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Cómo escribir una novela malísima en ocho cómodos pasos.

August 6, 2018

 

Internet está lleno de guías para convertiros en triunfadores en un puñado de cómodos, rápidos y fáciles pasos. Las hay sobre cualquier tema que podáis imaginar y, por supuesto, la literatura no iba a ser una excepción.

 

Estoy segura de que, como mínimo, en ellas vais a encontrar muchos y variados consejos. Unos buenos, otros malos, unos pocos geniales y uno o dos imprescindibles y de los  que deberíais grabaros a fuego en las meninges y tatuaros en algún lugar bien visible. A mí me encantaría escribir una de esas guías, palabra, pero ya hay gente por ahí que lo hace mucho mejor de lo que lo haría yo y a quien podéis (y debéis) recurrir en caso de necesidad.

 

Además, os confieso que no tengo ni la más mínima idea de qué hay que hacer para triunfar en este mundillo, y si lo supiera, no estaría aquí, un domingo por la mañana a una hora temprana hasta la indecencia, tomándome un café tras otro y escribiendo esta entrada. Ya os conté mi sueño imposible la semana pasada, así que no os voy a aburrir repitiéndolo una vez más, pero que sepáis que madrugar y destrozarme el hígado a base de estimulantes legales como la cafeína no forman parte de él.

 

El caso es que, como no tengo ni idea de qué hay que hacer para triunfar (ni tampoco demasiado interés en estudiar el tema), no podía escribir la típica entrada de «Convierte tu novela en un éxito en diez lecciones fáciles». Tampoco podía escribir «Cómo fracasar de forma miserable con tu historia», porque todo lo que se me ocurre lo he visto en bestsellers y, claro, va a ser que mis consejos no funcionarían.

 

Pero sí puedo contaros cómo conseguir que vuestra novela sea lo peor que vuestros lectores hayan tenido la desgracia de leer desde que aprendieron el abecedario. Por supuesto, si seguís estos pasos al pie de la letra, no significa que no triunféis o que no os convirtáis en bestsellers (por desgracia para los que todavía creemos en la Buena Literatura™) y hasta puede ser que os sirva para ello, porque (una vez más, por desgracia) calidad y éxito no van de la mano y, en más ocasiones de las que me gustaría reconocer, se miran desde la distancia con las armas de destrucción masiva cargadas y a punto.

 

Antes de empezar voy a poner pie en tierra de incas, es decir, a hacer hincapié en esta idea, porque me parece importante: famoso, exitoso y vendible no son sinónimos de bueno. No lo han sido nunca y jamás lo serán, y ahí están la comida basura y las tiendas chinas para demostrarlo. Os puede gustar algo malísimo (tengo apuntada la maratón de Sharknado en la agenda y no me la perderé por nada del mundo) y seguirá siendo malísimo, y podéis odiar algo buenísimo y seguirá siendo una genialidad (Joyce, jamás terminaré tu Ulises. Austen, aborrezco tus campiñas). Confundir lo que nos gusta con lo que es bueno es un error de concepto muy grave. Y ya sabéis: de aquellos barros vienen estos lodos.

 

Me importa un pimiento que alguien adore una novela espantosa, de verdad, que a mí también me ha pasado, pero me irrita fuertecito que me digan que es buena, que la absoluta pobreza léxica de su autor es «su estilo» o que si el conflicto me pareció una soberana gilipollez (basada únicamente en que los personajes estaban mal trazados y les faltaban tantos hervores que ni se habían acercado a la cocina) es porque «me falta sensibilidad». Y no, no me falta, como demuestra el hecho de que algunas novelas hieren esa sensibilidad que se supone que no tengo hasta hacerla sangrar.

 

Dicho esto, os voy a contar cómo podéis escribir una historia mala, malísima, malérrima, sin esfuerzo y en unos pocos y cómodos pasos.

 

1.- La ortografía y la gramática son algo que les pasa a otros

 

¿Por qué escribir algo bien pudiendo hacerlo mal? ¿Quién se inventó esa tontería de las reglas ortográficas y gramaticales y, lo que es más, para qué puñetas sirve? ¿Por qué limitar vuestro arte usando el diccionario si tenéis dudas?

 

Sé que me pongo muy pesada con este tema (el oficio, supongo), pero si queréis que vuestra novela sea un horror, tenéis que tenerlo muy en cuenta y usar tildes, comas, haches, uves y demás por un sistema que tenga poco que ver con las reglas y todo con el azar.

¡No queréis que se os entienda! Eso podría hacer que el lector tenga ganas de seguir leyendo y no es el objetivo. No, no. La intención del lenguaje es comunicar, y si escribís con corrección, comunicaréis con precisión (qué bonita rima me ha quedado) y eso no es lo que nos interesa.

