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No me grites (y otros signos raros)

July 23, 2018

 

No, no estoy hablando de que no vengáis a gritarme en persona. Que tampoco os lo recomiendo, porque tengo mal carácter y corréis el riesgo de acabar en una de mis novelas. Muertos. De un modo tan ridículo como doloroso y que incluya palabras tan desagradables como «emasculación». No, hablo de esa manía de introducir símbolos o grafías extrañas en las novelas, que no sé a los demás (ya hemos establecido que no suelo considerar la opinión de los demás como mi problema), pero a mí me hace llorarle a los Dioses de la Falta de Recursos Narrativos. Fuertecito.

 

Si hay una regla que deberíais respetar (o no hacerme ni caso, que para eso está el libre albedrío. Una idea nefasta, si queréis mi opinión) es la de no introducir en vuestros textos nada que «interrumpa» la lectura. En el momento en que el lector parpadea, se queda clavado ante esas mayúsculas extrañas o esas haches (o, los dioses no lo permitan, esas vocales) que se prolongan hasta el infinito, ya lo habéis arrancado del dichoso sueño de ficción y la habéis fastidiado. Sí, claro. Hay excepciones. Pero no sois Pratchett y la Muerte habla como le da la gana, ¿vale?

 

De verdad, no hay ninguna necesidad (repito, ninguna. Nunca. Never) de introducir mayúsculas para que se vea que vuestro personaje grita.

 

—¡¡¡AAAAAAAAHHHHHHH!!! ¡¡¡¡¡¡¿¿¿UNA ARAÑA???!!!!!! ¡¡¡QUÍTAMELA!!!

 

Vamos a empezar con que (y sí, voy a citar a Pratchett una vez más) tres signos de exclamación son síntoma inequívoco de locura. Además de eso, tened claro que al lector no le parece que el personaje grite más solo porque habla en mayúsculas. Mi madre tardó días en entender por qué no podía poner los mensajes de WhatsApp en mayúsculas sin que yo pensara que estaba enfadada conmigo, y estoy segura de que no es la única. Internet no lo es todo. No, de verdad, no lo es.

 

Y entonces vendrá alguien y me dirá que cómo se puede saber que el personaje está chillando y yo, que tengo una paciencia infinita, certificada y apoyada por las declaraciones de numerosos testigos, suspiraré y miraré al infinito, preguntándome por qué no le hice caso a mi padre y no me dediqué a la patología forense, que va mucho más con mi personalidad.

 

Vamos a ver, cachorritos, todos sabemos lo que son las acotaciones, ¿verdad? ¿Tú no? ¿En serio? Vale, pues deja de escribir esa historia inmediatamente y atiende: ¿has visto los diálogos de cualquier novela? ¿Esas cosas que vienen detrás de las rayas y que, muchas veces, llevan otra raya después con una aclaración? ¿Las que les ponen a los personajes cuando hablan? Pues esas acotaciones pueden (y muchas veces deben) ofrecer información adicional sobre lo que está ocurriendo en ese diálogo. No solo quién dice la frase, sino cómo la dice, en qué tono o haciendo qué. Así que esa cosa horrible con signos de exclamación excesivos y mayúsculas espantosas puede cambiarse por algo tipo:

 

—¡Una araña! —Carlos Alfredo se movía por toda la habitación mientras manoteaba y pataleaba como un guiñol manejado por un marionetista puesto de crack hasta las cejas—. ¡Quítamela! —chilló con voz aguda, pálido y al borde de la muerte por ataque de histeria terminal.

 

Que, vale, es domingo, una hora temprana hasta la indecencia y solo llevo un café, así que tampoco va a pasar a la historia de las Frases Maravillosas, pero que explica bastante claro lo que hace el personaje y sin necesidad de convertirlo en un cartel de las rebajas de enero.

Así que antes de hacer algo así, pensad que siempre es mucho mejor explicar lo que ocurre y, si es posible, mostrarlo en lugar de contarlo. Porque tampoco sirve de nada que digáis algo de este estilo:

 

—¡Una araña! —exclamó Carlos Alfredo. Estaba muy nervioso. Le daban miedo las arañas—. ¡Quítamela! —pidió, porque su fobia le impedía hacerlo él mismo.

 

No sé, a lo mejor me confundo, pero a mí en la segunda frase Carlos Alfredo me parece muchísimo más tranquilo, la verdad. Así, como con flema británica: «Por favor, podrías quitarme este horrible arácnido de mi traje nuevo, porque padezco un inexplicable pavor hacia los seres de ocho patas y estoy sintiendo cierta inquietud. Gracias».

 

Y esto me lleva (como siempre) a otra cosa

 

Si vais a acotar un diálogo, por favor, evitadme las obviedades. Bueno, en general, evitadme las obviedades siempre, porque hay días que termino con agujetas en los músculos oculares de tanto mirarme el lóbulo frontal. Lo que el lector quiere ver es lo que no es evidente, lo que solo vosotros sabéis y podéis mostrarle. Y no solo en los diálogos. En todo. No hace falta decir que una cafetería tiene camareros y una barra, o que una cocina tiene un fregadero. Lo raro sería que no tuviera, así que ahí sí tendríais que decirlo.

