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Y tú, ¿quién c*** eras?

June 25, 2018

 

Tranquilos, esta semana no me siento más malvada de lo habitual, así que la pregunta no está dirigida a ese momento en el que, en cualquier sarao literario, te asalta alguien con una sonrisa comercial en los labios y un «Hola, has leído mi libro, ¿verdad?». Podría, conste, porque eso me ha pasado. A menudo. Y me irrita de forma considerable. Así que, solo de pasada, y aunque no viene a cuento: si he leído a alguien, me gusta y tengo la oportunidad de conocerlo en persona, os aseguro que la voy a aprovechar. Si no lo he leído (o lo he leído y me ha horrorizado), al asaltarme así me ponéis en una situación de lo más incómoda, que no me predispone ni lo más mínimo para daros una oportunidad. Tengo poco tiempo y doy muy pocas oportunidades, así que por lo menos, molestaos antes en entablar una conversación conmigo, o aseguraos de que no estoy manteniendo otra charla interesante o importante con alguien antes de meterme vuestra criatura debajo de la nariz. De los asaltos por Facebook ya ni hablo. Cuando alguien me pide amistad y tarda treinta y siete segundos exactos en mandarme un privado con el link de compra de su libro, lo bloqueo en menos tiempo del que se tarda en decir «Estoy ocupada».

 

Pero, como digo, yo no he venido a hablar de eso (no, de mi libro tampoco. Rara vez hablo de mis libros. No me imitéis en esto, hay un punto intermedio entre el asaltador profesional y la pasota nihilista y yo jamás he sabido salir de la segunda opción). No, yo he venido a hablar de esos momentos en que estás leyendo un libro y, de pronto, cuando aparece un personaje que —supuestamente— deberías conocer, lo único que aparece en tu mente es esa pregunta: «Y tú, ¿quién coño eras?».

 

Hay varias posibles explicaciones al hecho de que tengáis que haceros esa pregunta, unas mucho más graves o más enojosas que otras, así que a ver si puedo organizarlas de una forma coherente. Puede ser que no, conste, el Caos es mi único dios.

 

Yo era así, pero ya no

 

Los personajes evolucionan (o deberían), cambian, crecen… Es lo que se llama «arco de transformación» y deberíais plantearos uno para vuestros protagonistas (al menos, para vuestros protagonistas). Pero a veces, porque el autor se ha dado cuenta de que el personaje no le sirve tal y como estaba, se pasa la evolución por algún sitio poco higiénico y donde dijo «digo» dice «al carajo con todo». No estoy diciendo que un personaje cobarde no pueda lanzarse a rescatar a sus amigos poniendo en peligro su propia vida, porque puede pasar y puede deberse a una evolución interesante y bien llevada. Lo que estoy diciendo es que ese que siempre se quedaba atrás, y que nunca ha mostrado ni la más mínima intención de cambiar, sin que pase nada que lo empuje en otra dirección, encabeza el asalto gritando «¡A la carga!», porque han secuestrado al héroe y no queda nadie más a mano que lo haga. Y, claro, el autor necesita rescatarlo porque si no se le acaba el chollo y tiene que terminar la novela en la página setenta y tres, cuando aún no han aparecido las temibles mariposas carnívoras, la escena de sexo intergaláctico y la derrota definitiva del Malvado Sin Alma.

 

No hay problema en que un personaje haga algo que parezca fuera de sus motivaciones principales, pero al menos intentad justificarlo con una evolución lógica. O, incluso, porque tiene una motivación oculta que habéis ido mostrando poco a poco, aunque sea con pequeñas pinceladas, y que encuentra el momento preciso para surgir. Quizá vuestro personaje sea un cobarde cuyo principal interés es seguir vivo, pero ahí, escondida debajo de capas y más capas de temblores, sudor frío y gran velocidad en la huida, está esa lealtad inquebrantable hacia sus amigos, a los que ha seguido hasta los confines de la galaxia (tiritando, sí, pero los ha seguido). Quizá lleva años enamorado en secreto del héroe, y no puede soportar la idea de que muera antes de la escena de sexo intergaláctico (a ser posible, con él).

