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Malas ideas para construir un personaje

August 27, 2018

Hoy está siendo un día estúpido. Como todos los domingos, obedeciendo a la maldición que me obliga a ir siempre con la lengua de fuera, mal de tiempo y agobiada por los plazos, me he ido a una cafetería a escribir la entrada de los lunes. Por una vez, tenía una idea precisa y meditada sobre lo que quería contar y pensé, ingenua de mí, que sería cuestión de una horita tecleando y a seguir con lo mío.

 

Vale, pues no.

 

En cuanto puse las manos sobre el teclado, mi cerebro dio un salto mortal, se dedicó a hacer lo que le salió de las meninges (nunca mejor dicho) y se puso a soltar un alegato venenoso sobre un temita que me da cien patadas. Él solo. Sin que yo tuviera nada que ver en el asunto. Y cuando ya llevaba más de mil quinientas palabras escritas, tuve que volver atrás, revisar lo que había vomitado sobre el inocente teclado y maldecir fuertecito.

 

Podía haber pasado, murmurar algo así como «adelante con los faroles» y seguir, pero es que no. Porque no. Porque no me da la real gana. Porque algún día hablaré sobre ese tema, sí, pero cuando lo haya pensado, meditado y tenga un enfoque que no me lleve de cabeza al psiquiátrico, o a que alguien (o muchos «alguienes») pida mi cabeza en una bandeja. Y si va a pasar, por favor, que la bandeja no sea de plata, que soy alérgica.

 

Pero esto me lleva a lo que de verdad quería contaros (dando un rodeo, sí, pero soy gallega. Adoro los rodeos), y que empieza con eso que tanto vosotros como yo hemos escuchado mil veces: los personajes hacen lo que les da la gana y tienen vida propia.

 

Y es cierto.

 

No, en serio, lo es. Para alguien que no escriba puede resultar raro, esquizofrénico o una manera de hablar, pero no, qué va. Los que perpetramos historias sabemos que esta es una de las realidades de la vida, y hay que aprender a lidiar con ella.

 

Para empezar, asumid que a veces vuestros personajes se equivocan. A veces no, a veces tienen ideas mejores que las vuestras, pero en ocasiones solo intentan proyectar lo que os está ocurriendo a vosotros, no a ellos, más que nada porque comparten cerebro con los autores y se contaminan con sus problemas.

 

¿Y qué pasa entonces? Pues que le vais a dar un giro argumental absurdo a la novela y el arco de vuestro personaje ya no va  a ser un arco, va a ser un gráfico con muchos picos y valles, incomprensible e imposible de seguir a no ser que el lector sea economista y piense que está contemplando la representación en ejes de coordenadas de un balance.

 

Si esto ocurre, no sigáis adelante sin más, sin plantearos si todo sigue teniendo sentido, porque la vais a fastidiar. Paraos, meditad y controlad, como he hecho yo. Y reconducid. Así evitaréis que ese tipo frío, distante y con la temperatura emocional de una serpiente pitón se enamore hasta las trancas, recite poemas insufribles, adopte huerfanitos y rescate cachorritos abandonados.

 

No hay nada más frustrante que un personaje mal construido, al menos para mí. Si el personaje se vuelve absurdo, ilógico y pasa por una evolución imposible, vuestra novela terminará sirviéndome de pisapapeles. En el mejor de los casos.

 

He visto miles de artículos sobre cómo construir personajes, sobre cómo hacer que parezcan vivos, sobre cómo conseguir que el lector empatice con ellos, sobre… Y algunos hasta son estupendos, dan ideas fantásticas y están muy bien currados. Pero a mí me desconciertan, porque, en serio, no es tan difícil crear un personaje. Si hay algo que todo el mundo tiene alrededor es gente. Hay gente por todas partes. Incluso es muy probable que en vuestra casa haya más gente que vosotros. A lo mejor hay gente pequeñita, con voz aflautada y posibilidades de convertirse en un ser humano dentro de unos cuantos años. A lo mejor, gente mayor, encogida y con las señales de lo vivido grabadas como surcos junto a sus ojos. A lo mejor, gente parecida a vosotros, con vuestros gustos y vuestras aficiones. O gente con la que solo tenéis en común un colchón y el sudor de vuestros cuerpos.

