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Tres fantásticas formas de meter la pata al dar consejos

August 20, 2018

 

Dejad que os cuente algo sobre mí: soy un poquito irreverente.

 

¿A que no lo habríais adivinado ni en un millón de años? También soy sarcástica, bastante cínica y tengo tolerancia cero a las soplapolleces (a las ajenas, claro. Con las mías soy de lo más tolerante). Algo que, imagino, tampoco habréis notado. Y ya os he dicho que me paso la vida dando (malos) consejos literarios, así que podéis imaginar que la mayor parte de las veces esos consejos van en mi línea porque, oye, una tiene su estilo y lo aplica a todo en la vida.

 

Por supuesto, también leo los consejos que dan otros, porque en este oficio nunca dejas de aprender. A veces encuentro algo nuevo que me parece estupendo y me lo apunto; otras veces asiento y sonrío al encontrarme con algo que ya sabía pero está muy bien explicado, y en un par de ocasiones me quedo mirando, entre horrorizada y fascinada, algo que me deja fuera de juego.

 

Y otras me parto de risa porque, ya sabéis, tengo un sentido del humor de lo más depravado.

 

El caso es que esta semana, por esas coincidencias absurdas que la vida te pone delante, me he topado con varios casos extraños y no he podido resistirme a compartirlos con vosotros. Porque soy así de generosa. Y porque odio sufrir sola.

 

A. El increíble caso del que lee algo y entiende por las axilas.

 

O, por decirlo con menos suavidad, si no sabes, cállate. O procura investigar antes de meter la pata hasta la glotis, por favor.

 

Aquí nos encontramos con un «aficionado con posibles» que se ha leído algo relacionado con la escritura o la técnica literaria y que, por quedar de entendido, supongo, lo comparte con el mundo. En este caso, nuestro ínclito gurú de la literatura se ha metido entre pecho y espalda Mientras escribo, de Stephen King. Vaya por delante que yo también lo he leído y que el señor King, entre divagación y divagación sobre su vida y milagros, da un par de consejos interesantes. Total, que la personita que escribió el «artículo» (las comillas, como casi todo lo que hago en esta vida, son intencionadas) resumió el texto de King y citó algunos de ellos.

 

Uno era «cuidado con la voz pasiva». No tengo ningún problema con esto. La voz pasiva es un coñazo. Fosiliza el texto, hace que el ritmo se quede clavado al suelo con puntas de tamaño industrial y, además, es rara y fea.

 

Entonces, ¿de qué me quejo? Pues de que la persona escribiente se vino arriba y se inventó los ejemplos con los que ilustrar su texto. Vale, sí, yo también lo hago (de lo contrario jamás habríais conocido a María Mercedes Antonia y su adicto al cardamomo), pero procuro no meter la pata y no pongo como ejemplo de voz pasiva «Se había pintado los labios». Sí, así como lo leéis. Eso, para quien escribió el «artículo», era una voz pasiva.

 

Aplauso lento, aplauso lento, aplauso lento.

 

Si no fuera tan perezosa (y si no estuviera desactivada la opción de enviar comentarios), le habría preguntado si eso era una pasiva de proceso o de estado, solo para ver cómo le implosionaba el cráneo.

 

Después de eso ya no tengo nada que decir a que su explicación sobre lo que es un adverbio fuera «esas palabras que terminan en –mente». Que pa’qué, oye… Al fin y al cabo, algunos adverbios terminan en –mente. Ahí acertó, al menos en parte. Aceptamos modal como sinécdoque y tiramos millas.

 

A ver, en serio, si no sabéis, cerrad la boquita o intentad aprender, pero no me confundáis más al personal, que bastante confundido viene ya de serie.

 

B. El sorprendente misterio del que ya cree haber culminado su curva de aprendizaje.

 

Estaba yo en la presentación de un libro cuando la autora sonrió a su audiencia y dijo algo que me hizo parpadear rapidito. Un par de veces: «Hay muchísima diferencia de calidad entre los que hemos ido a taller y los que no. Por ejemplo, a mí jamás se me ocurriría usar un adverbio terminado en –mente, y eso lo aprendes en los talleres».

 

Ya sabéis que creo que la arrogancia es una virtud. Con la soberbia tengo mis dudas, pero, bah, cuestión de matices. Pero creo que para ser arrogante tienes que poder permitírtelo. Sentiros superiores porque habéis aprendido lo más básico, uno de esos puntos que todos repetimos hasta la saciedad —y nos equivocamos, conste. Luego os lo explico— y que, además, es de lo más fácil de conseguir… pues como que no queda bien. Y menos si entre la audiencia hay más escritores que nunca han ido a un taller (no, no va por mí) y que, desde mi poco modesto punto de vista, por instinto, por talento y porque han leído mucho (novelas, sí, pero también ensayos y manuales) son mejores que vosotros. En el mejor de los casos vais a conseguir mosquearlos. En el peor, se van a reír fuertecito de vuestra chulería incongruente. Y hay pocas cosas peores que convertiros en un chiste. Convertiros en un mal chiste, quizá.

