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Supéralo y deja de lloriquear

August 13, 2018

 

Soy, con toda probabilidad, la peor psicóloga de todo el universo conocido, el ignoto y cualquiera que pueda surgir tras una casualidad cosmológica de proporciones apocalípticas. La mayor parte de los misterios de la psique humana para mí son tan insondables como las instrucciones de la lavadora (seh, soy un puñetero desastre para todo lo que sea un electrodoméstico con solo tres teclas. Dadme un ordenador, que tiene muchas, y todo cambia), y la mayor parte de las veces mis recursos para enfrentarme a ellos pasan por: «Y a mí qué me importa», «Pues bueno, pues vale, pues me alegro» o el siempre socorrido «Ah».

 

Sin embargo, por algún motivo que no alcanzo a comprender (y que supongo que tendrá mucho que ver con la necesidad de alguna gente de autotorturarse), termino escuchando muchas lamentaciones y dando muchos (malos) consejos que yo misma jamás seguiré en un porcentaje altísimo.

 

Y, por supuesto, tengo ojos (cuatro, si contamos las lentillas. Seis, si añadimos las gafas de ver de cerca. Que son rosas y muy cuquis. Y yo sé por qué me molesto en recalcar este punto y a lo mejor hasta os lo explico en algún momento), así que cuando me paseo por las redes veo muchos llantos. Pero muchísimos. Muy variados pero en la misma línea de «yo contra el mundo». Y como soy la peor psicóloga de… bueno, ya sabéis cómo sigue, lo único que me viene a la mente es una simple palabra: «Supéralo». Pero, así, dividiendo las sílabas (su-pé-ra-lo), con cuatro exclamaciones, cursiva, negrita y doble subrayado.

 

De hecho, lo que me ha llevado a esta entrada ha sido mi propia queja llorica: «Mierda, es domingo, tengo que escribir la entrada para el blog, pero estoy cansada, no me apetece, no tengo tema, prefiero tirarme en el sofá y engancharme a Netflix todo el día. O a A3 y sus películas que se llaman todas igual —“Basada en hechos reales”—, a estas alturas lo mismo me da, por qué me meteré en estos charcos, esto es un asco, estoy bloqueada…». Y mi respuesta a mí misma ha sido: «Mira, Silvita, guapa (cuando estoy enfadada conmigo misma me llamo Silvita, porque lo odio. Intentadlo vosotros y os vais a enterar), deja de quejarte, siéntate delante del teclado y su-pé-ra-lo».

 

Así que, sí, así empieza esto.

 

¿Estás bloqueado? Su-pé-ra-lo.

 

Sí, claro, ya lo sé. Es mucho más difícil hacerlo que decirlo. Estáis secos de ideas, la vida os ha atrapado y no tenéis tiempo para nada, todo lo que sale de vuestras teclas es un asco y lo tiráis al día siguiente, estáis cansados, es verano, a nadie le importa, nadie os comprende, sois Calimero (y a lo mejor algunos sois demasiado jóvenes para entender esta última referencia. Pues buscadla en San Google, que tampoco os lo voy a dar todo hecho).

 

Ya. Pues eso, superadlo y poneos delante del puñetero ordenador. Quizá tengáis que tirar todo lo que escribís, sí, pero ¿y qué? Os garantizo que vais a poder escribir más. En algún momento. Quizá no hoy, ni mañana, pero tarde o temprano esa racha pasará. Y hoy no voy a citar a Pratchett, que ya empieza a ser demasiado recurrente, voy a citar a Picasso: «Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando». Y es un gran consejo, así que haced el favor de poneros a escribir.