 

Y aunque no sea así, en cuanto salís a la calle, ¿qué es lo que más veis? Eso mismo: gente. Decenas, cientos de personas que os pueden servir de inspiración, de documentación, de base para una idea. Gente y más gente. Y sois escritores, lo que, aunque os pese, os convierte en cotillas profesionales, porque la vida está ahí para imitarla, robarla y convertirla en lo que os convenga en ese momento.

 

Quizá ahora mismo mis amigos se están sintiendo como los chimpancés de un experimento y están recordando todas esas ocasiones en las que me quedé al margen de una conversación, escuchando, sin parpadear ni perderme un detalle. Y sospechan que no es que estuviera fascinada por su locuacidad, sino tomando notas mentales para usarlas en algún proyecto.

 

Vale, sí, lo estaba haciendo. ¿Y? Escribo. Todo lo que digáis frente a mí puede ser usado en vuestra contra en una novela. Asumidlo.

 

Supongo que con esto no os llega y que pensáis que como consejo para crear un personaje vale más bien poco. Y seguro que tenéis razón, pero mi misión en la vida es, por encima de todo, servir de mal ejemplo. Así que no os voy a contar cómo crear mejores personajes, pero sí os voy a decir cómo no deberíais hacerlo. Os aseguro que si me encuentro con cualquiera de estos puntos en una novela (en una que leo por placer, me refiero. Si la leo por trabajo me va a suponer unas cuantas explicaciones desagradables), voy a fruncir el ceño como mínimo y a abandonarla en el peor de los casos.

 

Primero, vamos a describir

 

Llega el momento en el que os morís por contarme cómo es vuestro personaje. No dejéis que lo vaya descubriendo sola y me forme mi propia imagen mental. Que ni se os ocurra. Esa regla de «no me lo cuentes, muéstramelo» es demasiado buena. ¿Para qué vais a seguirla? No, no. Por favor, describidme a vuestro héroe. De la cabeza a los pies. Con pelos, señales y marcas de nacimiento. Y os voy a contar cómo podéis hacerlo para que deje de leer en ese mismísimo instante, así no perdemos el tiempo ni vosotros ni yo.

 

El narrador miembro de la  Unidad de Análisis de Conducta

 

«Marco Antonio Felipe era un hombre de treinta y dos años. Medía un metro ochenta y seis,  pesaba alrededor de ochenta y cinco kilos, tenía el cabello rubio, los ojos azules y la dentadura perfecta. Vestía un traje gris de tres piezas y calzaba unos zapatos negros».

 

Me requetechiflan estas descripciones. Son estupendas para echarse una siesta. A la quinta palabra ya empiezan a cerrárseme los ojos y antes de llegar a los zapatos ya estoy en coma. ¿Para qué usar metáforas, o etiquetas, o aprovechar las acciones para mostrarnos la estatura o el color del pelo de un protagonista? Quita, quita. Eso podría hacer que la lectura fuera un poco más amena y a nadie le interesa semejante tontería.

 

El protagonista idiota que no sabe cuál es su aspecto

 

«Marco Antonio Felipe se miró al espejo y vio a un hombre de treinta y dos años, de metro ochenta y seis, cabello rubio, ojos azules y dentadura perfecta».

 

¿En serio? ¿Estamos de coña o qué? Nadie necesita mirarse a un espejo para saber cómo es. Bueno, si te han hecho una cirugía plástica y has tenido la nariz tapada por metros de gasa durante semanas, puede, pero en el resto de los casos, no. Además, cuando alguien se mira al espejo no ve eso, porque lo que tienes delante de los ojos todos los días no te llama la atención. Os garantizo que yo esta mañana no he visto a una mujer de pelo naranja, ojos verdes y un lunar en el pómulo derecho. No, lo que he visto han sido unas ojeras que me llegan a la barbilla, unas greñas que solo se van a poder domar después de una buena ducha y tres litros de acondicionador y una expresión de mala leche que lo flipas (porque siempre voy al baño antes de preparar el primero de mis muchos cafés diarios).

 

Esto también podéis aprovecharlo para las fotografías. Si vuestro prota tiene que mirar el álbum familiar para saber qué aspecto tiene, voy a hacerme una idea de él muy poco halagüeña, os lo aseguro.