 

El orgullo os va a salvar de la miseria cuando recibáis una crítica negativa, pero pensar que lo sabéis todo no os va a llevar a ningún sitio en el que queráis estar. O sí, yo qué sé. La gente quiere ir a sitios muy raros, con calor, mosquitos del tamaño de un hidroavión y temporadas de huracanes.

 

Y antes de pasar a otro punto, lo prometido es deuda: los adverbios modales acabados en –mente son repetitivos, cacofónicos y, cuando abusáis, hacen que la lectura sea incómoda, como todas las palabras larguísimas. Pero eso no quiere decir que no los uséis nunca, jamás, bajo ningún concepto y por nada del mundo. Claro que se pueden usar. Es cuestión de ritmo. Porque, sí, la prosa tiene un ritmo, y a veces un modal en –mente es justo lo que necesita la frase. Por no hablar de que si vais a usar una locución rarita, pues igual queda peor.

 

Pero cuando empezáis, en los talleres os dicen justo eso: «evitad los adverbios acabados en –mente. No los uséis». ¿Por qué? Pues porque es mucho más fácil convenceros de que son el diablo, Telecinco y los carbohidratos por la noche (todo junto o por separado) que explicar cuándo se pueden usar y cuándo no. Y si no los usáis, pues tampoco pasa nada.

 

Pero, así, como regla muy general que podéis pasaros por las latitudes australes, como todas las reglas, os sugiero que evitéis todos los que os hacen quedar como inseguros: «ciertamente», «verdaderamente», «realmente». No vais a convencer a nadie porque digáis que vuestro protagonista es ciertamente guapo, verdaderamente amable y realmente amaba a María Mercedes Antonia. Es más, (posiblemente) vais a conseguir que el lector piense (indudablemente) que no sabéis cómo convencerlo y creéis que un adverbio (mágicamente) lo arregla todo.

 

Y, como muestra un botón: leed mi frase anterior con y sin adverbios y decidme si no es lo mismo, además de que sin ellos está mucho más mona y más limpita.

 

Pues eso.

 

C. El incomprensible enigma del que cree que todo son normas.

 

Siempre empiezo mis talleres (en los que doy un montón de consejos archisabidos, sí) con la misma frase: «Todo se puede hacer».

 

Así me evito problemas cuando alguien me dice que «Joyce hizo», «Stephen King hace» o «él va a hacer».

 

Porque, ¿sabéis?, es cierto. Todo se puede hacer. Esto es arte, no matemáticas, y no hay fórmulas infalibles y precisas que os garanticen el dinero, la fama y la fortuna con las que soñáis. Y si las hubiera, bueno, ya sabéis, mi cabaña en Canadá sería una realidad. Y mi affaire con Fassbender también, porque es mi sueño y me lo monto como me da la gana. El sueño, no a… Bueno, digo… Eso, que ya me habéis entendido.

 

Os habéis pasado la vida escuchando que tenéis que puntuar bien los textos, que hay que usar el lenguaje con precisión, que hay que tener mucho cuidado con eso de inventaros palabras… Y luego viene Joyce, se curra el Finnegan’s Wake y a tomar por saco todos los esquemas. Conste que aborrezco a Joyce, pero eso es otro tema.

 

Yo vengo aquí, os pido por favorcito que no uséis dos narradores, y entonces el señor King, en una novela escrita en tercera y en pasado, monta un capítulo en primera, en presente y desde el punto de vista de un perro. Y le funciona, maldita sea su estampa.

 

Perdéis un montón de horas (o deberíais) leyendo sobre técnica literaria, controláis los gerundios y los adverbios, seguís los consejos sobre gestión de narradores, creación de personajes, ritmo narrativo, lo que sea… Y aparece un escritor que no hace ni puñetero caso y crea una obra maestra que, encima, vende como rosquillas.

 

Frustrante, ¿no? Pues no. Porque esa gente sabe lo que está haciendo. Se ha aprendido las normas y sabe cuándo hay que saltárselas y por qué. Si no las conocéis, no podéis saber qué vais a conseguir pasándooslas por el forro.

 

Yo creo que solo hay dos reglas: primera, conoce todas las reglas antes de romperlas. Segunda, si funciona, me sirve. También está la regla de mis talleres: «Silvia siempre tiene la razón», y su corolario: «Si no la tiene, vuelve a la primera regla», pero eso es otro tema y solo sirve para facilitarme la vida.