 

A ver, por ejemplo:

 

—Te quiero —dijo con amor.

 

¿No me digas? ¿Lo dijo con amor? Vaya, qué raro. Qué cosa más extraña que alguien pronuncie un «Te quiero» con amor (o cualquier otra expresión empalagosa que se os ocurra). En serio, no hace falta. Lo que hace falta es aclararlo cuando lo dice con odio, con ironía, con duda, con apresuramiento, con indiferencia… Vale, quizá es un mal ejemplo porque en los últimos tiempos el amor se confunde con tantas cosas que no lo son, que igual hace falta aclararlo, pero ya veis por dónde voy, ¿no? Lo obvio no hay que contarlo. Tampoco hace falta que digáis que un personaje ironiza cuando está ironizando. Si el lector no pilla la ironía, tampoco lo va a hacer porque se lo digáis. Pero, bueno, podéis pasar de mí y llenar los textos con adjetivos inútiles, no pasa nada. Siempre va a haber quien os pregunte en qué tono dijo «Te quiero», como siempre va a haber quien os pregunte cómo de larga la tenía el protagonista, porque no lo dijisteis (esto me lo contaron el otro día. No voy a dar datos, pero que sepáis que es cierto. Que a alguien le preguntaron eso de su prota porque no lo había especificado).

 

Volviendo al tema

 

Que no me uséis signos raros, por favorcito os lo pido. Ni números («se movió 2 metros) a no ser que sean larguísimos y difíciles de escribir (23.589.062.176) o fechas o algo así, admitido y eso; ni mil exclamaciones una detrás de otra, que además os obligarán a perder el tiempo contando cuántas habéis puesto, porque hay que cerrarlas todas; ni mayúsculas absurdas a modo de gritos, que no sirven para nada y molestan a la vista.

 

Y como bonus track, olvidaos de los puntos suspensivos. Que si bien los pobres dos puntos y el punto y coma están en vías de extinción, los cabrones de los suspensivos se reproducen como conejos y sin necesidad, porque os aseguro que tienen unos usos muy concretos, y no solo pueden estar ahí porque os mole ponerlos. Ah, y son tres. No cinco, ni dos, ni setenta y cuatro. Tres. Os resumo los usos, a ver si así puedo leer una novela sin que me dé la impresión de que todo el mundo está dudoso o deja las frases colgando:

 

—Para indicar duda, vacilación o algo similar.

 

—Cuando se corta una frase porque se sobreentiende el final.

 

—Para insinuar y no poner un taco (a mí esto me la sopla. Si tiene que ir un taco, va. Prefiero mil veces que digáis «¡Qué hijo de puta!» a que pongáis los suspensivos ,que es de lo más mojigato. Y ya que hablamos de tacos: en los diálogos, chachi. En la narrativa, contaditos y solo si es un narrador subjetivo y el personaje es muy, muy, muy malhablado).

 

—Para enumeraciones abiertas o incompletas, o cuando se quiere dejar una frase en suspenso.

 

—Entre paréntesis (…) cuando citáis algo y os saltáis un cacho.

 

—Y he dejado para el final de la que abusa todo el mundo: con intención enfática, para alargar la entonación: «Ser… o no ser… Esa es la cuestión» (Gracias por el ejemplo, RAE). Y aquí ya es la pesadilla, porque he visto textos en que todos los personajes hablan así, enfatizando cada frase, todo el tiempo, una línea tras otra. Y es todo tan intenso, tan exagerado que quiero gritar. Mucho. Muy alto. Con mayúsculas y muchos signos de exclamación. A ver, se puede usar con esta intención, claro, pero como cualquier recurso, sed prudentes, o voy a imaginarme un mundo en que nadie es capaz de hablar de forma normal (voy… a imaginarme… un mundo… en el que nadie… es capaz de hablar de forma… normal).

 

Y como apunte, la RAE dice esto de las interjecciones: «Se escriben entre comas las interjecciones o locuciones interjectivas». Entre comas. No con puntos suspensivos. Comas. Así que es: «Oh, vaya» y no «Oh… vaya». Al último punto de los usos os remito.

 

Podría seguir, pero necesito otro café, así que lo voy a dejar aquí y otro día vuelvo sobre el tema, porque, como de costumbre, hay mucho más. Y me conozco, la falta de cafeína me vuelve más borde (sí, más). Pero, antes, que sepáis que si todo va bien y blablablá, el miércoles volverán Constructor© y Narrador© con más aventuras y, a lo mejor y solo a lo mejor, dentro de poco veréis una sección nueva, auspiciada por las locuras de los miembros de la Hermaldad.

 

Hala, feliz lunes, si es que tal cosa existe.

 

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