 

El diseñador de modas

 

Ni siquiera me voy a molestar en poner un ejemplo de este caso en particular, porque me da cien patadas. No hay nada que me haga saltarme un párrafo con más efectividad que ver cómo el autor me describe cada prenda de ropa y complemento que lleva su protagonista, desde los zapatos al sombrero, sin dejarse nada, con los colores, tejidos, formas y, por supuesto, el nombre de cada uno de sus diseñadores.

 

Antes de llegar a los calcetines, quiero matar. Si consigo enterarme de que su camisa es de (insértese aquí nombre de cualquier diseñador, que yo paso de buscarlo), color blanco roto (¿qué puñetas es el blanco roto? O es blanco o es beis, pero «roto» es un adjetivo absurdo para un color), con pequeños botones de… De lo que sea, leches, que me da igual, pues ya paso de seguir. Es que me tira de un pie, en serio. Me la sopla fuertecito la ropa del protagonista, a no ser que, de verdad, de verdad, sirva para definirlo. Que puede pasar, quede claro. Si el tipo va a la piscina con un albornoz con el escudo de armas bordado (frase robada a Manuel Nicolás Cuadrado sin ningún cargo de conciencia), un vermú en copa pija en una mano y el ABC en la otra, pues ya me está diciendo algo. En caso contrario, por favor, evitadme el «momento ropero». Gracias.

 

Si ya habéis usado alguna de estas descripciones, lo más probable es que yo ya no esté leyéndoos, pero como todavía puede quedar alguien con más paciencia en la sala, tranquilos, todavía podéis jorobarla con: 

 

La Personalidad™

 

La Mary Sue o el Gary Stu

 

Cualquiera que se haya dado una vuelta por el universo fanfiction sabe de lo que estoy hablando, pero por si hay entre vosotros alguien que no se haya asomado a esas profundidades tenebrosas, me voy a explicar: estos personajes son arquetipos idealizados de su autor, que llegan a una historia y se hacen con toda la atención. No tienen defectos (o alguno pequeño, encantador y mono), todo el mundo los quiere, todos se enamoran de ellos y el resto del elenco solo está por ahí para hacerles la pelota o adorarlos de forma incondicional. Oh, y a veces, si la cosa va de fantasía, tienen un poder que es la clave para resolver todos los problemas de la historia. Suelen tener un nombre cursi y llamativo, una personalidad poco definida y algún rasgo exótico.

 

Hola, Bella Swan.

 

Digo… Sí, eso. Que este tipo de personajes son odiosos porque nadie puede empatizar con ellos. No puedes empatizar con la perfección, y menos cuando esos protagonistas no necesitan tu afecto, porque ya tienen el de todos los demás. La perfección es unidimensional y aburrida, y un personaje tiene que ser multifacético, con matices, con defectos y virtudes, con amigos y enemigos. Pero, vamos, que no me hagáis mucho caso, porque ahí tenéis mi lapsus linguae para demostraros que todos los buenos consejos pueden ser muy malos si de éxito editorial hablamos.

 

El famoso

 

 

Aquí sí que no hay duda posible: en cuanto el autor dice que su protagonista es clavadito a Michael Fassbender pero un poco más alto, dejo de leer. Y mirad el ejemplo que estoy poniendo, ¿eh? Que he dicho «Fassbender». Pues me da igual. Me la sopla. Planto la lectura y ya. Porque, además, aunque no lo conozco en persona (todo llegará, todo llegará. El universo conspirará para concederme lo que deseo y todas esas polladas que no me creo ni en plena nube alcohólica), he visto suficientes entrevistas como para haberme hecho una imagen mental del tipo (que igual no se corresponde en nada con la realidad, pero, oye, es mi imaginación y hago con ella lo que me da la gana), así que si vuestro protagonista no se parece en nada a esa imagen, me voy a pasar media novela intentando cuadrarla con lo que vosotros me contáis. Y fracasando, porque si tengo que elegir entre mi imaginación y la vuestra, no hay ninguna duda.

 

Los clichés

 

Aquí tengo que hacer una confesión. Me pongo en pie, me aclaro la voz con un carraspeo nervioso y digo con voz monocorde: «Hola, soy Silvia y me encantan los clichés». Y vosotros respondéis «Hola, Silvia», porque sois muy educaditos, y ya podemos seguir.

