Featured Posts

El síndrome del impostor (y el del soberbio inútil)

September 3, 2018

 

Por si hay algún psicólogo en la sala, voy pidiendo disculpas por adelantado, porque, para alguien como yo, intentar hablar de algo que tiene todo que ver con la psicología humana es una irresponsabilidad de mil pares de demonios. En mi descargo diré que no pretendo sentar cátedra, solo dar una opinión que puede ser acertada o equivocada y que podéis mandar a algún sitio feo sin problema alguno.

 

Eso sí, si de verdad eres psicólogo, estás por aquí leyéndome y no te importa hablar con una cabeza cuadrada para estos temas como yo, por favor, ponte en contacto conmigo, porque de verdad (no, en serio, de verdad, sin ironía de ningún tipo) que este tema me fascina y me encantaría conocer una opinión profesional.

 

Y ahora es cuando alguno de vosotros puede preguntarme por qué hablo de esto antes de conocer bien el tema, y tendrá toda la razón, pero es que, veréis, mi forma de intentar comprender el mundo es escribir. Habrá quien hable con los amigos, habrá quien se siente y piense durante horas, o quien busque información en san Google, pero yo escribo. Es mi manera de enfrentarme a la vida, que, sí, para mí es absurda e incomprensible la mayor parte del tiempo.

 

Así que aquí estoy, un domingo por la mañana, con cuatro gilipollas a mi lado hablando a un nivel de decibelios insoportable para el ser humano (¿por qué la gente que tiene menos que decir es la que más alto habla? He ahí otro tema fascinante) y solo dos cafés entre pecho y espalda, intentando desentrañar los misterios de la psique humana.

 

Si dejo de escribir y esta entrada se queda a medias, que sepáis que es porque no me he aguantado más y le he dicho cuatro cosas a los gilipollas. Que llevo media hora mirándolos mal y no se enteran.

 

No sé si habéis oído hablar del síndrome del impostor. ¿No? Vale, por si acaso: es un trastorno psicológico que hace que ciertas personas minimicen sus logros y piensen que se deben a la suerte o a que los han juzgado con demasiada amabilidad. Aunque pueda parecerlo, no tiene nada que ver con la baja autoestima o la inseguridad, sino más bien con un perfeccionismo extremo. Parece una chorrada, pero puede ser muy incómodo e incapacitante.

 

Creo que es justo confesar que alguna vez lo he padecido, por increíble que le pueda parecer a alguna gente que me conoce bien. Lo que pasa es que yo lo escondo bajo capas y más capas de arrogancia sarcástica y termino por asfixiarlo. Pero, sí, he pasado por eso. «No soy lo bastante buena», «Tengo que esforzarme hasta la extenuación con la corrección porque no puedo quedar mal de ninguna manera», «Oh, dioses, me he dejado una tilde en la segunda revisión, soy lo peor, se va a dar cuenta todo el mundo de cómo meto la pata»… Luego alguien me dice que le encanta mi trabajo y se me pasa.

 

O lo ignoro, que es más fácil.

 

El caso es que este síndrome es común a muchos escritores que conozco, y como llevo una temporada viéndolo por todas partes, pues al final he terminado por sentarme delante del teclado para ver qué sale cuando desconecto los filtros (porque, sí, cuando escribo desconecto los filtros. Que los tengo. Palabra. Si no, no habría superado la adolescencia. Me habrían matado antes).

 

El síndrome del escritor impostor

 

Seguro que todos los que escribís (o conocéis a alguien que lo hace) os habréis encontrado con este síndrome o lo habéis sufrido, aunque a lo mejor no sabíais que tenía nombre (de nada, para eso estamos). Veis gente que escribe bien, incluso muy bien, y cuando le preguntan dice que «intenta ser escritor», que «está en ello», que «ha publicado "un par" de libros»… Cualquier cosa menos decir en voz alta y con orgullo «Sí, soy escritor».

 

Y ya ni os cuento lo que me llega a mí, que me asustan de forma innecesaria antes de abrir sus archivos. Al final, he acabado por montarme mi propia estadística privada (cutre y probablemente errónea) y he llegado a la conclusión de que la calidad de la escritura suele ser directamente proporcional a las disculpas del autor por «todos los errores que vas a encontrar». Por norma general, cuantas más veces repite un cliente «espero que no te espante demasiado», o «es mi primer trabajo y jamás me han dicho que escribo bien, pero…», mejor es el texto.

 

Parece una tontería, pero casi nunca me ha fallado. A más modestia, mejor calidad, al menos cuando contactan conmigo por una corrección. Y no debería ser así, pero es lo que hay.

 

Supongo que, en parte, el problema radica en que aquí no hay nada que te califique oficialmente como escritor. No hay una carrera, no hay un título, no hay nada. Solo tu opinión y la de tus lectores, y eso es muy chungo cuando te comparas con lo que hay por ahí que es mejor que tú (o que tú piensas que lo es) y te sientes pequeño e insignificante.