 

Además, todos sabemos que lo importante es la historia, ¿verdad? Pues para cargaros también eso nada mejor que:

 

2.- No planificar

 

Nunca. Jamás. Bajo ningún concepto. Que ni se os ocurra tener un plan para esa historia fantástica que estáis escribiendo y que os llevó delante de las teclas con poco más que «María de las Mercedes Antonia es una vampiresa del planeta Ñu, que se enamora de un celiaco adicto al cardamomo».

 

Porque todos somos escritores de brújula, ¿no es así? Claro que sí. El noventa y nueve por ciento de los escritores noveles encuestados afirman serlo.

 

Y el noventa y ocho coma nueve por ciento se equivocan.

 

Hay escritores de brújula, por supuesto, pero muchos menos de los que pensáis. Ojalá me pagaran por cada vez que alguien llega a mí con: «Tengo escritas doscientas páginas, pero llegué a un punto en el que no sabía cómo seguir». Estaría un paso más cerca de cumplir mi sueño o, al menos, de ir comprando esa alfombra sobre la que Fassbender y yo practicaremos actos inconfesables.

 

Cuando esto ocurre, la raíz del problema siempre es la misma: no había un plan, y cuando ya se han presentado los personajes, María Mercedes Antonia ha conocido a su celiaco y han descubierto que no pueden vivir juntos porque en el planeta Ñu no hay cardamomo, se acabaron las ideas y ya no sabemos por dónde tirar.

 

Yo no soy muy metódica, lo reconozco, y tiendo a escribir en explosiones de actividad frenética (que suelen depender de mis picos bajos en el curro) que me dejan agotada e inservible para nada creativo durante semanas o incluso meses. Pero es muy raro que me siente a escribir sin saber al menos cómo llegar del punto A al punto B y quiénes van a hacer el camino. No lo escribo, cierto. No lo apunto ni lo esquematizo sobre el papel, también es verdad. Pero tengo una memoria excelente (no, no es broma. Y no, no es arrogancia. Nací así y puede ser tanto una ventaja como una maldición, porque soy capaz de guardar rencor durante eones. Anotadlo, por si las moscas) y lo llevo todo bien organizado en la cabeza antes de ponerme, porque si no lo hago, sé que empiezo y cuando se termina el flow adiós muy buenas, hasta la próxima, ya tengo otra carpeta más con ochenta mil palabras que jamás usaré.

 

Así que no planifiquéis ni lo más básico. Ni de broma. Porque si lo hacéis podéis terminar la novela con cierta coherencia y no queremos eso. Además todo tendrá sentido y responderá a un plan y los personajes se comportarán como teníais previsto y de acuerdo a su personalidad, y eso nos lleva a:

 

3.- Si cambiáis de idea, no os molestéis en revisar lo que ya habéis escrito

 

Hombre, por favor, ¿cómo vais a hacer eso? Si María de las Mercedes Antonia os está fastidiando con su sed de sangre a mitad de la novela, olvidaos de esa compulsión, que es un incordio. Y no lo justifiquéis, que ya el lector se adaptará y le encontrará una explicación a su cambio de hábitos, y seguro que será mejor que la que vosotros podríais haber pensado.

 

Al fin y al cabo, los personajes hacen lo que quieren, los muy cabrones (sí, hacen lo que quieren, es verdad. Pero aseguraos de que su idea es mejor que la vuestra y de que la podéis justificar antes de malcriarlos), y al lector le encantan los giros inesperados.

 

Ajá. Sí. Nos encantan. Todos tenemos una mesa que cojea y vuestra novela tiene el tamaño justo. Gracias.

 

Cambiad las normas de vuestro mundo y no os molestéis en explicarlo, ¿qué necesidad? Empezad escribiendo una novela histórica y cuando llevéis ciento ochenta páginas sacaos de la manga un mago, un alien y siete avances tecnológicos anacrónicos, claro que sí. Los necesitáis y el arte no tiene restricciones. El autor hace lo que le da la gana, incluso escribir un desastre infumable, incoherente y sin sentido.

 

Y ya que habéis empezado mal, terminad peor:

 

4. Si os cansáis de la novela, abreviad

 

Lo entiendo, en serio. Viajar de planeta en planeta con una vampiresa que ya ha renunciado a su sed de sangre y un adicto llorón que solo sabe decir «¿Dónde está mi cardamomo?» termina por aburrir. Además, si habéis seguido mis consejos hasta ahora, habéis dado tantas vueltas y cambiado tantas veces de opinión que ya sois incapaces de seguiros el hilo a vosotros mismos, y eso es un asco.

