y usar hombreras con las que podrían quitarte un ojo. Lo siento, crecí en los ochenta. No me gusta hablar de eso. Me costó mucho superarlo. No me preguntéis.

 

Para empezar, voy a intentar introducir una idea de lo más novedosa en vuestras creativas mentes. Sé que va a ser difícil de aceptar, pero, confiad en mí, funciona. ¿Estáis listos? Ahí va: los narradores no se eligen porque «se te da mejor usar la primera persona» (o la tercera. Si lo que se te da mejor es usar la segunda, sáltate todas las referencias a las novelas. Los libros de autoayuda van en otra sección que no voy a plantearme por el momento. Ni nunca, posiblemente). Los narradores se eligen por su adecuación a la historia que queréis contar. Es la historia la que pide el narrador, no el autor el que decide que mola narrar en presente y en segunda con breves pinceladas en pretérito pluscuamperfecto y un narrador omnisciente para las analepsis porque se le «da bien». Claro que, ahora que lo pienso, si se te da bien esto, quizá debas hacerlo. Aunque solo sea para saciar mi masoquista curiosidad.

 

Podéis intentar una regla muy simple: ¿vuestra novela tiene un único protagonista? Pues podéis narrar en primera. ¿Hay más de un protagonista? Os vais a la tercera de cabeza, ya sea en omnisciente o en subjetiva. Y, como favor personal, que no sea omnisciente. Insisto, como favor personal. No es incorrecto, no es un error, pero es tan… omnisciente. Los narradores que lo saben todo, lo ven todo, no se implican y no toman partido por nada me ponen nerviosita, pero, oye, esa soy yo. El resto del mundo puede tener todas las opiniones (equivocadas) que desee sin tenerme en cuenta, ya estoy acostumbrada.

 

¡Pero yo quiero escribir mi novela romántica en primera, que ahora se lleva mucho!

 

Vale, pues hazlo. Pero en una novela romántica (a no ser que quieras recrear el mito de Narciso de una manera muy particular) suele haber, al menos, dos protagonistas. Al menos. Así que te has cargado de golpe, solo con poner ese «yo» en el primer párrafo, la mitad (al menos la mitad. Si te has cargado un sexto, quiero leerlo. Por curiosidad, ya sabes) de las posibilidades de tu novela. Vamos a ver la historia a través de los ojos del personaje que has elegido como narrador, y el otro va a ser solo un reflejo de lo que el protagonista ve. Sin ideas propias, sin más explicación a sus actos que las que percibimos a través del narrador principal.

 

Y es entonces, cuando alguien se da cuenta de que necesita a ese otro protagonista, que tiene que mostrarlo porque hay escenas que le hacen falta y en las que su narrador no está, que quiere explicar por qué el pobre personaje sin voz ha tomado una decisión extraña que no se comprende sin su intervención como narrador, que… lo que sea, es entonces, digo, cuando se le ocurre la idea genial.

 

«Voy a usar dos narradores. En primera. O no, espera, mejor: uno en primera y otro en tercera. ¡Sí! ¡Es muy original!».

 

Tranquilo, gatito, yo te cuidaré.

 

Para empezar, y solo como un apunte cínico al que no puedo resistirme: si tú llevas en esto tres meses y piensas cómo es posible que a ninguno de tus autores de cabecera, que llevan eones escribiendo y aprendiendo, se le haya ocurrido antes ese recurso tan original que tienes en mente… pues es que a lo mejor sí se les ha ocurrido. Y lo han descartado. Porque no funciona.

 

Y es que vamos a ver, la primera persona tiene una innegable ventaja: acerca al lector. Funciona fenomenal, por ejemplo, en historias de terror, porque esto de yo te esté contando a ti, solo a ti, lo mal que lo estoy pasando mientras me adentro en ese sótano oscuro y hediondo, donde me rodean las sombras y los crujidos extraños e irreconocibles, donde siento cómo un helado hilo de miedo recorre mi columna hasta estallar en mi nuca, ahí, justo ahí donde me parece notar la caricia de unos dedos fantasmales rozándome con sus huesudas yemas… que leerlo en tercera. Conste que la tercera subjetiva consigue un efecto muy, muy similar, pero la primera sigue funcionando genial y es una opción más que válida.

 

Pero ¿qué pasa si usamos dos primeras? Pues que el efecto se diluye y ya no te sirve para nada. Lo mismo da que narres en tercera, que es más propio y menos desconcertante, porque no vas a conseguir esa complicidad, esa cercanía de la primera si usas dos. Además, ese «yo» en cada capítulo hace que el lector se tenga que centrar cada vez que cambia el narrador. Vale, es un breve instante, lo que le lleva darse cuenta de que en el título pone un nombre que no es el del capítulo anterior (hábil truco para centrarlo, en lugar de recurrir, por ejemplo, a una forma de hablar propia del personaje que haga imposible la confusión), pero cualquier recurso que consiga que el lector parpadee y se pregunte qué está pasando es un error. El lector sale de su sueño de ficción, se da cuenta de que tiene un libro entre las manos y ya lo has perdido durante un rato.

 

Para mí, esto se agrava cuando mezclamos primera y tercera, porque encima me tengo que acostumbrar de nuevo al uso de los verbos. Hizo, hice, dijo, dice… Y tardo un ratito en procesarlo. Cuando pregunté a otros lectores si no les despistaba, diez de cada diez entrevistados dijeron que sí, aunque algunos añadieron que después «te acostumbras».

 

No.

 

A ver, no.

 

Si te «tienes que acostumbrar», ya vamos mal.

 

La lectura tiene que ser fluida, sin sobresaltos, sin que siquiera te des cuenta de que pasas una página después de otra hasta llegar al final (o hasta que te quedas dormido con el libro sobre la nariz y te levantas a la mañana siguiente maldiciendo porque ha sonado el despertador y tú has sobado tres horas).

 

Pues yo se lo he visto hacer a Stephen King

 

Sí, claro, y yo (novela en tercera y en pasado, capítulo en primera, en presente y desde el punto de vista de un perro. Con dos cojones. Y funciona. La madre que lo parió). Pero, asumidlo, no sois Stephen King. Ni Anne Rice, que aunque desde hace algunos años se le haya pirado el panchito a Mordor cosa mala, sigue siendo Anne Rice.

 

Antes de echar a correr, hay que saber andar. Antes de «innovar», hay que conocer las reglas, porque así sabréis si podéis romperlas, cómo o por qué, y qué vais a conseguir con eso. Si no entendéis por qué es mejor usar una primera que una tercera o viceversa, no os lancéis a mezclar narradores, ya no por todo lo que os acabo de decir, sino porque ¿por qué? ¿Para qué? ¿Qué intentáis conseguir? ¿Qué efecto en el lector? Todo lo que uséis en una novela, desde una escena al más mísero adjetivo, tiene que tener un motivo. Todo. Sí, todo. Si ni sabéis por qué lo hacéis, ¿cómo queréis que lo sepa el lector?

 

Esos autores ya consagrados (y consagrado no es tener siete comentarios de cinco estrellas, cuatro reseñas positivas ni haber estado en el número uno de ficción paleolítica en Amazon Sri Lanka durante tres días seguidos, conste) a los que les habéis visto hacer «cosas innovadoras» saben de sobra por qué lo están haciendo. Conocen la «norma» y han decidido de forma consciente pasársela por el hueco entre las patas porque saben lo que van a conseguir y es justo lo que están persiguiendo. No lo hacen por ser diferentes, chachis y molones, lo hacen porque SABEN. 

 

Y cuando vosotros sepáis, también podréis hacerlo.

 

O no.

 

 

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