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Desahogo brutal. Manéjese con precaución

September 10, 2018

 

Hoy esta entrada me ha pillado en pleno brote psicótico, así que agarraos, que vienen curvas. Advierto de antemano que voy a ser más yo que yo misma y no pienso ni disculparme, ni justificarme, ni intentar siquiera adoptar un tono neutro, porque me tira de un pie. Así que si pensáis que no vais a poder soportarme en uno de mis arrebatos de mal genio (y os voy advirtiendo ya que es difícil), podéis plantarme aquí mismo y esperar a la semana que viene, que a lo mejor estoy de un humor más tolerable. Si no, seguid bajo vuestra responsabilidad. A mí, ni me miréis, que el que avisa… Eso, ya sabéis cómo sigue.

 

Vamos a empezar suavecito: estoy hasta el mismísimo conco de chorradas, de críos llorones, de gente que piensa que la profesionalidad es una enfermedad tropical y de gente que tiene muchos sueños y muy poca cabeza.

 

Y sí, esta es la parte suavecita.

 

Entiendo que, visto desde fuera (desde muy afuera), esto de escribir os pueda parecer de lo más glamuroso y lo de publicar un libro algo muy chulo, en que la gente viene y te cuenta lo estupendo que eres, cómo tus palabras le han cambiado la vida y lo mucho que ha disfrutado con tu trabajo. Entiendo que «escritor» le puede sonar a algunos como una palabra, así, como grande, de alguien entre intelectual y creativo que transporta a sus lectores a mundos nuevos y… blablablá.

 

Y una mierda.

 

Esto es un trabajo. Un. Trabajo. Como todos, como hay cientos. Un trabajo, además, que como no te permite ganarte la vida, es muy esclavo. Que te obliga a robarle horas al sueño, a pasar de tu familia, a acostarte a las mil con los ojos de un drogadicto en pleno mono y las manos temblando por la sobredosis de cafeína.

 

Un trabajo que, como prácticamente todos, exige formación continua, práctica y, sí, talento. Porque, no os engañéis, para todo hay que valer. Yo puedo tener el sueño de ser corredora de maratón, pero teniendo en cuenta que mi espalda es una especie de serpentina, que mi capacidad pulmonar es tirando a nula y que odio sudar, pues va a ser que mejor me dedico a otra cosa. Tampoco me veo poniendo ladrillos (por culpa de esa maravillosa columna vertebral que la Naturaleza ha tenido a bien otorgarme) y dudo que tenga el más mínimo talento para ello. Y ya os he hablado de lo mucho que me gusta cantar y lo mal que se me da. Soy sorda para cualquier cosa que se aproxime a una nota musical y me la sopla. Jamás me voy a dedicar a eso. Porque no sirvo.

 

Y si va a venir algún profeta de la New Age a decirme que no tengo por qué renunciar a mis sueños (suponiendo que tuviera el sueño de ser corredora de maratón, albañil o cantante, que no es el caso), ya voy avisando de que puede salir con una patada en el culo y tras haber aprendido un montón de tacos nuevos. Que no estoy de humor, y si vuelvo a escuchar eso de que el universo conspira para concederte lo que deseas, me voy a poner a gritar fuertecito. Y sé tacos en un montón de idiomas (cada uno colecciona lo que le da la gana), así que puedo gritar mucho rato y sin repetirme.

 

¿Y a qué viene todo esto? Pues a que hay días en que, por mucho que intente mirar la vida con una ceja enarcada (metafóricamente hablando, claro, porque, para demostrar otra vez que la Madre Naturaleza es una perra sin sentimientos, soy incapaz de componer ese gesto por mucho que me lo merezca), el radar de la ironía trabajando a pleno rendimiento y esa arrogancia que me permite contemplar la realidad por encima del hombro, pues a veces me agoto.

 

Veréis, conozco un montón de escritores. Unos son geniales, otros son buenos y otros…, en fin, hacen lo que pueden. Conozco un montón de escritores que vosotros no conocéis y que, probablemente, no conoceréis nunca. Conozco un montón de gente que le dedica a esto mucho tiempo y mucho esfuerzo y, sí, también mucha pasta gansa. Y conozco a un montón de gente que debería estar en el Olimpo de los Escritores Con Mayúsculas, forrados hasta el tuétano y viviendo de lo que de verdad, de verdad les gusta y para lo que tienen un talento impresionante, y me da muchísima rabia que no sea así. Por ellos, sí, pero también por los que de verdad son lectores y jamás tendrán la oportunidad de disfrutarlos.

