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De géneros, dignidad y demás chorradas

September 17, 2018

 

Después de mi desahogo de la semana pasada (ya está, ya tengo el brote controlado, lo juro. Hasta la próxima, al menos), hoy estaba en plena resaca psicótica y no sabía muy bien qué os iba a contar. Tenía varias posibilidades, unas mejores que otras (para mí, al menos), y no sabía por cuál decidirme.

 

Y entonces, como me ocurre más a menudo de lo que me gustaría, vino Facebook al rescate, primero en forma de conversación con una amiga y, después, con uno de esos recuerdos que se empeña en destacar cada poco. Así que no me quedó más remedio que meterme en un charco muy profundo y decantarme por el tema que traigo hoy.

 

Antes de empezar, advierto: no esperéis consejos, maldiciones, desahogos ni nada parecido. Esta entrada va a ser una de las que me surgen de tanto en tanto, de las que solo me sirven para poner en orden las ideas e intentar entender el mundo. Y para fracasar, porque para la gente como yo el mundo siempre será un lugar incomprensible, inaprensible y absurdo, y este tema es algo recurrente en mis divagaciones, porque por mucho que intento ponerme en el lugar de quienes defienden posturas contrarias, no soy capaz. Y lo intento, os lo prometo, que a mí lo que me mola es debatir, sea en mi bando o en el opuesto.

 

Ahora ya estáis impacientándoos y tamborileando en el teclado a la espera de que diga por fin de qué leches voy a hablar. A ver, no es tan difícil. Podéis mirar el título de la entrada e igual se os ilumina la bombilla. Pero sí, es cierto, me disperso, así que vamos al grano:

 

Géneros literarios

 

Veréis, cuando yo todavía arrastraba mi esqueleto por los procelosos mares de la educación reglada me enseñaron que había cuatro géneros literarios: narrativa, lírica, dramática y didáctica, con sus correspondientes formas literarias (o subgéneros, llamadlos como os dé la gana). Esta teoría se veía reforzada en la práctica porque, aunque muchos ni lo recordaréis, cuando entrabas en una librería había un estante enorme, elefantiásico, rotulado con la leyenda «Narrativa general», que era una especie de cajón de sastre donde entraba… ¿todo? Cuando los lectores nos adentrábamos en el contenido de esos estantes, buceábamos entre obras de toda clase y condición, y podíamos pasar horas perdidos entre volúmenes con las más variadas temáticas, portadas y sinopsis.

 

¿Era una locura organizativa? Puede, no os lo voy a discutir, pero a mí esto me llevó a leer de todo. Y cuando digo «todo» quiero decir exactamente eso: todo. No hay ninguna temática que rechace a priori y no tengo asumida esa dicotomía absurda de «género bueno» versus «género malo» que tiene mucha gente, más que nada por lo que os voy a contar después: paso de las clasificaciones por género. Si el libro me atrae por lo que sea, me lo llevo a casa y ya.

 

¿Se perdía mucho tiempo? No sé, depende de lo que entendáis por «perder el tiempo». Yo considero que pasar horas perdida entre libros es cualquier cosa menos perder el tiempo, pero, claro, yo vivo bastante al margen de las prisas de la sociedad moderna, y más cuando hablamos de aficiones.

 

Poco a poco, estos estantes se fueron diversificando, y aparecieron tímidas baldas con leyendas misteriosas como «narrativa fantástica», «narrativa negra», «narrativa histórica», «narrativa romántica»…

 

Vale. Aceptamos barco como animal acuático y Torre Gemela como aeropuerto.  Ya no era lo mismo, pero al menos descubrí a Tolkien y todo un mundo nuevo se abrió ante mí, lo que siempre es de agradecer.

 

Pero, como suele suceder, la cosa se nos fue de las manos.

 

La fantasía, por ejemplo, que antes era «narrativa fantástica» y englobaba la ciencia ficción, la fantasía como tal y el terror, de pronto empezó a sufrir una mitosis infinita y surgieron subgéneros dentro de los subgéneros con subclasificaciones y subapartados. Y lo que era un todo más o menos ecléctico se transformó en cajitas que cada vez son más y más pequeñas, todo para «facilitarle la vida al lector». O, en mi caso, para fastidiarme.

 

Ahora todo está clasificado, encorsetado y reducido a su mínima expresión y, lo que es peor, en cada subsubsubgénero hay  decenas de talibanes que creen que lo han inventado y que miran con la nariz arrugada un libro y dicen algo tipo: «Hombre, por favor, cómo pueden clasificar esto como "distopía del hombre contra la máquina" cuando está clarísimo que es "ciencia ficción predictiva con tintes neopunk"». Y la novela se queda en el estante porque sí, porque vamos con tanta prisa que ni tiempo para descubrir algo nuevo tenemos.

Una pena.

