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No parece escrito por un hombre

July 16, 2018

 

Cada vez que escucho esa frase, lo primero que viene a mi cabeza es «idos al carajo». Sí, ya sé. No es muy educado (y la RAE ha admitido «iros» y me importa un pimiento), pero es mi cerebro y dentro de sus paredes óseas pienso lo que me da la gana y como me da la gana. Luego no lo digo (o no así), para que veáis que a veces tengo filtros. No muchos, cierto, pero los tengo. Artificiales y creados a base de insultos y odio ajeno más o menos disimulado, pero ahí están.

 

Rara vez se me da por hacer declaraciones de principios en los artículos sobre este tema (mis redes sociales ya son otra cosa, y ahí si lo necesito me desahogo a gusto), pero llega un momento en que lo suelto o me pongo mala, porque tengo que ir al calendario y comprobar si estamos en el siglo XXI o me he confundido o trasladado a (los dioses no lo permitan) una época en la que todavía no había fontanería.

 

Mis queridos cachorritos: hay personas. Punto. Personas románticas, personas cínicas, personas que van hasta las cejas de humor negro, personas que carecen de gracia, personas dulces, personas amargas… Personas, solo eso. A veces tienen los genitales externos, a veces internos y a veces estos no coinciden con la imagen de sí mismos que tienen en la cabeza. Pero todos son personas, con sus particularidades y todo aquello que los hace únicos, incluso en esto de aporrear teclas.

 

El año pasado, en un taller, les pasé a mis alumnos (gente joven de entre dieciocho y treinta años) dos relatos y les pedí que me dijeran cuál lo había escrito un hombre y cuál una mujer. Eran quince. Catorce fallaron: el relato irónico y cruel (que era mío, por cierto) lo asignaron a un hombre y el dulce y romántico a una mujer (que era de un colega. Hombre. Cis. Hetero). Solo uno dio la respuesta que yo esperaba: «Es imposible saberlo». ¡Gracias, chaval!

 

Porque, en serio, es IM-PO-SI-BLE. Cuando asumís que un determinado texto lo ha escrito un determinado género, estáis siendo prejuiciosos y perpetuando unas definiciones ficticias, artificiosas y absurdas. Esto no es una proclama feminista (o quizá sí), solo es la exposición de un hecho: hombres y mujeres escriben igual. Igual de bien o igual de mal, lo mismo me da. Esto último dependerá del talento y de la formación de cada uno, no de si lleva sujetador (o ha decidido quemarlo) o se afeita la barba (o usa el término más suave: «depilación»). Y lo primero dependerá de la clase de personas que son. No por ser mujer tengo que ser dulce y romántica, y no por ser hombre tienes que ser un simio que va dándose golpes en el pecho al grito de «¡Tengo que reproducirme!».

 

Tengo por ahí a un colega al que tutorizo (hola, Ángel Vela) que siempre me pide que mire si sus escenas terroríficas pueden ser más terroríficas. No solo porque sea mi trabajo (que lo es), también porque sabe que a mí se me dan mejor. Este mismo colega es capaz de escribir cartas de amor que a mí me hacen subir la glucosa hasta el punto del coma diabético, textos que yo no podría recrear ni aunque me ponga hasta arriba de azúcar refinado y comedias románticas. Que, ya puestos, no me gustan y solo las tolero los domingos por la tarde, cuando tengo el cerebro a ralentí y me trago hasta las películas de A3 al mediodía.

 

Yo leo de todo, así que escribo de (casi) todo. Durante una larguísima etapa de mi vida priorizaba las historias de terror y fantasía, así que muchas de mis influencias provienen de ahí y se nota en mis textos. Además, nací cínica y cuando huelo flores busco el ataúd. Y no, la vida no me ha hecho así. Lo siento por los que tenéis una visión romántica de nuestra existencia, pero lo mío es genético. Y sí, soy una mujer (y me siento como tal), no «un tío con tetas» como me han dicho alguna vez, en una frase tan machista como absurda.

 

Jamás permitiré que me hagan ponerme un seudónimo para escribir algo que se considera «cosas de tíos» porque estaré perpetuando la idea de que, solo porque mis genitales están ahí, escondiditos dentro de mi cuerpo, tengo que escribir cosas monas y dulces. Y si fuera un tío y quisiera escribir romance, tampoco tendría por qué esconderme tras un nombre falso, porque tendría todo el puñetero derecho del mundo a ser así (y el adjetivo antepuesto es para que veáis lo mucho que me incordia este tema). Y a que quien me lee no diga cosas como «no parece que lo haya escrito un hombre».

 

Ahora alguien vendrá y dirá que he escrito novela romántica. Y sí, es cierto. ¿Y? También he escrito parodia, fantasía y relatos de terror. Porque, como cualquier ser humano que se precie, tengo matices y tengo influencias y no soy como uno de esos personajes cliché de algunas novelas que se definen solo por un rasgo destacable. Los seres humanos somos complejos. No somos unidimensionales, somos prismas con mil caras y mil facetas, y los personajes de ficción también deberían serlo. Si lo hacéis bien.

 

Ya que estamos

 

Solo por darle a esta entrada algo más que un componente reivindicativo: cuando os planteéis una nueva historia, haced el favor de definir a los personajes por sus motivaciones, no por su sexo. Intentad saltar esas barreras mentales que os dicen que si están María de la Encarnación y Pablo Alberto, tiene que ser María de la Encarnación la damisela en apuros y Pablo Alberto el caballero andante. O que Pablo Alberto quiere escapar de la relación y María de la Encarnación se muere por renunciar a su carrera y tener una docena de niños y una casa con la proverbial verja blanca. O que él tiene que ser fuerte y protector y ella amable y conciliadora. O él el jefe y ella la secretaria.

 

Y, por profundizar más, si hay un triángulo María de la Encarnación, Pablo Alberto y Carlos Alfredo, no hace falta que uno de los nenes se enamore de la nena. También se pueden enamorar entre ellos. Y lo mismo si hay una Federica Antonia, que puede volverse loca con la arrolladora personalidad de María de la Encarnación.

 

En resumen

 

Olvidaos de dejar en su sitio esa novela de terror solo porque la ha escrito una mujer o esa novela romántica porque la ha escrito un hombre, porque vais a descubrir que (si quien escribe lo hace bien) si no os hubieran dicho el nombre, no tendríais ni idea de cuál era el sexo de su autor.

 

Y si escribís, haced el favor de considerar a vuestros personajes como algo más que un cliché que no hace más que repetir consignas de género más que superadas. Definidlos por lo que quieren, por lo que necesitan, por sus experiencias y sus acciones, y no porque «siempre se haya hecho así». Y pensad que un personaje puede tener mil caras, y algunas pueden ser paradójicas. La nena puede ser un miembro de las fuerzas especiales intergalácticas y cargarse a dos docenas de invasores alienígenas sin pestañear, y en su tiempo libre vestirse de rosa y pasear por su casa con zapatillas de peluche con carita de dulces conejitos; y el nene puede ser un amo de su casa estupendo y cuidar de los doce hijos que ha tenido con María de la Encarnación. Que es tornera fresadora y conduce excavadoras como una campeona.

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