 

Y a veces, como me ha pasado ahora, por una serie de casualidades cósmicas me encuentro entre las manos un libro que me cabrea de tal manera que tengo que desahogarme sí o sí. Y tengo que hacerlo no solo porque el libro fuera malo (que lo era. Mucho), sino porque todas las partes implicadas en el proceso han metido la pata hasta el corvejón, no sé si porque tienen mucha jeta, muy poco sentido de la realidad o ni idea de lo que están haciendo y de qué va este trabajo.

 

Porque hay grandes escritores, escritores, gente que escribe y luego el autor de esto, que no es de este planeta y va buscando el suyo.

 

Esa… cosa… que empecé a leer (porque no puedo decir que lo haya terminado) me sirve ella solita para ilustrar todo, o casi todo, lo que está mal en este mundillo. Ese fue el nivel. Y antes de empezar (y poneos cómodos, porque esto va para largo), no, no pienso decir qué libro era, quién era su autor ni cuál su editorial, más que nada porque no me da la gana. Y porque tiempos hubo en los que iba de paladín por la vida, pero ahora soy demasiado mayor y estoy demasiado cansada. Así que tomadlo como si la novela de la que voy a hablar no existiera (ojalá) y esto fuera un simple ejercicio para mostrar cómo no se deben hacer las cosas.

 

Encausado número uno: la editorial

 

Porque, sí, no os estoy hablando de uno de esos horrores autopublicados que ha subido alguien a duras penas alfabetizado, gracias a un procesador de textos y a un colega con un Photoshop pirateado. No, qué va. Os estoy hablando de una novela publicada por una editorial. De esas que tienen su sede social, su página web, su correo de contacto y todas esas cosas.

 

Lo que no me he molestado en comprobar (aunque tengo mis sospechas, que ya ratificaré algún contacto, porque, sí, hasta la gente como yo tiene contactos) es si era una editorial tradicional o una de coedición. Y este es el primer problema. No tengo ni idea de si hay editoriales de coedición que resulten «rentables» para el autor, que sean éticas (ni voy a decir legales, porque estoy segura de que muchas lo son) y que cumplan con lo que prometen. Si es así, esto no va por ellas. Suponiendo que las haya, que yo no las conozco. Y conste que el que yo no las conozca no quiere decir nada, que tampoco lo sé todo y siempre termino enterándome antes de lo malo que de lo bueno. Como todo el mundo.

 

Pero supongamos para empezar que era uno de esos timos (porque no se me ocurre otra manera de llamarlos) en que vosotros mandáis vuestro manuscrito con toda la ilusión del mundo y a los pocos días recibís una respuesta diciendo que les ha encantado y que quieren publicaros. A cambio de una módica cantidad (que de módica tiene más bien poco) que recuperaréis sin problemas.

 

Vamos a dejar las cosas claritas: las editoriales tardan meses en contestar. Meses. Reciben chorrocientos manuscritos, están siempre hasta el cuello y muchas veces tienen un panel de lectores al que mandan los manuscritos para que hagan un primer filtro. Así que si os responden en, digamos, una semana…, chungo. Y no, no es porque seáis buenísimos, geniales y maravillosos. Que igual lo sois, pero en una editorial tradicional no han tenido ni tiempo de abrir vuestro correo, ya no digamos de leeros.

 

Más: las editoriales tradicionales no os cobran por publicar. Repito: no. os. cobran.  Nada. Ni un duro. Los que cobraréis, si todo va bien, sois vosotros. Y no hay excepciones, ni excusas, ni letra pequeña ni las narices de un perrito chiquitín. Si alguien os pide dinero por publicaros, salid corriendo en dirección contraria. Rumbo al Defensor del Pueblo, a ser posible.

 

Vamos a dejar otra cosa clara también, por si viene alguien a intentar sacarme los colores (que ya os advierto que es imposible. En mi acervo genético no entra la posibilidad de sonrojarme ni aunque haya heredado más de lo que quería de mi abuela pelirroja): no hablo por hablar, ni de oídas. Hablo de lo que sé, de lo que he tenido en mis manos o en la pantalla de mi ordenador. Porque, sí, he visto más de un contrato de coedición (es increíble la de gente que pica, y mira que hay advertencias por todas partes) y me he quedado espantada, horrorizada y estupefacta (a veces, la sobreadjetivación es necesaria) con las cantidades que apuntan. Si yo cobrara la mitad (ya no digo todo, la mitad) de lo que ellos apuntan por los «trabajos de corrección», ya sabéis dónde estaría ahora mismo (Canadá, chimenea, Fassbender). Ya ni hablo de la impresión o la maquetación, porque me da la risa floja.