 

Pero lo peor no es eso. Lo peor no es que la gente se limite y solo lea un género (que para mí ese tipo de gente no son lectores, solo aficionados con posibles, y  esto como mucho. Y que se cabree quien le dé la gana, que ya sabéis que me tira bastante de un pie). Lo peor es que cuando la gente se limita, surgen los «no me lo toques». Y aquí es donde la cosa ya empieza a hacer aguas por todos lados.

 

Vamos a partir de la base de que, como os decía, para mí no existen los géneros literarios como se entienden hoy en día, con todas esas cajitas dentro de cajitas en plan muñecas matrioshka. Para mí solo hay recursos para contar una historia y el autor elige el que le encaja en ese momento, el que cree que es mejor para conseguir sus objetivos. La fantasía es un recurso. El romance es un recurso. La violencia es un recurso. El terror es un recurso… Y hasta puede usarse más de uno y mezclarlos, mirad qué cosa más chula. El límite está en… En ninguna parte, en realidad.

 

Por eso es muy gracioso cuando un autor se deja llevar y mezcla dos recursos que, hasta ese momento, apenas se habían rozado, y entonces las editoriales (y los «lectores» talibanes) pierden el culo buscando una nueva clasificación, otra cajita para enlatarlo y que se quede ahí, encerradito y sin molestar. Y es más gracioso todavía cuando esos talibanes saltan cual furias vengadoras el día del orgullo gay: «A mí no me importa que se casen, pero que no lo llamen matrimonio». Pues igual: «A mí me parece perfecto que el autor haya hecho lo que le dio la gana, pero que no lo llamen (insértese aquí subsubgénero), que le busquen otro nombre».

 

¿Otro más? ¿En serio? Tío, que esto más que una clasificación de subgéneros parece el santoral, no jorobes.

 

Es verdad que los autores suelen tener un recurso favorito para narrar y por eso terminan encasillados dentro de uno de esos «géneros», pero eso es otro tema. Ponerle puertas al campo, otro muy distinto. Y por eso podemos ver a autores que escriben algo que no termina de encajar en ningún lado y, para evitar las inevitables bofetadas (o para desvincularse de un «género menor», que si ya me parece absurdo que haya géneros, imaginad lo que pienso de que haya unos más pequeños que otros), se vuelven locos inventando más clasificaciones o yéndose al absurdo de lo absurdo: «Bueno, mi novela es narrativa».

 

Narrativa.

 

Ajá. Sí. Claro. Ya.

 

Pues como todas, cachorrito.

 

Porque ya os he dicho cuáles son los géneros y, dentro de ellos, la narrativa engloba la novela, la novela corta y el cuento. Es decir, que aunque no toda la narrativa sean novelas, todas las novelas son narrativa. Todas. Sin excepción. Decir que una novela es «narrativa» es tanto como decir que una persona pertenece al género humano (al menos, de momento y sin entrar en universos de ficción). Que, oye, me parece fantástico que no quieras meterte en líos de clasificación, que es lo que intento defender, pero de ahí a caer en la obviedad y la ignorancia hay un mundo.

 

Y, mira, hasta aquí casi podría pasar, porque, bueno, yo sigo leyendo lo que me cuadra y escribiendo lo que me da la gana, pero el problema termina traspasando las molestias de mirar doce estantes en lugar de uno o de tener un montón de gente por ahí que se cree dueña de los «géneros» que lee.

 

No, el problema más gordo viene cuando, a golpe de canon, los géneros se anquilosan. Y un género que se anquilosa es un género condenado a morir, que os quede claro.

 

Y como la gente no entiende por qué sus libros favoritos (o los que escribe) están mal vistos, en lugar de plantearse eso, que están anquilosados y tienen tantas normas que es imposible escribirlos sin un manual de estilo, lo que te dicen es que hay que pelear por ellos. Y aquí empieza la diversión sin fin y mi sarcasmo y yo vamos sacando las palomitas.

 

Dignificar el género

 

Como soy un ser atemporal, más antigua que las mismísimas edades del universo y todas esas cosas, ya no es la primera vez que veo a los autores y lectores de un determinado género (y voy a usar la palabra porque es la que utilizan ellos, no porque quiera saber nada del tema) hablando de dignificarlo y llevarlo al gran público (y luego, cuando lo consiguen, los ves quejarse porque pasa de ser friki a mainstream, pero ese es otro tema) y demostrar que es tan válido como cualquier otro y que…

 

Pereza.

 

Esto pasó con la novela negra. De ser unos libritos cutres pasaron a encumbrarse en la cima de los más leídos y, hoy por hoy, la novela negra es la más vendida en nuestro país (según las fuentes que consultes, vamos, porque ahí también hay mucho que rascar). Pero no pasó porque sí, porque cambiara el mercado o porque, de pronto, por una casualidad cósmica, la gente descubriera que molaba.

 

No, cachorritos, no.

 

Pasó porque empezaron a aparecer historias diferentes, que se apartaban de la dinámica del detective alcohólico y la rubia muerta. Bien narradas, bien construidas y, sobre todo, distintas.