 

Sea como sea, pensad que si un personaje va a cambiar, tiene que cambiar por algo, no porque ya no os venga bien que sea así. Hace años leí una novela en que el hermanastro del protagonista lo odiaba a muerte. Lo aborrecía hasta el punto de hacer cualquier cosa con tal de amargarle la existencia. Y, de pronto, el protagonista cae herido, el hermanastro andaba por ahí y en el tiempo que transcurre entre que lo coge en brazos y lo lleva del jardín a la casa, su monólogo mental pasa del «Cómo lo odiaba» al «En realidad, no sabía por qué lo odiaba tanto» y, por fin, al «Podía afirmar que su hermano era el hombre más noble de toda Inglaterra». Literalmente. En dos párrafos. Doscientas cincuenta páginas odiándolo y, sin nada que lo explique, el personaje cambia de forma radical sus filias y fobias por… patatas. A no ser que estéis escribiendo parodia, no os recomiendo hacer algo así.

 

Yo era así, pero ya no, porque lo digo yo

 

Esta es la segunda versión del curioso fenómeno de los Personajes Que Cambian Como el Viento en Otoño. Os pondré un ejemplo basado en hechos reales, como las películas del domingo al mediodía, para que lo veáis claro. Tenemos una trilogía en que cada libro está dedicado a un personaje. Durante las dos primeras novelas (y no voy a entrar a valorar lo tópico, los clichés o la calidad literaria, porque fue una etapa oscura de mi vida y me vi obligada a leer estas novelas —en diagonal— como parte de la documentación para un artículo), este personaje era el gracioso, el irreverente, el que no se tomaba nada en serio, mientras que los otros dos eran los típicos machoman tan recurrentes en los últimos tiempos. Ya sabéis: «Oh, sí, nena, soy muy dominante y me voy a encargar de organizar tu vida porque yo cuido de lo que es mío». Vale, no os voy a contar que las dos primeras novelas eran idénticas y solo cambiaban los nombres de los protagonistas, porque no viene al caso (idénticas de verdad. Estoy convencida de que la autora usó la misma escaleta, porque los puntos de giro eran exactamente los mismos en las dos. Solo cambiaba el «relleno»), ni os voy a contar que cuando llegué a la tercera, estresada y deseando acabar con eso de una vez para seguir con mi vida y superar el trauma, sentí un cierto alivio porque ese tercer protagonista había prometido durante más de quinientas páginas ser diferente.

Pues bien, en el primer párrafo (y no, no exagero, fue literalmente en el primer párrafo), el monólogo interno del protagonista decía algo así: «Sus amigos pensaban que él era el más tolerante y simpático, el más comprensivo, pero en realidad él era el más dominante y rígido de los tres». Quizá no estoy usando las mismas palabras, pero os aseguro que es casi textual. ¿Os imagináis mi cara? Pues eso. El resto de la novela fue un enorme, gigantesco, elefantiásico «¿Pero tú quién coño eres?», porque aparte del nombre y la estatura, el tipo no se parecía en nada a lo que había mostrado hasta entonces. Se parecía a los otros dos, eso sí.

 

Soy consciente de que esto de escribir n-logías requiere una cierta planificación, y soy consciente también de que la mayoría de vosotros creéis ser escritores de brújula (os equivocáis en un noventa por ciento de los casos, quede claro), pero al menos pensad en qué queréis hacer con los personajes principales, porque os juro que no hay nada más irritante que encontrarse con que ese mutante cínico y desalmado del planeta Ñu, que lleva dando por saco desde el minuto uno, se convierte en una tierna hermanita de las galaxias unidas en paz y amor cuando le llega el momento de tomar el testigo de Protagonista Chachi.

 

Lo mínimo que tendríais que tener claro son los rasgos principales de personalidad de vuestros personajes y sus motivaciones. Lo mínimo. Ya no os digo que busquéis una forma propia de hablar, aficiones, intereses, un pasado (que, de verdad, no tiene que ser traumático, os lo prometo), gustos propios, gestos propios, alguna habilidad, alguna debilidad… Pero, por lo menos, no los cambiéis porque sí, porque ya no os apetece que sean como habíais pensado, porque se supone que para vosotros (y, con suerte, para el lector) son gente, gente de verdad. Y la gente de verdad no cambia ni maldita la falta que le hace. Evoluciona, crece, se supera, pero lo que los hace ser ellos, los rasgos intrínsecos de su personalidad no van a cambiar. Pues lo mismo para la gente de papel. Si queréis que evolucionen (por favor, queredlo), genial, pero que sea coherente con aquello que lo hace ser quien es.