 

Sigo: si os llega esa carta en que os dice que sois estupendos y que se van a volcar en vosotros porque vuestro libro merece la pena, pues, una vez más, a lo mejor es cierto, pero a lo mejor no. Porque estos «negocios» publican a todo el mundo. A todos. Porque ni os leen. Les da igual. Ellos lo que quieren es vuestra pasta. Si después el libro es un desastre y no os lo compra ni vuestra abuela, ya no es su problema, porque los euros ya están tintineando en sus bolsillos.

 

Y por supuesto, aunque os hayan cobrado la de Dios es Cristo por la corrección y demás si os cambian una tilde, estaréis de suerte. Si os cambian tres y os ponen una cursiva, ya podéis dar palmas con las orejas.

 

Lo único bueno de todo esto es que la mayoría del universo lector del país ni se enterará de que habéis publicado (aunque os digan que tienen unos canales de distribución estupendos y que os van a promocionar a saco), así que la novela apenas llegará a cuatro lectores despistados fuera de vuestra familia. Que se acordarán de vuestros ancestros, de los de la editorial y de los de un señor de Cuenca que pasaba por ahí y no tenía la culpa de nada, pero le pilló el cabreo en mal momento.

 

Pero, al fin y al cabo, esto es un timo, ¿no? Un libro publicado por una editorial tradicional es distinto. Sí, en teoría. Y en este caso, peor.

 

Supongamos que este horror que ha caído en mis manos ha pasado por una editorial al uso (y sí, hay posibilidades de que así sea). Cómo alguien que tiene el cuajo de llamarse editor ha tenido los santísimos ovarios de pensar que esta cosa merecía mancillar trescientas y pico inocentes páginas en blanco es algo que no alcanzaré a comprender por más que me lo expliquen. Creo que hasta lo que queda del árbol que han usado para fabricar el papel en el que está impreso este despropósito está haciéndose el harakiri ahora mismo.

 

Que no se trata de una cuestión de gustos os pongáis como os pongáis. Se trata de llegar a unos mínimos estándares de calidad que garanticen, al menos, que va a compensar la inversión. Se trata de que hay cosas que son literatura, nos gusten o no, y cosas que no, bajo ningún concepto. Se trata de que un borrador no es una novela. Ni de broma. Y esto no lo sería ni aunque lo hubiera leído bajo los efectos de algún psicotrópico especialmente potente.

 

Lo que me lleva al segundo problema.

 

Encausado número dos: el «autor» y su «obra»

 

O la persona «hezcribidora» y su espanto salido de las profundidades del Averno, lo mismo me da.

 

Os lo digo casi todas las semanas y esta también lo he dicho, pero no me importa repetirlo una vez más: tener un sueño no significa nada. Na-da. No llega con que soñéis fuertecito con ver vuestro libro impreso y con que os sentéis todas las tardes a vomitar lo que se os ocurra sobre el teclado de vuestro ordenador.

 

Si solo escribís para vosotros, porque os gusta, porque os da la real gana, estupendo. Pero si queréis que os lea alguien más (y cobrar por ello, no nos olvidemos), vais a tener que currároslo un pelín más. No vale con soltar todo lo que se os pase por la cabeza y a ver qué pasa.

 

Os hablaré de unos cuantos «diminutos» errores que me he encontrado en esta cosa (de verdad, me niego a llamarla «novela»):

 

—La puntuación está para usarla correctamente. Esto significa que si en un párrafo de treinta y siete líneas (verídico) no hay ni un punto, ni siquiera un punto y coma, algo está fallando. O todo, no sé.

 

—Los tiempos verbales tienen sus usos. Y no, no son aleatorios. Si los usáis mal, vais a conseguir que el lector no tenga ni puñetera idea de cuándo pasan las cosas. Puede pareceros muy glamuroso usar el imperfecto de indicativo, el perfecto y el pluscuamperfecto en la misma frase, al azar y sin ninguna lógica, pero, de verdad, no lo es. Solo es algo que hace incomprensible el mensaje y, os guste o no, la intención del lenguaje es comunicar. Si no comunicas porque tus frases son un caos gramatical y sintáctico, a lo mejor deberías plantearte volver a la escuela o, al menos, leer algo sobre gramática básica de la lengua española antes de pensar en escribir algo más largo y complejo que una lista de la compra.