 

Me da igual que todo lo que os salga sea tan malo que no se lo daríais a leer ni a vuestro peor enemigo, porque, ¿sabéis?, no se lo tenéis que dejar leer a nadie. No es una obligación, ni nada. Si es malísimo, lo borráis y punto. Y repetís hasta que salga algo decente. A ver, que nadie os cobra por palabra (bueno, los correctores sí lo hacemos, pero, en teoría, si nos lo pasáis es porque ya habéis superado la fase de «esto no se lo dejaría leer ni a mi madre». Y si no es así, os odio. Somos sentimientos y tenemos seres humanos, ¿por qué nos hacéis daño?). A ver, que lo peor que podéis perder es el tiempo, y es vuestro tiempo y os lo f… eh, lo perdéis como os da la gana.

 

Nunca entenderé ese Diógenes de conservar cualquier texto porque sí, aunque sepáis que es malo, porque os ha costado mucho trabajo. Pues como todo. Si la comida a la que habéis dedicado dos horas se ha quemado, tiene sal para pagar a todo un regimiento de soldados romanos, sabe fatal y tenéis la fundada sospecha de que habéis confundido el jabón con la salsa barbacoa, lo tiráis y llamáis a una pizzería. No la guardáis en la nevera esperando a que mejore de forma mágica e inesperada cuando la miréis al día siguiente.

 

Pues esto es igual. Maldecid un poco cuando veáis lo que habéis escrito, rompedlo y seguid adelante. No pasa nada. Creo que en mi vida he borrado tanto como he escrito (probablemente más, porque hace unos diez años me cargué toda una carpeta con decenas de relatos y tres novelas larguísimas sin ningún cargo de conciencia) y jamás me he dedicado a lloriquear sobre el asunto. ¿Qué más da? Eran solo palabras y muy malas. Tengo más. No se gastan, ni nada.

 

No me valen tampoco las excusas del tiempo o los problemas. Si es lo segundo, usad la escritura como catarsis aunque después tengáis que tirarlo porque más que un relato parece una nota de suicidio. Si es lo primero, no me toquéis las narices. No os estoy diciendo que escribáis diez mil palabras, solo cien. Cincuenta si sois lentísimos. Estoy segura de que perdéis muchas más palabras al día con el WhatssApp o las redes sociales.

 

Cuando la gente dice que no tiene tiempo, suele querer decir que no quiere tener tiempo para algo en concreto. Yo, por ejemplo, me paso la vida diciendo que no tengo tiempo para ver la televisión, pero es porque cuando lo tengo lo dedico a otra cosa. A leer. A escribir. A dormir. A mirar cómo me crecen las uñas de los pies.

 

«Uy, me encanta leer, pero no tengo tiempo». Venga ya. Yo leo todos los días. Todos. Sin excepción. Porque el día tiene veinticuatro horas, y aunque a veces trabaje doce (o más), me siguen quedando otras tantas. Puedo leer mientras como un bocadillo en el sofá. Puedo leer en lugar de ver la televisión. Suelo leer en lugar de planchar la ropa (porque, de hecho, no tengo tiempo para planchar y no lo tendré nunca. Jamás. En ninguna de mis futuras reencarnaciones, que espero que sean en gato casero y mimado, que lo de humano ya lo he probado y está sobrevalorado). Siempre hay tiempo. O se lo robas al sueño, o se lo robas a otras aficiones o, sí, se lo robas a la familia (la mía ya está más que acostumbrada, y se la sopla fuertecito. Saben que es lo que hay).

 

Es una cuestión de prioridades, nada más. Y me parece perfecto que prefiráis hacer otras cosas antes que sentaros delante del teclado y forzar esas palabras que a lo mejor tenéis que tirar. Pero entonces no os quejéis. Reajustad vuestras expectativas y… sí, justo eso: su-pe-rad-lo.

 

Nadie entiende mi arte.

 

Aquí entra el supéralo, sí, pero también una pregunta incómoda: ¿os habéis planteado que si nadie entiende Vuestro Arte™ a lo mejor es porque no se entiende? Que no pasa nada, oye, que ya se entenderá. Que todos pasamos (o deberíamos, si el mundo fuera un lugar ideal donde el chocolate no engorda y la pizza de cuatro quesos tiene todos los nutrientes que necesita un ser humano para sobrevivir) por una curva de aprendizaje, y cuando estáis ahí, en las profundidades abisales, mirando cómo los demás redactan frases comprensibles, de lo que se trata es de escalar, no de mirar al que queda por debajo de vosotros y Sentiros Superiores™. O de echarle la culpa a los demás, que, según mi experiencia y por mucho que os jorobe, suelen tener razón.

