Featured Posts

Hablemos de sexo

June 4, 2018

 

 

Sí, bueno, reconozco que el título es pura mercadotecnia, aunque algo de esto hay, de verdad, lo prometo. Pero confesad que os habéis sentido mucho más tentados a mirar la entrada cuando habéis leído la palabra «sexo». Que yo de esto no entiendo mucho (de mercadotecnia, digo. De sexo… No, nada. Que ya sabéis lo que quiero decir, no me lieis), pero hasta ahí llego.

 

El caso es que sí quiero hablar de sexo. De escenas de sexo, para ser precisa. ¿Por qué? Pues porque me ha dado por ahí, qué queréis que os diga. Y porque creo que el tema da para mucho (el de las escenas de sexo, digo. El de… Bueno, eso, ya sabéis cómo va).

 

Para empezar, vamos a hablar de la «necesidad» de incluir escenas de sexo en una novela. Aquí, además de una postura (postura, nada menos) intermedia, que es la que yo defiendo, ya lo voy adelantando, hay dos bandos bien definidos con ideas muy, muy diferentes sobre el tema. Por un lado, están los que insisten en que el sexo no es necesario en absoluto, como no es necesario explicar otras necesidades fisiológicas. Y por el otro, están los de «Yupi, más sexo, venga, que no falte. A mogollón».

 

Como de costumbre, en el punto medio está la virtud. O no, porque ya os he dicho que yo estoy en ese punto y lo de la virtud ni se me presupone. Pero para entendernos, para mí no tienen razón ni unos ni otros. Para mí. PARA MÍ. Mi única, personal e intransferible opinión. Que luego se me lanzan ambos bandos al cuello y ahora mismo no tengo ganas de defenderme. Que si me llegan unos sicarios a la puerta, a lo mejor los dejo pasar y les facilito el trabajo.

 

Es cierto que una novela puede no necesitar una escena de sexo para nada. Ni siquiera aunque sea una novela romántica (oh, anatema, excomunión, lo que ha dicho), aunque ahí matizo que en pleno siglo XXI es más bien raro encontrar una pareja totalmente casta y pura (y subrayo el «totalmente». Que si vais a seguir confundiendo «coito» con «sexo» os voy a redirigir a un par de amigas sexólogas que tengo por ahí), así que a lo mejor esas escenas de «ayuntamiento carnal» son necesarias para explicar el progreso de la relación. A lo mejor.

 

Pero también es cierto que las opciones sexuales de tu personaje pueden ayudar a definirlo. No todo el mundo lo hace igual (y si lo piensas, te remito de nuevo a mis amigas sexólogas). No se comporta lo mismo sobre un colchón (o cualquier superficie al uso) un experimentado libertino que se tira a todo lo que se mueve, respira o tiene una apariencia vagamente antropomórfica que una novicia recién salida de un convento que solo ha visto a un hombre a través de la rejilla de un confesionario. No se enfrenta igual a una relación sexual alguien que le da un valor trascendente a ese encuentro que alguien que lo considera algo natural y sin demasiada importancia. No reacciona igual una persona muy tímida y acomplejada que alguien que se siente más que a gusto en su propia piel. El carácter, las vivencias, las opciones, la experiencia…, todo eso define unas preferencias o una forma de comportarse. Y, como todo lo demás que forma parte de la vida de un personaje, le da al lector una pista sobre su personalidad, le ayuda a representárselo, a verlo como real.

 

Y aquí es donde viene el otro bando y me dice algo tipo: «Tampoco dedicas tres páginas a una escena en que el personaje está meando». Vale, probablemente no. Pero también doy por hecho que no puede haber muchas diferencias en cómo afrontamos los humanos esa necesidad fisiológica en concreto. Vamos, que no le va a aportar al lector gran cosa, a no ser que te dediques a escribir tu nombre en la pared (guarro) o que juegues a ver quién mea más lejos (simple). Ya que queréis establecer un paralelismo con otras necesidades, pensemos en la comida. Sí hay mucha diferencia entre dos personas a la hora de comer. No solo en la elección de los manjares, sino también en el modo de usar los cubiertos, colocar una servilleta (o usarla, ya puestos), dar las gracias en plan americano por los alimentos recibidos… En fantasía, por ejemplo, hay páginas y más páginas dedicadas a gente comiendo. En banquetes, en familia, en el bosque mientras escapan de los orcos, en… Tampoco hace falta que te vengas arriba, como Martin, y escribas tu propio libro de recetas, pero sí hay que tener en cuenta que es algo importante, algo que define una cultura y que va más allá de un modo de cumplir con algo que tu cuerpo te pide. Y puedes usarlo para encuadrar a un personaje. ¿O es que no os acordáis de Pretty Woman, cuando ella intentaba aprender cómo se usaban los cubiertos? Pues eso. El que tu personaje sepa hacerlo, dice algo sobre él, por mucho que no sea necesariamente un indicativo de clase social y que Pretty Woman sea una película horrible.

