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Se permite odiar (y se debe escuchar a los lectores)

July 9, 2018

Parece obvio, ¿no? Todos tenemos derecho a que algo no nos guste. Pero a que no nos guste en un plano tan profundo, que todo lo que tenga que ver con ese algo nos revuelva las entrañas, haga subir la bilis por nuestras gargantas y nos obligue a soltarla en forma de exabruptos más o menos creativos.

 

En mi caso, eso ocurre con el brócoli.

 

¿Qué? ¿Esperabais una diatriba sobre algún aspecto literario y mi odio a esa verdura os ha decepcionado? Pues lo siento, pero si hay algo que aborrezco de todo el universo conocido —y parte del ignoto— es el brócoli y no soy capaz de comprender que alguien pueda comerlo por placer.

 

En cuanto a los libros, pues sí, también hay errores (o cuestiones relativas a gustos personales e intransferibles) que me ponen los pelos de punta, cómo no. Pero os seré sincera: llevo arrastrando mi esqueleto por esta roca polvorienta a la que llamamos hogar demasiado tiempo como para dejar que un mal libro (o una mala película, o una mala serie, o el Despacito o la Salchipapa) me amargue la existencia. Ya he llegado a esa edad en la que te das cuenta de que no te va a sobrar el tiempo, y abandono un libro malo (o que a mí me resulta intragable por el motivo que sea) sin ningún cargo de conciencia y en menos tiempo del que se tarda en decir «Anda y que te den». Me gusta demasiado leer como para consentir que una mala experiencia me arruine el placer de sostener una novela entre las manos.

 

Sin embargo, reconozco que me fascina descubrir qué odian otras personas (humanas o no) y me fascina aún más la capacidad de alguna gente para tomarse a pecho las filias y fobias ajenas, hasta el punto de cabrearse de un modo feroz y lanzarse a hacer sangre (sobre todo en las redes sociales) solo porque alguien no piensa como ellos. Porque, en serio, de verdad, por supuesto que se permite odiar, pero ¿para qué enfadarse? ¿Qué necesidad?

 

Aquí voy a hacer un inciso para agradecer una vez más a la gente que pulula por mi muro de Facebook su actitud y su forma despreocupada de comportarse como auténticos haters. Durante días, hemos intercambiado miles de mensajes (sí, miles, literalmente) odiando algo que otros amaban, amando algo que los demás odiaban y encontrando almas afines que odiaban o amaban lo mismo que nosotros. Sin una discusión, sin un problema, sin una voz más alta que otra, sin siquiera el más leve insulto solapado. Solo odio, desahogo y risas. Y catarsis. Mucha catarsis. Así que, ya veis, sin duda, se puede odiar sin miedo. Solo hay que saber con quién hacerlo. Nosotros hemos tenido suerte, pero también estoy segura de que si alguien hubiera entrado con intención de morder, habría sido ignorado sin más problemas y la fiesta habría seguido.

 

Aparte de las risas —que fueron muchas y que, si los dioses son propicios, seguirán siéndolo—, a mí esos posts me han servido para algo más. Para algo que ya hace mucho que llevo sospechando y defendiendo, pero que ahora puedo argumentar:

 

Los lectores saben mucho más de lo que creen los escritores

 

En serio, mucho, muchísimo más. A menudo me encuentro por las redes con autores que dicen frases como «Para mí vuestra opinión es lo más importante», y está bien, en serio, es educado, es correcto, es empático. Pero también es cierto que a veces lo dicen cuando hay un halago, o una crítica sutil y poco agresiva que probablemente ignorarán. Y luego se quejarán a sus amistades de que un lector les ha dicho que «no pudo con su libro porque la protagonista era inaguantable» (y puede ser una queja justificada, sin ninguna duda, pero es que a veces lo que ese lector quiere decir es que el personaje es incoherente. Y eso es grave). Es verdad que también he escuchado conversaciones salidas del planeta de la Mala Educación con Mayúsculas, en que los autores se quejan de las críticas personales, de argumentos ad hominem en que algún (idiota) lector les menta a la madre, hace insinuaciones ofensivas sobre su vida sexual (o su carencia de ella) o se mete con su estatura, su aspecto o su estilismo (personal, no literario). No voy a entrar en eso. No hablo con (ni de) gente que carece de la más elemental educación o inteligencia, porque en mi planeta están proscritos. Es mi mundo y me lo fo… eh… establezco las reglas que me da la gana.

 

Pero sí voy a deciros por qué creo que los lectores saben mucho y a veces no se tiene en cuenta lo que dicen porque les falta ese vocabulario gafapasta que nos gusta usar a los que creemos que sabemos algo de la Literatura De Calidad©. Y voy a subrayar el creemos, conste.