 

—Las palabras forman frases, las frases forman párrafos y así sucesivamente hasta construir una historia. Y del mismo modo que en una frase no podéis poner palabras aleatorias y esperar que tengan sentido, en un párrafo no podéis juntar churras con merinas y esperar que salgan alcachofas. Cada párrafo, una idea. Si empezáis hablando de cómo el personaje tose y termináis por su viaje a Burkina Faso, pasando por el traje que se olvidó de recoger del tinte y de cómo se acuerda de su tía abuela Patricia mientras fríe unas coquinas, todo en el mismo párrafo (o en la misma frase, que aquí pasaba), a lo mejor el lector os manda a tomar por culo. Y con razón. Y sí, a Joyce le funcionó. Pero no sois Joyce.

 

—Todo lo que incluís en una novela tiene que tener un motivo. Todo. Desde el más mísero adjetivo hasta cada uno de los personajes y todas las escenas de todos los capítulos. Todo. Parece una tarea inabarcable, pero es lo que hay. Y si os suena a mucho trabajo, a lo mejor deberíais ir pensando en hacer otra cosa. Macramé, por ejemplo.

 

Este punto es importante, así que tiene subapartados. Porque sí, porque él lo vale.

 

A)  Los personajes tienen que tener una razón de ser. No por poner setecientos la novela es mejor que si usáis solo cuatro que sirvan sin problemas para contar la historia. Y si os planteáis convertirlos en protagonistas, al menos os vais a tener que molestar en darles un poquito de personalidad. Al menos. Si el lector distingue a un personaje de otro porque se llaman diferente, y nada más que por eso, vamos mal. Y si a mitad de la novela empiezan a hacer cosas raras y que no tienen nada que ver con lo que han mostrado hasta ese momento, vais a cabrear a mucha gente.

 

B) Las palabras tienen un significado y cuando se agrupan en una frase intentan transmitir una idea. No por poner palabras innecesarias la idea se va a entender mejor. Y no, no por usar una metáfora y llenarla de términos raros y sin ningún vínculo entre ellos va a ser más brillante. Y ya que hablamos de metáforas: las que ya conoce hasta el tato no sirven de nada. Los labios de rubí, el cabello como el fuego o los ojos como el mar deberían ser delito. Y ya. Pero si encima de usar lugares comunes los usáis mal, estamos jodidos. Las frases hechas son eso, frases hechas. Y no conocer el significado de una palabra es malo, pero si usáis una frase hecha y la usáis mal (y no a propósito, que se note, que eso mola), el lector va a pensar que el español no es vuestra primera lengua. Así que antes de poner que «No por mucho madrugar, el cántaro se rompe y tira más que veinte carretas», pensadlo bien. Aquí no lo hicieron.

 

C) El trabajo de escritor es más difícil que el de Dios. A los seres megapoderosos creadores del universo se les permiten los sucesos aleatorios, inconexos y fruto del azar. A un escritor no se le perdona algo así. La vida es extraña, está repleta de coincidencias, de recovecos y de retrocesos y avances aleatorios. Una novela, no. Así que antes de incluir una escena imposible, innecesaria y contradictoria, pensad en los pobres, pobres lectores, que no tienen la culpa de nada y han pagado un buen dinero por vuestra criatura.

 

—Sí, lo sé. Todos sois escritores de brújula. Ya. Lo tengo clarísimo. Pero si no tenéis ni el más mínimo plan, ni sabéis cómo puñetas vais a llegar del punto A al punto B, se va a notar. Aunque no os lo creáis. Si cambiáis de idea a mitad de la historia (o en las cincuenta primeras páginas), el lector no es idiota y se va a dar cuenta. Si los personajes de pronto empiezan a aparecer en lugares random por patatas y se disponen a hacer algo incomprensible y que encaja tanto con la personalidad que han mostrado hasta entonces y con los datos de que disponen como un tertuliano de Telecinco en un seminario sobre buenos modales, vuestro libro va a terminar en la chimenea. Eso, en el mejor de los casos. En el peor, puede ser que alguien muy cabreado intente que os lo traguéis. Con salsa de chili extrapicante.