 

Entonces, ¿cuándo debo incluir una escena de sexo?

 

Pues como cualquier otra escena. Cuando se necesita. Cuando, por el motivo que sea, esa escena aporta algo a la historia, a la ambientación o a la definición del personaje.

 

No vale que la incluyas (iba a decir «la metas», pero casi que me autocorrijo) porque creas que el sexo vende. No vale que la incluyas porque es novela erótica y solo se han encamado tres veces, así que ponemos seis polvos seguidos y tiramos millas. No vale que la incluyas porque ahora todas las novelas románticas (por ejemplo) llevan sexo.

 

Que no.

 

A ver, no.

 

Que es como cualquier otra escena. Cualquier otra. Si la necesitas, si sirve para algo, tiene que estar. Si no, sobra, entorpece y lo más que vas a conseguir es que el lector ponga los ojos en blanco hasta verse los surcos del lóbulo frontal y piense algo parecido a: «Pero, por los dioses, ¿ya están dándole otra vez? ¿Esta gente no duerme? ¿No come?».

 

Vale, lo he pensado y mi historia necesita esa escena. Pero se me dan fatal. ¿Me la salto?

 

¡Ojo! Si vas a pronunciar las palabras «fundido en negro», te voy a mirar muy mal. En serio, MUY mal. Si necesitas esa escena, si de verdad tienes que narrarla, nárrala, no me seas vago. Que después de doscientas ocho páginas de roces furtivos y tórrida tensión sexual entre María Cristina y Ángel Alonso, después de que se libraran de su pérfida madrastra y de que superaran la crisis existencial del mayordomo, TIENES que resolver eso. Porque si después de doscientas ocho páginas sudando, te lo quitas de encima con un: «Y la puerta del dormitorio se cerró tras ellos», es muy posible que tus lectores hagan una colecta para contratar a un sicario. El fundido en negro en estos casos es la versión literaria del coitus interruptus. Literalmente. Y es frustrante.

 

Si no me creéis, os remito a Crepúsculo. La autora no llegó a contarles jamás a sus lectores cómo había sido la noche de bodas entre el Gusiluz y la nena, y miles de fanfickers se lanzaron a cubrir ese vacío.

 

Y de aquellos barros vinieron estos lodos.

 

Así que no sirve que no se te den bien. Esto es como todo: practica, lee, practica, lee y vuelve a practicar. (Me refiero a escribir las escenas. Malpensados).

 

O haz trampa.

 

Eh, las trampas están permitidas si se hacen bien. Veréis, yo odio las escenas de acción. Me encanta leerlas, pero aborrezco enfrentarme a ellas. Me paso horas reescribiéndolas para que no parezcan una sucesión de ataques de la grulla histérica contra defensas del puercoespín oligofrénico. Me dan dolor de cabeza. Así que hago trampa. A veces muy evidente (me busco un punto de vista ajeno a la pelea, que además está lejos y la ve poquito), a veces más disimulada (tiro de emociones, de miedos, de metáforas, de sensaciones…, y me olvido de lo que hacen, me centro en cómo se sienten al hacerlo). Pues con el sexo lo mismo. Si te da reparo y vergüencita esto de hacer descripciones pseudoginecológicas, pues tira de metáforas y de emociones, que para eso están.

 

Y solo de pasada

 

Y con respecto a este último párrafo, a las descripciones ginecológicas y el lenguaje obsceno en la narración (en los diálogos me la sopla. La peña dice muchísimos tacos), recuerda siempre al maestro Pratchett, que decía que la diferencia entre un libro erótico y uno pornográfico es la misma que existe entre escribir con una pluma o con un pollo.

 

Y si no entiendes el símil, a lo mejor deberías plantearte eliminar un par de docenas de  palabras de dos sílabas en tu escena de sexo. 

Etiquetas:

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

La peor mamarrasha del mundo

March 12, 2019

1/6
Please reload

Recent Posts

January 7, 2019

November 26, 2018

Please reload

Search By Tags
Please reload

Follow Us
  • Facebook Social Icon
  • Twitter Social Icon
  • Google+ Social Icon
This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now