 

Ahora, supongamos que de verdad sois genios incomprendidos. Me resulta complicado, pero, oye, se supone que una de mis herramientas de trabajo es la imaginación, así que voy a hacer un esfuerzo. Sois unos genios incomprendidos y vuestros textos son magníficos, pero están escritos solo para un puñado de privilegiados que son capaces de aproximarse a vuestra inalcanzable altura. Pues es lo que hay. Nunca seréis escritores de masas, nunca seréis ricos y famosos, nunca tendréis un jet privado ni un millón de admiradores histéricos que os elevarán a los altares y os adorarán y escribirán cánticos y poesías horribles en vuestro honor.

 

Pero vuestros lectores serán fieles y seréis fieles a vosotros mismos, que es lo más importante. No vale quejarse. ¿Es injusto? Pues no sé, puede. Es lo que hay, nada más. No podéis ofenderos por eso. No podéis cabrearos con la gente por algo que no puede evitar. Seguro que ya os dan bastantes motivos para cabrearos con ellos por lo que sí pueden evitar.

 

También es posible que no sirváis para esto.

 

¡Hala, lo que ha dicho!

 

¿En serio está robándole a la gente su sueño? ¿Diciéndoles que se dediquen a otra cosa?

 

Pues mirad, sí. Que ya estoy hasta las narices de la corrección política. La de los demás, claro, porque a mí esa enfermedad no me ha rozado en la vida. Que no todo el mundo sirve para todo y, lo que es peor, tampoco sirve para lo que quiere servir. La naturaleza es una perra sin sentimientos, se empeña en modelarnos como le da la real gana y no se molesta en ajustar nuestras expectativas a nuestra realidad.

 

Así que es posible que os encante escribir, pero eso no llega. Como no llega que os encante ver series de policías para que podáis convertiros en uno. O como no llega cantar en la ducha para terminar en la Ópera de Milán.

 

Lo entiendo, quizá os chifla leer y en algún momento habéis pensado que podríais escribir algo. O quizá se os ha ocurrido Una Idea™ y queréis que el mundo la conozca. O tal vez crees que vuestra vida es interesantísima y serviría para escribir una novela (algo que, confesadlo, escritores, habéis escuchado mil veces cuando decís que escribís y vuestro interlocutor responde: «Oh, pues ya te contaré mi vida. Esa sí que da para una novela»).

 

Sobre esto último, un apunte: vuestra vida os interesa a vosotros. Y quizá a vuestra familia y a un par de amigos. Al resto del mundo se la trae al pairo. Las historias sobre la vida de alguien que pueden servir para escribir una novela se cuentan con los dedos de una mano. Una mano mutilada. Y siempre son de gente que ya es famosa por alguna otra razón, o que ha pasado por una experiencia de esas motivadoras que tan de moda están y puede servir de Ejemplo™ o algo similar.

 

Lo maravillosas que fueron vuestras vacaciones en Benidorm y cómo conocisteis allí al amor de vuestra vida, después de ese año en el que estuvisteis encerrados preparando unas oposiciones, cómo os casasteis en una pequeña capilla de vuestro pueblo natal y cómo superasteis las dificultades de vuestra vida en común aburrirían hasta el gato. Porque sí, es vuestra vida, y para vosotros es especial y mágica. Pero hasta ahí.

 

Como yo soy una quisquillosa de manual y un ser humano horrible, voy a añadir una coletilla a esto: vuestras fantasías también me importan un pijo. Si queréis tiraros a Fassbender, estupendo. Es algo que puedo comprender sin ningún esfuerzo. Pero si me hacéis leer doscientas páginas sobre vuestras ensoñaciones al respecto, me voy a poner muy nerviosa. Muy bien tendríais que hacerlo para que no me dedicara a otra cosa. A planchar, incluso.