 

No, es mejor acabar cuanto antes. Al fin y al cabo, habéis dedicado ciento veinte páginas a la presentación, once al conflicto (no se os ocurre cómo desarrollar la adicción al cardamomo porque eso supondría que os tendríais que documentar, y eso va  en otro punto) y ya no lo vais a poder vender como novela corta, que están de moda. Pues nada, el adicto se levanta una mañana y descubre que el amor de María de las Mercedes Antonia es todo lo que necesita para sobrevivir y son felices para siempre. Y ya. Al lector le gustan los finales felices. Todo guay.

 

Y si de paso conseguís que quede sin resolver el hilo que abristeis en el planeta Ñu con la niña huérfana, la trama de los gorriones caníbales del capítulo siete y el arco de la conspiración mundial para secuestrar las reservas mundiales de cardamomo, lo habréis petado. Si los guionistas de Lost lo consiguieron, vosotros también podéis.

 

5.- ¿El estiqué?

 

Aunque me hayáis hecho caso hasta aquí, siento deciros que todavía podéis hacer bien unas cuantas cosas, y no vamos a permitirlo. Así que tomad buena nota, porque aún podéis tener un Buen Estilo™, y eso podría evitar que vuestras novelas terminen en el cubo de la basura, junto a los yogures con semillas de sabediosqué que vuestros lectores compraron en un arrebato de vida sana y que son incapaces de tragar.

 

Para empezar, procurad no leer. Nada. Ni las instrucciones de montaje de los muebles de IKEA (en especial, las instrucciones de montaje de los muebles de IKEA). Eso hará que ampliéis vuestro vocabulario y que os sintáis tentados de manejar más de doscientas palabras básicas para escribir la novela. ¡Los dioses no lo permitan! ¿Qué necesidad hay de recurrir al diccionario de sinónimos cuando la palabra «cosa» lo resume todo? Hombre, por favor. No vaya a ser que usemos algún palabro raro (yo qué sé, «estupefacto», «alba», «cafetera») y el lector tenga que pediros un glosario. No es pobreza léxica, se llama «simplicidad» y todo el mundo dice que eso es lo más guay. Así que olvidaos de La Palabra del Día™ y usad las mismas expresiones que utilizaríais para hablar con vuestros colegas cuando ya os habéis bajado dos botellas de vino, siete gin-tonic y el agua de seis floreros.

 

Pero si ya la habéis fastidiado y lleváis toda vuestra vida leyendo, entonces no os queda más remedio que usar todos esos términos que conocéis y que harán que vuestros lectores se queden sorprendidos (estupefactos) con vuestro manejo del idioma. Sembrad por doquier términos como «apotropaico», «silente», «certitud», «orate», «nefelibata», «limerencia»...

 

Y si podéis incluirlos en frases de setenta y cuatro palabras, con doce conectores y seis adjetivos antepuestos, ya seréis los reyes. Y no os olvidéis de sobrecargar la prosa con metáforas absurdas e incomprensibles o de alterar siempre el orden natural de las frases en castellano. De lo contrario, vuestros lectores van a ser capaces de entender lo que decís, y así no vamos a ninguna parte.

 

Y ahora que ya escribís con faltas, que tenéis personajes absurdos, que vuestra historia hace más aguas que el Titanic y que ya tenéis claro qué tipo de vocabulario vais a usar, empezad a escribir y hacedlo con una:

 

6.- Descripción minuciosa de dieciséis páginas en el mismísimo comienzo de la novela

 

¿Cómo vais a buscar una buena frase para empezar y cómo vais a encajarla en una escena que invite a seguir leyendo? Hombre, por favor, ni que fuerais profesionales. Aquí estamos a lo que estamos y de lo que se trata es de escribir el peor libro posible, así que, adelante, no os cortéis.

 

María de las Mercedes Antonia se levanta de la cama y observa su habitación, que describiréis al detalle, punto por punto y sin perder ni el hilo que está tirado junto a la mesilla de noche de madera blanca y pulida. Ese hilo de color rojo que, de pronto, la trasporta a su infancia y a ese momento en que su padre le contó una leyenda hindú que narraréis de principio y a fin antes de internaros en los momentos claves de su niñez, adolescencia y madurez temprana, para adentraros sin pausa en la historia de su transformación, remontándoos para ello a aquel viaje a Florencia (que describiréis minuciosamente, sin olvidaros de cualquier monumento, museo o construcción relevante o irrelevante) que la condujo al planeta 34-B-J72, donde conoció a su creador, un vampiro antiguo de la religión de la Vieja Sangre de Grupos Olvidados (por favor, contadme su ideario de principio a fin, con extractos y comentarios al respecto).