 

No, en serio, de verdad que me encantan los clichés. Pero es que yo escribo mucha parodia, y son fabulosos para ese género. Para el resto… Bueno, si conseguís hacerlos vuestros, todo guay. Al fin y al cabo, los clichés lo son porque funcionan y si escogéis uno molón, pues ya tenéis parte del trabajo hecho. Pero, cachorritos, no os paséis. Disimulad un poco. Coged un cliché y dadle la vuelta, o ponedle algo de vuestra cosecha que lo haga un poco diferente, un poco más «vuestro».

 

Aun así, hay decenas de clichés aborrecibles y que, sin querer caer en conceptos de «corrección política» que ya sabéis que me la trae muy al fresco, deberíais revisar. Por ejemplo:

 

Priscilla, la reina de los clichés (frase robada a Mittelmark y Newman, una vez más, con absoluto descaro). Odio, odio, odio con todas mis fuerzas el cliché del amigo gay. Lo aborrezco. Fuertecito. Hasta la desesperación. Oye, en serio, que me parece fabuloso que introduzcáis personajes homosexuales, transexuales, pansexuales, intersexuales o cualquier otro –sexuales que os encaje. Soy más que partidaria de la diversidad, y creo que es maravilloso que os salgáis de la norma de varón blanco cishetero. Pero estoy de los diseñadores de moda que lanzan besos al aire, que son estilosos, monísimos y sobreactuados, que terminan todas sus frases con «bitch» o «reina» y que son el contrapunto ingenioso y un poco cruel a la dulce protagonista hasta más abajo del ombligo. Que parece que solo por ser gay tienes que ser, eso, Priscilla (o los dioses no lo permitan, Boris Izaguirre) y va a ser que no. Me temo que en el mundo real el ser gay no te obliga a ser algo creativo, como peluquero o diseñador, ni a tener pluma. Tampoco te obliga a no ser así. Pero adivinad cuál de los dos arquetipos es más común en las novelas. Pues eso. Intentad ser un poquito más originales, por favor.

 

La mujer muy mujer y el hombre muy hombre. Si vais a maltratar a vuestros personajes femeninos y masculinos convirtiéndolos en arquetipos trasnochados, voy a dejar de leeros y sin ningún cargo de conciencia. Estoy hasta el moño de que ellos siempre sean los jefes y ellas las secretarias. Me toca la moral que ellas siempre se preocupen por los zapatos y la ropa y a ellos solo les interesen el fútbol y los coches. Me tiene harta que los pateaculos siempre sean hombres y las víctimas siempre mujeres. Acaba con mi paciencia que ellos se enfrenten al malvado y ellas se queden gritando en un rincón.

 

Rosa y azul. El arquetipo más odioso. Un consejo, si queréis saber si estáis maltratando a vuestros personajes femeninos, convertidlos en hombres. Si lo que hacen os parece ridículo, a lo mejor deberíais pensar que, quizá, estáis siendo un poquito machistas. De nada.

 

Y acabo ya contándoos por encima algo a lo que algún día, cuando esté de humor, dedicaré una entrada entera:

 

La evolución de los personajes

 

Vamos a empezar por grabarnos una frase (esta se la robé a House): la gente no cambia. Nunca. Ni maldita la falta que le hace. Y los personajes, que deben parecerse a la gente lo más posible, pues tampoco cambian.

 

Un personaje puede (y debe) evolucionar y crecer. Se supone que lo que define a una novela es el conflicto, así que si un personaje pasa por uno importante, lo lógico es que sufra una evolución (o involución) incluso, cuando sale de él. Pero no es lo mismo que «cambiar». Lo que hace a alguien ser quien es, ese algo intrínseco que lo diferencia del resto de los mortales (o inmortales, vale) nos acompaña toda la vida. Sé que es complicado, pero intentad aprender la diferencia entre «cambio» y «evolución» antes de plantearos siquiera empezar a pensar en un arco de personaje.

 

Otro día os hablo de los antagonistas y los secundarios, de la evolución y de los protagonistas cutres que eran una cosa y al terminar son otra. Pero hoy ya he cubierto el cupo y puedo irme a comer con la satisfacción del deber cumplido y todas esas chorradas.

 

Pasad un lunes horrible. Al fin y al cabo, todos lo son, así que es mejor que os hagáis a la idea cuanto antes.

 

 

 

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