 

Le he dedicado mucho esfuerzo a esto y me lo han destrozado

 

Ay, las quejas sobre las críticas. Ya he hablado más de una vez de este tema, y volveré sobre él porque me fascina. En serio, por muy mala psicóloga que sea, me sigue fascinando la capacidad del ser humano para perder el contacto con la realidad y la lógica.

 

Para empezar: no le vais a gustar a todo el mundo. Es imposible, así que, eso, ya sabéis, superadlo. Nadie le gusta a todo el mundo (no, Fassbender tampoco). Y si os exponéis a que os lea el público en general, el número de posibilidades de caer en manos de alguien a quien no le gustéis nada aumenta de forma exponencial. Va a pasar, os guste o no, así que es mejor que os preparéis antes de echaros a llorar y jurar que jamás vais a volver a escribir, o antes de mandar a vuestras huestes a acallar a la voz disidente, que ya hemos establecido que queda feo.

 

Ni os preocupéis, ni os molestéis ni intentéis justificarlo, porque muchas veces no tendrá justificación. Los gustos son así. Yo odio el color verde con todas mis fuerzas, así que si me regaláis algo verde os lo agradeceré y correré a cambiarlo en cuanto os deis la vuelta. ¿Era feo vuestro regalo? Pues a lo mejor para un porcentaje altísimo de la humanidad, no, pero yo lo voy a aborrecer. Y no sé por qué no me gusta. No me gusta y punto.

 

Pues con los libros lo mismo. Lo que a mí me parece una genialidad otro lo encontrará un tostón insoportable. Lo que yo no trago ni con azúcar refinado, chocolate y paciencia otros pensarán que es maravilloso. Es una puñetera cuestión de gustos. Y no, nadie está obligado a justificar sus gustos.

 

Dejadme que lo repita: nadie está obligado a justificar sus gustos.

 

Así que no pidáis explicaciones al que ha dicho que vuestra novela no le ha gustado, porque no tiene por qué darlas y a lo mejor ni siquiera sabe el motivo. Y quedaréis como idiotas en el mejor de los casos y como insoportables en el peor.

 

Y si esto no os sirve, intentad tener un poquito de contacto con la realidad, o al menos, un poquito de arrogancia (mi opción preferida. La arrogancia es una virtud, os pongáis como os pongáis). ¿Os imagináis a Stephen King o a J.K. Rowling pidiéndole explicaciones a todos los que les han dado una estrella en Amazon o un comentario negativo en Twitter o les han hecho una crítica salvaje? No, ¿verdad? Primero porque supongo que se pueden permitir estar por encima de eso (y porque tendrán las redes externalizadas y no se enterarán), pero, en una faceta mucho más práctica, porque sería imposible. Porque los lee tanta gente que no tienen tiempo que perder en chorradas. Porque si se dedicaran a buscar todos los comentarios sobre sus obras (en todos los idiomas a los que los han traducido), no les daría la vida.

 

Así que cuando os quejáis por un comentario, una estrella o una crítica, le estáis diciendo al mundo que os lee tan poca gente que tenéis tiempo de sobra para dedicarle un trato personal a cada uno de ellos. Y con los buenos lo mismo, conste. Que está bien destacar una crítica genial que os hayan hecho, que además está muy bien escrita y pensada y que os ha encantado, pero anunciar a bombo y platillo cada puntuación de cinco estrellas va a conseguir que el gato aburrido de antes caiga en coma, además de que los que son tan mal pensados como yo van a deducir lo que os acabo de decir: que os lee tan poca gente que dais saltos de alegría por nada.

 

Me consta que esta no es una opinión popular y que casi nadie va a estar de acuerdo, pero es que yo ya he superado lo de que a la gente le gusten mis opiniones y me tira de un pie que me contradigan.