 

Cuando María de las Mercedes Antonia haya terminado su periplo a través del tiempo y el espacio, haced lo mismo con el adicto al cardamomo.

 

Y después con su madre.

 

Y con la casa del tendero.

 

Y con su mascota, porque en cualquier novela mala que se precie tiene que haber una mascota. También las hay en las buenas, pero en las malas son imprescindibles.

 

Aunque después os olvidéis de ella y la dejéis muriéndose de hambre en el planeta Ñu.

 

Claro, el problema de esto es que igual eso de describir se os hace muy pesado, así que arregladlo pronto y a partir de aquí:

 

7.- No describáis nada

 

Pero nada, ¿eh? Que ni se os ocurra poner una sola línea que oriente al lector. Vuestros personajes tienen que ser bustos parlantes que flotan en la nada más absoluta. No se mueven, no gesticulan, no cambian el tono, no se desplazan de un lugar a otro, no les afecta el frío o el calor ni tienen alergia a las gramíneas (bueno, el celíaco igual sí), más que nada porque el lector no puede saber que hay gramíneas en el planeta Ñu.

 

Si le dais a lector pistas sobre el entorno, las emociones de los personajes y el mundo que los rodea, corréis el riesgo de que se sumerja en la historia y se deje llevar por ella, y así estaréis un paso más cerca de escribir algo medianamente decente. No podéis permitirlo. Además, ¿para qué le vais a dar pistas al lector? ¿No se supone que lee porque le gusta imaginarse lo que pasa? Pues eso, que se lo imagine. A ver si vais a tener que dárselo todo hecho, hombre ya.

 

8.- Para terminar

 

Se me está acabando la batería (a mí y al portátil) y no voy a explicaros más puntos en profundidad, pero os los dejo aquí a modo de extra:

 

—No os documentéis. Y si lo hacéis, aseguraos de seguir solo la Wikipedia y el Google Maps.

 

—No os molestéis en enteraros siquiera de lo que es el worldbuilding (porque, claro, escribís fantasía para evitar documentaros, que sí, que me lo sé, que lo he oído mucho).

 

—Pasad de un tiempo verbal a otro sin orden ni concierto. ¿Para qué limitaros a narrar en pasado? Eso está muy visto. Empezad en pasado, usad el presente (histórico o no) a mitad de la frase (sí, de la frase) y pasad al futuro en el siguiente párrafo. Luego dad unos toques de pluscuamperfecto, narrad el siguiente capítulo en presente y condicional, y acotad en cualquier tiempo pasivo. Así nadie sabrá cuándo pasan las cosas y todo será maravilloso.

 

—Usad todos los narradores posibles. Primera, tercera, segunda (sí, segunda, ¿por qué no?) y todos mezclados. Objetivos, subjetivos, ¿qué más da? Lo que os haga falta en ese momento. Por ejemplo, un narrador omnisciente en primera combinado con uno subjetivo en segunda y con las descripciones narradas en tercera. Si lo conseguís, quiero leerlo. Mi depravación no conoce límites.

 

—Dadle voz a todos los personajes. Pero a todos, ¿eh? Que el lector no pase sin saber lo que opina el revisor de la nave intergaláctica de las rotundas caderas de María de las Mercedes Antonia, o lo que la Vecina Anciana y Sabia™ del tercero B piensa del gato del adicto al cardamomo. Y, a ser posible, que cuando piensen algo lo hagan para que el lector sepa lo maravillosos que son los protagonistas y cómo los quieren aunque solo hayan hablado con ellos seis segundos.

 

—Los clichés están para usarlos tal cual. Tirad de ellos sin reparo ninguno y no os molestéis en hacerlos vuestros. De ese modo el lector reconoce al personaje a la primera y no tendréis que esforzaros en darle Una Personalidad™. Así que ya sabéis: el anciano sabio que conduce a los protagonistas a su destino, la abuelita simpática que siempre tiene la palabra justa, el gay diseñador de moda que termina todas sus frases con «Ainsss, reina», el jefe y su secretaria, la nena que siempre chilla y se esconde en las escenas de acción... ¡Todos! ¡Usadlos todos! ¡Están ahí para vosotros! No permitan los dioses que hagáis algo más o menos original.

 

Y hasta aquí llegamos

 

Si seguís todos estos pasos, os garantizo que habréis conseguido escribir una novela mala de solemnidad, objetivamente hablando. Se mire por donde se mire, será un desastre absoluto de principio a fin, de una manera argumentada y con fundamento.

 

Pero si después conseguís forraros con ella, acordaos de mí, que os di la idea. Soy una pobre adicta (al café y el chocolate, no al cardamomo) y tengo una jauría que mantener.

 

 

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