 

Conste que esto tiene su parte buena, aunque no lo parezca. Este es un oficio en el que nunca se deja de aprender, no importa cuántos años llevéis en él o a cuántos talleres hayáis asistido o cuántas novelas hayáis publicado. Siempre se aprende. Hasta el día en que os arranquen del teclado los dedos agarrotados por el rigor mortis. Y si lo asumís, pues eso, seguís aprendiendo y cada vez seréis mejores, aunque no os lo creáis.

 

Me encantaría daros consejos para superar este síndrome, pero ya os he dicho que yo misma lidio con él a diario y solo porque a veces me asalta una arrogancia terminal soy capaz de seguir adelante. Supongo que la clave está en analizar de la manera más objetiva posible cuáles son vuestros miedos, aceptarlos y continuar trabajando. No lo sé. Por favor, psicólogo que puedes estar leyendo esto, échame una mano.

 

Lo curioso de todo esto, lo que de verdad me ha traído hasta aquí y me ha dejado metiéndome en un charco de lo más profundo a estas horas de la mañana de un día no laborable, es que existe el caso contrario, y no tengo ni idea de si tiene nombre o si está diagnosticado. Una vez más, invoco a los psicólogos presentes. O a cualquiera que sepa de esto, a estas alturas ya me da igual. Por ahora, y a falta de un nombre mejor, yo lo he llamado

 

El síndrome del inútil soberbio (o de la soberbia inútil)

 

Por mucho que el síndrome del impostor esté de lo más extendido por el mundillo literario (y por todas partes, por lo que he leído), los que padecen este otro son legión, lo que me lleva a pensar que, con toda seguridad, sí está reconocido y tiene su nombrecito, mucho más elegante que el mío, que tampoco es que me haya matado mucho.

 

Aquí nos encontramos con alguien que tiene muchas historias en la cabeza y ha decidido plasmarlas porque él lo vale, que ha autopublicado un libro que ha llegado al top ten de Amazon Sri Lanka, que siempre ha soñado con ser escritor, que ganó el concurso de poesía de su clase cuando tenía seis años, que lleva veinte años en el oficio y ya nadie le puede dar lecciones, que lo que le pasa es que tiene muy mala suerte, porque es mejor que todo eso que hay por ahí y no entiende por qué no está vendiendo a espuertas…

 

Los conocéis: son esos que cuando les decís que su personaje es un poco plano te ponen cara de «plano será tu encefalograma, imbécil». O que cuando reciben una mala crítica montan un pollo dramático que lo flipas (en público, claro, para recibir un refuerzo positivo que les permita seguir siendo inútiles soberbios). O que creen que la ortografía no va con ellos porque lo que importa es Su Arte™. O que vienen a contaros todos sus logros, desde esas cinco estrellitas en Amazon a ese día que siete personas hicieron cola para obtener su firma.

 

Y esto no sería un problema si de verdad, de verdad fueran buenos. Que si alguien es bueno y lo sabe, me parece estupendo, faltaría más. Es una actitud que apruebo sin reservas. No, el problema viene cuando hablas con ellos y te das cuenta de que no saben ni lo más básico, pero como sus palmeros les han dicho que son geniales, pues son geniales y ya está. Y como soy así de masoquista, a veces me pillan tonta, leo algo suyo y siento deseos de meterme debajo de la cama (no, no debajo de las mantas. De la cama, con la colonia de pelusas) y lloriquear fuertecito, porque mi cerebro es incapaz de asimilar tantos errores en tan pocas palabras.

 

Otra cosa que me llama la atención de esta gente es que cree que todos hablamos de ellos. Siempre. Todo el tiempo. En cuanto escribes un artículo sobre el tema que sea, o haces un comentario en redes, o se meten en una charla que estás teniendo con alguien en un congreso y, por una de esas casualidades cósmicas, señalas un error que ellos cometen (y que, ojo, no tiene por qué ser un error, que siempre os digo que todo se puede hacer si funciona, aunque algunos no lleguen hasta ahí en la lectura), empiezan a soltar todos sus méritos y todos los motivos por los que ellos son mejores que tú.

 

Que no se lo discuto. Que igual lo son. Pero es que, veréis, si alguien dice que hay mucha mierda en, yo qué sé, la romántica paranormal, por citar un género en el que yo misma he publicado, pues no me siento aludida. Ni un poquito, oye, aunque no os lo creáis. Lo más probable es que, si escucho esa frase, asienta y diga algo tipo «Sí, como en todos los géneros» y me quede tan amplia y sin que mi autoestima sufra ni un poquito en el proceso. ¿Por qué esta gente no hace lo mismo? Ni idea. Si aparece el psicólogo y me lo explica, os lo cuento.