 

Y lo dejo con un último apunte, porque para no tener nada que decir ya he escrito más de dos mil quinientas palabras (lo que me da la razón en el primer punto, como mínimo).

 

El mercado está fatal

 

Pues sí. No os lo voy a discutir. Está fatal. Pero el tema tiene mucha más enjundia de la que parece y hay varias formas de enfrentarlo.

 

La primera, la obvia. Es así, superadlo y seguid adelante. Encargaos de hacer un buen trabajo, aceptad que el escritor encerrado en su zulo que no habla con nadie ya no existe, que la promoción ya es trabajo vuestro, que va a ser muy difícil que os ganéis la vida con lo que escribís, que se publican demasiados libros, que hay mucha morralla y mucho hezcritor que se cree escritor, que o peleáis mucho u os perderéis entre un mar inmenso y que cada vez se hace más grande. Esto es una carrera de fondo. No esperéis ganar en los primeros cien metros y seguid aprendiendo, trabajando e intentando sobresalir o tan solo salir.

 

También podéis hacer como yo, decidir que no os compensa el esfuerzo y dedicaros a ser aficionados. Me encanta escribir, lo hago lo mejor que sé y le dedico tiempo, formación y horas robadas al sueño, pero paso de publicar y de profesionalizarme. Ya lo he probado y decidido que no tengo lo que hay que tener para ser un escritor 2.0, porque soy asocial y no tengo ganas de superarlo, me gusto así. Si quiero que alguien me lea, tengo voluntarios de sobra, y me evito todo el ruido de la promoción que me agota hasta límites insospechados. ¿Voy a llorar por esto? Uy, para nada. Lo tengo más que superado. El mundo es como es y yo no tengo la menor intención de cambiarlo. Eso se lo dejo a gente más joven, menos cínica y menos cansada.

 

Y mientras tomáis cualquiera de las otras dos opciones, y solo por amor a la buena literatura, planteaos también esto: no firméis cualquier cosa solo por publicar, por ver ese libro en las estanterías. Es cierto que los autores son los que menos ganan en esto y es injusto, pero ya sabéis el refrán: «Si me engañas una vez, culpa tuya. Si me engañas dos, culpa mía». No os arrastréis y aceptéis cualquier condición solo porque «las cosas son así», porque si todos hiciéramos lo mismo, las mujeres seguiríamos sin tener derecho al voto.

 

Y no permitáis que nadie os cierre la boca. Si algo es malo, decidlo. Si es bueno, anunciadlo y compartidlo. Si algo no os gusta, u os parece poco ético, denunciadlo. Si alguien os pone la zancadilla con premeditación y alevosía, ponedlo en evidencia. Si alguien os ayuda, ayudadlo.

 

Y dejad de tener miedo. Miedo al qué dirán, miedo a no gustar, miedo a que vuestra opinión no sea la más popular y, mi favorita, miedo porque esa persona «tiene mucho poder».

 

Apuntaos esto, porque todo un mundo nuevo se abrirá ante vuestros ojos: nadie tiene poder sobre vosotros. Vosotros se lo dais.

 

Parece una tontería, pero os garantizo que es así. Me parto con cosas como «Fulanito conoce a muchos editores, no quiero caerle mal». Mira, si Fulanito es un mal bicho, me la sopla caerle mal (es más, como soy una persona horrible, me esfuerzo por caerle peor). Y si el editor no quiere publicarme porque le caigo mal aunque mi libro sea lo mejor que se ha escrito desde el Quijote, allá él y sus problemas. Ya se tirará por una ventana cuando vea que su editorial rival se está forrando con lo que él ha rechazado (a veces pienso en los editores que le dijeron que no a la Rowling y me ofrece horas de diversión sin fin). Y si no pasa, pues tampoco importa. Yo seguiré viviendo tranquila y alejando de mi vida a la gente tóxica.

 

Porque, ¿sabéis?, lo tengo superado.

 

 

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