 

—Las acotaciones sirven para situar al lector, para dar información acerca del personaje, para que el lector se haga una idea del tono que usa, de cómo está reaccionando al diálogo… No usarlas, además de hacer que el lector tenga que volver una y otra vez atrás para contar rayitas y saber quién habla, va a dar la sensación de que vuestra novela es, en el mejor de los casos, un mal borrador y que los protagonistas flotan en la nada más tenebrosa y oscura. Eso sí, no sirven para describir lo obvio y menos para contarlo tal cual. No sé si os he hablado en alguna ocasión de la norma «no me lo cuentes, muéstramelo», pero grabáosla a fuego. No sirve de nada que pongáis una línea de diálogo en plan «Déjame en paz» y añadáis en la acotación «Federica quería que la dejara en paz». Y si ya añadís «Estaba muy nerviosa», termináis de fastidiarla. En serio, ¿es tan complicado poner que Federica se levanta, se pasea por la habitación alejándose de su interlocutor, se retuerce las manos… o cualquier otra cosa que indique que está nerviosa? Pues parece ser que para el autor de esto, sí.

 

—Los fallos de continuidad (eso, los de raccord) sacan de quicio al lector menos exigente. Y no solo los gordos, los de Federica era morena y bajita y ahora es rubia y alta y se llama Felicia. No, también las incoherencias internas: si vuestro personaje quiere ir a la playa, se pasa cinco párrafos pensando en la playa, prepara la bolsa con la toalla, el bocata y el bronceador, carga la sombrilla en el coche y termina en el cine sin que deis razón alguna, vuestra maravillosa historia, a la que le habéis dedicado horas de sudor y lágrimas mientras os poseía la musa, va a terminar en la papelera. Y, esta vez sí, con razón.

 

—Los monólogos internos pueden molar. Pero cuando pensamos somos inconexos y desordenados y nuestra mente va dando saltos de un sitio a otro sin orden ni concierto. En un monólogo interno de novela, eso no puede pasar, porque el lector va a pensar que os habéis limitado a sentaros y soltar lo primero que os ha venido a la cabeza sin tener ni idea de a dónde queréis llegar. Y si vosotros no lo sabéis, imaginad él, que está ahí, de invitado en la fiesta. Por supuesto, una vez más, a no ser que seáis Joyce. Pero ya hemos establecido que no lo sois y ese es otro tema.

 

Podría poneros más ejemplos: repeticiones de palabras a cascoporro, dentro incluso de la misma frase; frases idénticas que aparecen una y otra y otra y otra y otra y…, eso, ya os lo podéis imaginar; pleonasmos a tutiplén, de los que cabrean, tipo los de cerrar las manos en puños o subir arriba; frases desordenadas sin ningún motivo, agujeros en la trama del tamaño de Australia… Pero ya os hacéis una idea, ¿no?

 

Y aun así, con todo esto, me pongo a cotillear y me doy de bruces con el tercer problema.

 

Encausado número tres: los colegas bien (o mal) intencionados que ponen estrellitas

 

Me voy a Amazon y me encuentro un buen puñado de comentarios de cinco estrellas. Con frases hechas en plan «Me (h)a encantado» o «Una novela mara(v)billosa» o «Lo mejor que he leído en mucho tiempo. Creativa, única, diferente».

 

Y alguno será cierto, oye, que lo que veis junto a los paréntesis está puesto con toda la mala intención (y todo el realismo) del mundo, pero, venga ya… ¿Ni un comentario negativo? ¿Ni uno? ¿Nadie en la sala que haya visto todos estos horrores?

 

De verdad, si os gustó, pues vale, pues bueno, pues me alegro. Algún día leeréis más y veréis la luz. Y si no (o ni siquiera lo habéis leído) y habéis puesto esas cinco estrellas y esos comentarios elogiosos porque es un amigo, no le estáis haciendo ningún favor. Y lo que es peor, no se lo estáis haciendo a los que se guíen por vuestras valoraciones (en serio, ¿queda alguien que se fíe de estas cosas?), que quedarán horrorizados y cabreados con el espanto. Ni al mercado, que ya va bastante de culo.

 

Y sí, existe la libertad de expresión y tenéis todo el derecho del mundo a decir que algo es maravilloso si para vosotros lo es. Pero si no creéis que lo sea, o si no tenéis ni idea de cómo es, estamos entrando en terreno farragoso. Y no quiero usar la palabra «fraude», pero la estoy pensando, conste. Eh, no podéis acusarme por pensar. En mi cabeza soy libre de tener lo que me dé la gana, y ahora mismo tengo la imagen de un ansiolítico o un par de cervezas. O de un litro de orujo. En vena. Porque, de lo contrario, no voy a ser capaz de dormir esta noche por culpa de ese libro tan bien valorado.

 

Fin del desahogo. Nos vemos la semana que viene, o no. Larga vida y prosperidad.

 

 

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