 

Los lectores puros (esos seres míticos en plan unicornios dorados, que nunca han querido escribir y solo se dedican a leer. Cuenta la leyenda que hace unos años eran mayoría en el mundillo literario), como os decía, rara vez conocen términos como «suspensión de la incredulidad», «arco de transformación», «infodumping», «worldbuilding», «deus ex machina» o cualquier otra chorrada similar. Pero si llevan el tiempo suficiente leyendo, os garantizo que, con una frase muy sencillita, os van a decir dónde habéis metido la pata con la precisión de un bisturí láser. He tenido la oportunidad de comprobarlo de forma fehaciente estos días cuando pregunté qué los hacía abandonar un libro a la velocidad absurda. Las respuestas fueron variopintas, pero hubo varias coincidencias interesantes.

 

La mala ortografía, gramática y sintaxis

 

Esto no necesita explicación, ¿verdad? Y supongo que aquí lectores y escritores estamos de acuerdo y no nos hace falta profundizar más. Me da igual lo que me cuentes y cómo me lo cuentes si no distingo ni una palabra por lo mal escritas que están o si soy incapaz de seguir el hilo de tu historia porque no tiene ni un solo signo de puntuación en su sitio. Pero si sois de los escritores que piensan que «lo importante es la historia», tomad nota. Ahí tenéis a un sector del vuestro público objetivo que os va a mandar al conco por esos errores. Y no os va a dar otra oportunidad.

 

Los finales apresurados

 

Os habéis currado una presentación de doscientas páginas. Habéis hilado un nudo de trescientas cuarenta. Y habéis llegado al final tan agotados y con tantas ganas de poner la palabra «fin» que habéis resuelto toda la trama en siete párrafos. Enhorabuena, habéis perdido un buen puñado de lectores del tirón.

 

El lector puro os dirá que el final ha sido apresurado. Yo os voy a decir que deberíais planificar la estructura de vuestras novelas para que esté, al menos, un poquito compensada. Y que si llegáis al final sin ningún plan preconcebido, tenéis a los personajes metidos en un follón del quince del que no sabéis cómo sacarlos y va a morir todo el elenco, tirar de deus ex machina aburre hasta al gato. O, si sois escritores de fantasía, lo cambiamos por esta preciosa frase: «Lo hizo un mago». Que levante la mano el que haya escrito fantasía y no se haya burlado jamás de esto. ¿No? ¿En serio? Sí, tú, el del fondo. ¿Nunca te has reído de eso? Vale. Pues vuelve a leerte toda la Dragonlance como penitencia y vuelve la semana que viene.

 

Si no me lo creo, lo planto

 

Ah, la suspensión de la incredulidad. Todos los que aporreamos teclas sabemos lo que es, ¿verdad? ¿No? ¿En serio? Bueno, por si acaso: el lector modifica su sentido crítico de la realidad y lo adapta a las reglas que habéis creado para vuestro mundo. Estamos dispuestos a creernos que existen los zombis, que una dama del siglo XIX se va a desprender de sus enaguas solo con una mirada del noble libertino (y que puede hacerlo en un carruaje. ¡Ja!), que se puede llegar a un punto en que las mujeres sean adornos o criadas que sufren violaciones y abusos y… oh, wait. En fin, como sea. Si no decidiéramos creernos esas premisas extrañas, absurdas en el mundo real, no podríamos leer casi nada. Así que nos las creemos, adaptamos nuestros parámetros a lo que el autor nos está presentando como posible, porque, veréis, una novela no tiene que ser veraz, solo tiene que ser verosímil. Pero, amiguitos, esto tiene un problema: si os saltáis vuestras propias normas, estáis perdidos. El lector se cabrea y se va. Y con razón. Os habéis cargado el pacto narrativo y eso no se perdona.

 

Y no depende de lo increíble que sea vuestro mundo, sino de lo creíble que lo hagáis. Los lectores de fantasía somos capaces de creernos cualquier cosa con alegría demente: ¿humanos que se transforman en animales? Yupi. ¿Magos, brujos, hechiceros? Dame más. ¿Un mundo plano que viaja sobre cuatro elefantes apoyados en el caparazón de una tortuga? Gracias, Pratchett. Pero, ojo, así como entramos en una realidad imposible con una sonrisa en los labios, esa sonrisa se convierte en una mueca de odio cuando no respetáis las reglas. Si un tipo vuela solo cuando llueve, pues vuela solo cuando llueve. Me da igual lo absurda que sea esa premisa, me la creo y ya, porque soy lectora de fantasía y me parece estupendo que alguien vuele. Pero si el personaje, de pronto, vuela cuando hace sol porque… porque… porque el autor lo necesita, voy a tirar el libro por la ventana. Sin complejos.

 

Y ahora es cuando decís que vosotros no escribís fantasía, que escribís histórica o contemporánea y os documentáis la tira. Sí, ya, pero también podéis fastidiarla. Y con más facilidad, por increíble que os parezca. Partís de un mundo que ya está creado, con unas convenciones que el lector conoce y asume. Cargáoslas y estáis perdidos. Si vais a poner a esa dama a la que hacía referencia levantándose las enaguas y dándose a la lujuria, o lo justificáis o vais de culo, cuesta abajo y frenando con la lengua. Si os vais a saltar las premisas que rigen las relaciones entre distintas clases sociales, lo mismo. Si alguien viaja de Coruña a Madrid en dos horas por la autopista, me voy a reír fuertecito y os voy a mandar al conco. Y si los Sanfermines se celebran en Valencia mientras alguien comenta que somos gente extraña porque quemamos a nuestros dioses… Bueno, vale, da igual, me río, pero sigo mirando, porque, oye, tengo un sentido del humor depravado.