 

Debe ser horrible ser tan paranoico. No, lo digo en serio. Tener que estar pendiente de todo lo que se comenta por si acaso alguien se atreve a empañar tu ficticia imagen de perfección tiene que ser devastador. Además de inútil e improductivo, que ya os he dicho mil veces que no le vais a gustar a todo el mundo y es mejor asumirlo cuanto antes para no caer en estas chorradas.

 

Supongo que en esos momentos, el inútil soberbio se aproxima al síndrome del impostor llevado al extremo. Es decir, tiene sus dudas de que su trabajo sea bueno o sabe que hay muchos que lo critican, incluso sin conocerlo, solo por el género que ha elegido (y algún día os hablaré de lo que pienso de los géneros literarios, que para mí son, en gran parte, un invento editorial y no existen en mi mundo ideal), y se recubren de una capa de superioridad altiva que busca morder y atacar al elemento hostil.

 

Y como este soy yo más veces de las que tengo paciencia para aguantar, ya os voy diciendo que al elemento hostil le importan tres carajos los exabruptos de superioridad histérica. Más bien al contrario, le proporcionan horas de diversión sin fin.

 

Conste que hay gente que llega a superar estos síndromes y los integra como parte de su curva de aprendizaje: empieza creyéndose un impostor, alguien lo publica (o se publica él solo) y pasa a ser un soberbio inútil y, después de unas cuantas hostias, se dedica a estudiar, formarse y seguir aprendiendo hasta… eso, ya sabéis, los dedos agarrotados, el teclado blablablá.

 

Otros no.

 

Esos son los que creen que lo saben todo y jamás van a asumir que no es así. No es exacto, pero cada vez que alguien se acerca a mí e incluye en su discurso, con aire altivo (o de falsa modestia, que también): «Ahora sí que me puedo considerar escritor» o «A mí me van a dar consejos, con todos los años que llevo en esto», o «Si sabré yo, que he ganado este importantísimo premio (que solo conocen algunos en España y nadie en el extranjero)», activa todas mis alarmas. Porque, lo siento, soy casi humana y siento más simpatía por el que padece el síndrome del impostor que por el que se ha situado a sí mismo en la cima. La cima de la oligofrenia, quiero decir (y conste que los ya que se cayeron de esa cima también molan, porque ya han aprendido algo en el proceso y puedes tener charlas interesantísimas con ellos sin que nadie se empeñe en tener la razón).

 

Además, esta gente suele ser la pesadilla de los correctores. Conste que yo suelo tener suerte y muy rara vez he tenido estos problemas con mis clientes, más que nada porque trabajo para gente que entiende la necesidad de una corrección y se rascan el bolsillo para obtenerla, pero sé lo que hay. Y cuando corriges a alguien con el síndrome del inútil soberbio te va a criticar cada cambio, cada coma, cada sugerencia y cada comentario. Porque él no se equivoca y tú sí. Que solo estás ahí para justificar el sueldo. Y que solo quieres estropear su trabajo porque les tienes manía. Y que no tienes ni idea. Que lo tuyo es técnica pero lo de ellos es arte.

 

Y por si os lo estáis preguntando, sí, el cómo reacciona la gente ante las correcciones también los hace desaparecer de mi lista de lecturas a la velocidad absurda. Cuanto más protesta alguien sobre los correctores, más rápido sale de ella. Que sí, que el corrector puede ser malo, que también, pero yo ya me entiendo...

 

Resumiendo

 

Asumid que no lo sabéis todo (no, yo tampoco, gracias a los dioses. Seguir aprendiendo es lo que me mantiene más o menos cuerda en este mundo estúpido), aceptad que siempre vais a estar en proceso de aprendizaje, observaos con objetividad y no dejéis que os paralice el perfeccionismo extremo, pero tampoco la soberbia extrema.

 

Oh, y, por favor, no confundáis lo mucho o lo poco que vendéis con lo buenos o lo malos que sois. El mercado está hecho tapioca y el número de ventas es indicativo de muy poquitas cosas y, dentro de esas poquitas, solo un par son buenas.

 

Tampoco penséis que si seguís los consejos que yo o cualquier otro que sepa mucho más que yo podemos dar, vais a triunfar, porque no es así. Esto es una carrera de fondo y al final llegan muy pocos (con la lengua de fuera y los pies sangrando) y no necesariamente los mejores. Hacerlo todo bien no os garantiza el éxito, pero hacerlo mal, tampoco. Y es mucho peor.

 

Y ahora, si me disculpáis, voy a ver si me entero de por qué le han puesto una orden de alejamiento al cani que tengo al lado, que está todo el bar pendiente y no quiero perdérmelo.

 

Hasta el lunes que viene, si sobrevivís a la primera semana de septiembre y a la vuelta al cole/trabajo/rutina.

 

 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

La peor mamarrasha del mundo

March 12, 2019

1/6
Please reload

Recent Posts

January 7, 2019

November 26, 2018

Please reload

Search By Tags
Please reload

Follow Us
  • Facebook Social Icon
  • Twitter Social Icon
  • Google+ Social Icon
This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now