 

Una vez que entendáis esto (no lo de que siempre tengo la razón, lo otro, aunque no tengo problemas con que penséis que siempre la tengo), y lo entendáis de verdad, todo un mundo nuevo se abrirá ante vosotros. Y podréis mandar a tomar viento fresco a la farola a los que os dicen que eso no está bien «porque la regla dice que…». Pero, ojo, la primera regla es mucho más importante que la segunda, así que no me toquéis la moral rompiendo normas que no conocéis. Si vais a hacer algo raro, pensad por qué y valoradlo.

 

Y todo este rollo viene a que la gente confunde sugerencias con normas y a que estos días me hablaron de sugerencias de lectores cero que me dejaron con las patas colgando, porque eran interpretaciones estrictas de algo que no son normas, sino solo sugerencias que pueden funcionar en un momento dado y en otro no.

 

Vamos a ver, es fundamental que tengáis lectores cero (tampoco os paséis. Unos poquitos. No es necesario que le deis la novela a veinte personas, que igual os quedáis sin compradores, además de volveros locos con todo os lo que os van a decir). Y es fundamental que les prestéis atención, sobre todo si varios os dicen lo mismo. Si a uno de vuestros lectores cero no le gusta el protagonista, bueno, vale, mala suerte. Si no le gusta a ninguno… Bueno, ahí tenéis un problema y os va a tocar reescribir.

 

Por otra parte, vuestros lectores cero solo tienen que ser eso: lectores. Si queréis un punto de vista profesional, pues os rascáis el bolsillo y encargáis un informe de lectura a uno. Pero a uno de verdad, ojito, que hay mucha gente por ahí que os va a cobrar sesenta pavos para deciros «Pon más escenas de sexo». O para devolveros un par de páginas diciendo que todo es fantástico, genial y maravilloso. Que es estupendo para el ego, pero, casi con total seguridad, es mentira.

 

Si contactáis con un profesional, os va a señalar lo que no funciona, que no va a ser siempre lo que va en contra de esas «reglas no escritas» que todos los que empiezan repiten como si estuvieran grabadas en piedra. Ojo con esto, porque os vais a volver locos si intentáis aplicar todos los consejos sobre escritura que hay por ahí: cuidado con la duración de los capítulos, cuidado con el equilibrio entre diálogos y narración, cuidado con los personajes fugaces, cuidado con los gerundios, cuidado con los adverbios, cuidado con la longitud de las frases, cuidado con ponerle nombre a todo el mundo, cuidado con los clichés, cuidado con los conectores, cuidado con las acotaciones, cuidado con los dicendi, cuidado con...

 

Sí, cuidado, pero usad lo que funciona y rechazad lo que no, diga la «norma» lo que diga. Que esto es como el código de los piratas, unas directrices generales.

 

Como os decía, soy un poquito irreverente, así que eso de adorar las normas más que a mí misma no va conmigo. ¿Cómo se equilibran los diálogos? Pues mira, los personajes hablan cuando tienen algo que decir. ¿Qué longitud tienen que tener los capítulos? La suficiente, que va desde una palabra a muchas páginas. ¿Qué características hay que darle a un personaje secundario? Las necesarias. ¿Cuándo puedo usar un gerundio? Cuando sea correcto.

 

Y así con todo. Lo que os decía, esto va así: ¿funciona? Perfecto. ¿No funciona? Se cambia. Tan fácil y tan difícil como eso.

 

En resumen

 

Leed mucho y leed mucho sobre cómo escribir más y mejor. Pero tened sentidiño y contrastad lo que veis, no os lo creáis solo porque os lo ha dicho una persona o porque habéis leído un solo artículo sobre el tema. Profundizad y ved todas las opiniones sobre una supuesta «norma» (no, las ortográficas y gramaticales no cuentan. Ahí, RAE dixit), porque os aseguro que por cada una hay un detractor o alguien que se la ha saltado y le ha quedado de coña.

 

Ah, y solo porque soy así de arrogante: no dejéis que os engañen con pedanterías. Está tirado escribir un texto en el que no haya ni un solo modal terminado en –mente. Solo hay que perder el tiempo buscándolos y quitándolos o sustituyéndolos. Este texto tiene más de dos mil palabras y solo los modales que he puesto como ejemplos y porque no me quedaba más remedio para ilustrar el tema, claro.

 

Podéis comprobarlo, yo lo hice. Y conste que los uso, pero esta vez quería tocar las narices porque es mi deporte favorito. No hagáis caso de ninguno de mis consejos, y algún día vosotros también podréis practicar ese deporte en categoría olímpica.

 

 

 

 

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