 

Y esto es lo que os está diciendo un lector cuando comenta que no se lo cree. Que os estáis saltando las normas que rigen el mundo en el que narráis (vamos, que vuestro worldbuilding es penoso), y como no consigue esa suspensión de la incredulidad, os deja por otro más guapo. La vida es así de dura.

 

Era como leer la Wikipedia

 

Y aquí viene otro palabro: infodumping. Hay muchas formas de fastidiarla con el exceso de información (que es más o menos lo que viene a querer decir el palabro), y todas os las va a criticar el lector puro con frases como «Es que se hacía aburridísimo con tantas descripciones», «Es que me contaba la vida del personaje desde la cuna», «Es que había tanto dato técnico que me perdía», «Es que había trozos que parecían sacados de la Wikipedia».

 

Os entiendo. Habéis pensado mucho en la novela, os habéis cargado de documentación y habéis decidido que los lectores nos la vamos a comer toda. Con patatas. Y salsa de tomate.

 

Pero el lector tiene que saber lo necesario para entender la trama, no para sacarse un máster en, yo qué sé, la Edad Media. Pensad muy bien qué datos son imprescindibles y buscad la mejor manera de contarlos, pero no soltéis el rollo sin más ni más, porque lo que vais a conseguir es que vuestra magnífica exposición sobre el cultivo de berenjenas transgénicas en Burkina Faso (o sobre la trágica infancia, adolescencia y madurez temprana de vuestro protagonista anciano) se lea en diagonal. Así que habréis hecho el trabajo para nada. Bueno, sí, para que el lector os deje plantados.

 

Si no pasa nada en las primeras páginas, lo dejo

 

No me voy a cansar de repetirlo: las historias empiezan donde vosotros queréis, que para eso sois los autores. Pero ¿por qué diablos no las empezáis en un momento en el que ocurra algo? Algo, lo que sea. Cualquier cosa que me dé ganas de seguir leyendo. Y, de verdad, la vida cotidiana del protagonista, narrada durante las veinte primeras páginas, sin nada más que sus hábitos alimenticios o el modo en que se ata las zapatillas, me importa tres pimientos y medio. Que a lo mejor cuando lo conozca un poco más, pues me interesa, pero ahora mismo quiero ver lo que me tenéis que contar. Y si lo que me tenéis que contar es que María Elena se prepara todas las mañanas un zumo de naranjas valencianas en un exprimidor de última generación y en un vaso de cristal azul con pequeñas flores amarillas, que heredó de su tía Paquita Mercedes, acaricia a su gato persa atigrado con ojos amarillos, se cepilla su melena dorada con suaves ondas y reflejos rojizos antes de recogerla en una coleta alta con un lazo de color azul cielo y recorre media ciudad (con descripciones de edificios relevantes incluidas) para llegar a su trabajo en (insértese aquí descripción de la compañía y de su sede al detalle), pues como que mejor me voy a enganchar a Netflix un rato.

 

Os he dicho que la podéis fastidiar con los finales apresurados, pero la podéis fastidiar todavía más con las primeras frases. Esas palabras iniciales son definitivas. Según mi experiencia, si una novela empieza genial, puede fastidiarla, pero si empieza fatal no remonta ni de broma. Así que me leo el primer párrafo y si no me gusta, dejo el libro y cojo otro. Y os garantizo que hay mucha más gente como yo, así que, por favor, sed directos y usad ese primer acercamiento al lector para desplegar todo vuestro arte.

 

Esto no acaba aquí

 

 

Qué va, hay un montón de cosas más que hacen que los lectores abandonen un libro, y muchos más aspectos técnicos que son capaces de resumir en una frase tan simple como «A la mitad, me aburrió un montón». Pero ya, si eso, os lo cuento otro día, porque ya me he extendido como un virus y todavía me queda algo por comentar que no tiene nada que ver con esto. O sí.

 

En algún momento de esta semana (y no digo el día porque mi vida es un caos) va a aparecer una nueva sección en el blog y va a aunar dos de las cosas que más me gustan en esta vida: escribir y ser mala gente. Así que, si todo va bien y el tiempo y la autoridad competente lo permiten y esas cosas, un par de veces al mes vais a poder leer por entregas una historia paródica en la que Narrador© y Constructor© os van a mostrar en clave de humor (eso espero) todos los errores en los que puede caer un escritor en el proceso de creación de su novela. Como casi todo lo que hago cuando quito los filtros no os voy a garantizar que os vaya a entusiasmar (venga ya, ya sabéis que odio esto de echarme flores) pero sí que será absurdo, enloquecido, demente y un poco cruel.

 

Así que hasta el próximo día y que los dioses nos pillen relajaditos.

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