 

Hola, soy el asesino

 

No leo muchas novelas de detectives, lo reconozco. A veces sí cae en mis manos alguna novela negra que devoro en tres bocados, pero las típicas de investigación detectivesca no suelen estar nunca en mis wish list. Entre otras cosas porque mi madre adoraba a Agatha Christie y, quizá por rebeldía adolescente, quizá porque soy así de quisquillosa, me leí un montón de novelas suyas cuando era cría y muchas de ellas terminaron por cabrearme más que otra cosa. Sobre todo, porque me daba cuenta (sí, ya era repelente a esa tierna edad) de que la dama del crimen me hacía trampa. Una trampa descarada. Cuando llegaba el momento de las revelaciones finales, y yo ya había elegido y descartado tres o cuatro sospechosos, el dichoso Poirot se ponía a dar explicaciones de cómo había llegado a descubrir al asesino y no era nunca el que yo pensaba. ¿Por qué estaba muy bien hecha la novela? Nooo, porque él tenía datos de los que yo no disponía. Era imposible que yo sospechara que el mayordomo había asesinado a la señorita Amapola en la biblioteca con el candelabro, porque entre todos los personajes que se acercaron a la biblioteca esa noche, a él jamás se lo nombró. Además, ¿cómo iba a saber yo que la señorita Amapola había seducido a su primo para robarle su fortuna, lo que abocó a la familia a la ruina, obligándolo a aceptar ese puesto de sirviente que tanto odiaba? ¡Si nadie me lo dijo!

 

Y la variante de «Y tú, ¿quién coño eras?» en las novelas de detectives va un poco por ahí. Es muy complicado escribir una buena historia de investigación, dejando las pistas justas para que el lector, cuando por fin todo encaja, se lleve la mano a la frente y exclame: «Pero ¿cómo no me di cuenta?». El equilibrio entre lo que hay que contar y lo que hay que esconder es muy delicado; puedes pasarte, y los que tenemos el cerebro acostumbrado a buscar patrones os vamos a pillar en la página doce, o puedes quedarte corto y frustrar al lector. Y la peor forma de frustrarlo es que llegue el momento final, en el que la novela se acelera, todo va a la velocidad del rayo hacia las revelaciones finales, pasas las páginas a toda prisa, esperando confirmar tus sospechas, y alguien dice: «Oh, cielos, es John Doe».

 

Parpadeas.

 

Enarcas una ceja (o quieres hacerlo, como en mi caso, porque la genética es una perra sin sentimientos y no me ha permitido ese gesto que tan bien encaja con mi dulce personalidad).

 

Vuelves a parpadear.

 

Y piensas: «¿John ¿qué? ¿Este quién era?».

 

Y entonces vuelves ciento cincuenta páginas hacia atrás, y descubres que el tal John Doe había aparecido hacia la mitad de la novela, cruzado dos frases con el protagonista (una el saludo de rigor y la otra un comentario sobre el tiempo) y no se lo había vuelto a nombrar hasta la revelación final.

 

Muy chachi todo. ¿No queréis que la gente sepa quién es el asesino? Pues nada, ni lo mostráis y arreglado. Así esos listillos de los lectores se van a sorprender.

 

No, qué va. No nos sorprendemos. Nos cabreamos cosa fina. De verdad.

 

Resumiendo

 

Crear personajes vivos, únicos y que con los que el lector pueda empatizar (no simpatizar, no es lo mismo. Y si lo confundís os vais a frustrar muchas más veces de las necesarias) no es fácil, pero al menos intentad hacer un esfuerzo para que no tenga que preguntarse quiénes son, porque es una de las cosas que más molesta cuando quieres disfrutar de una historia. Algún día quizá me ponga didáctica y os cuente un par de trucos para crear personajes más reales, o quizá rebusque entre mis archivos y os envíe a algunos artículos de otra gente que explica estas cosas mucho mejor que yo. Pero hoy no, que ya me estoy quedando sin batería en el portátil, es tarde y todavía tengo que ir a comprar algo para cenar.

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