 

Lo mismo con la fantasía. La sombra de Tolkien era alargada y durante una época siempre leías la misma historia (una trilogía con un mapa al principio, una raza pequeñita y mona y un mago megapoderoso que servía de deus ex machina), y te contaba el camino del héroe desde el principio hasta el final, sin perderse ni uno de sus pasos. Y a los que leíamos algo con un componente fantástico (ya ni hablar de los que intentábamos escribirlo) nos decían cosas como «Pero ¿por qué no lees/escribes algo serio?». Como si por ser fantasía no fuera «serio», cuando hay pocas cosas más serias que la fantasía. El humor, quizá. El humor es lo más serio que hay. Y qué poquito se publica, pobre mío.

 

Ahora los subgéneros con componente fantástico están mejor vistos. ¿Milagro? ¿El cine o que lo escriben hombres, como he leído por ahí, en una simplificación tan ignorante y falsa como irritante? Pues más bien no. Una vez más, lo que se dio fue un ejercicio serio de autocrítica y una remodelación profunda de los pilares del que sustentaban las historias, y aparecieron autores nuevos, con ideas diferentes y que se apartaban del maldito Campbell y del bendito Tolkien. Y los lectores creímos de nuevo, porque volvieron la calidad y la variedad.

 

Ya no había normas grabadas en piedra y fue bueno para todos. Para el lector, porque ya no tenía que leer el mismo esquema de siempre, y para los autores, porque se respetaba su sacrosanta libertad creativa sin que tuvieran que preocuparse por «no encajar». Al contrario, lo que no encajaba pasó a ser lo más molón del mundo y «los de la vieja guardia» se quedaron pataleando y suplicando para que vuelvan las historias de toda la vida, que ahora matan a sus protagonistas, hay límites a los poderes mágicos, las chicas luchan y son personajes principales, y todo eso es muy chungo.

 

Inciso: desconfiad de todo el que os diga que es de la «vieja guardia». Eso significa que está aferrado a principios trasnochados y que no está dispuesto a avanzar ni aunque lo empujen. Porque a esa gente los esquemas prefijados e inamovibles les dan seguridad. Lo nuevo les parece aterrador, temen no poder adaptarse. Es más, no quieren adaptarse. Es así porque siempre se ha hecho así y no hay más que hablar.

 

Y entonces es cuando te hablan de dignificar los géneros, cuando lo que en realidad quieren es que vuelvan a ser lo que eran, porque se sentían cómodos y porque lo que ellos piensan es lo que cuenta y los demás son unos arribistas.

 

Vale, pues para empezar, olvidaos de todas esas tonterías de «dignificar los géneros». No puede dignificarse algo que no es más que una construcción artificial sin más valor práctico que orientar al consumidor para que gaste a mansalva y no cuestione ni se salga del caminito marcado.

 

Lo que puede ser digno o indigno es la calidad de la narrativa (que no, no es un concepto subjetivo os pongáis como os pongáis), no el recurso que se escoge para contar una historia. Que, oye, habrá recursos que te den cien patadas y a los que prefieras no acercarte, pero ese es otro tema. Yo, por ejemplo, tiendo a huir del drama, y no me refiero a que una historia no tenga un final feliz (que las historias acaban como tienen que acabar, o deberían), sino a que un personaje acumule sobre sus hombros todas las desgracias de la galaxia. Me aburre infinito ver a todo el elenco sufriendo sin ton ni son solo porque su autor es un sádico. Y si acaba bien, peor, porque no me lo creo. Pero esa soy yo. Y algún libro de estos he leído y hasta me ha molado porque el escritor sabía muy bien lo que estaba haciendo (Chejov, Dostoievsky y Tolstoi, os amo fuertecito. Brontë, a vosotras menos, pero tenéis vuestro aquel), lo que me devuelve una vez más a la calidad y no a la temática.

 

Y ya que estamos y que me entienda el que quiera: odio a Disney y sus happy ending. Que sí, que está guay que todo acabe bien, pero «bien», como todo en esta vida (el celtismo me puede y eso de pensar en luchas de opuestos se me da fatal), es un término relativo. ¿Es «bien» rizar el rizo de lo imposible para encajar dos caracteres que no tienen en común más que el colchón sobre el que sudan? Hombre… Depende. Los abogados especializados en divorcios también tienen que comer. Pero desde el punto de vista de la coherencia de la historia, pues igual va a ser que no.

 

Así que pensad un ratito en todo esto antes de dictarme normas y hablarme desde el púlpito de la falsa superioridad intelectual, por favor. Que me tenéis contenta.

 

Y, como os conozco, aclaro: me importa un bledo lo que otros definieron por mí y me importan un bledo las imposiciones de gustos de los demás, porque el mundo no gira en torno a un puñado de personas ni el sol sale y se pone por un grupo en concreto. Tiene que haber de todo y para todos, y si vuestro discurso va a empezar por «yo quiero saber lo que me voy a encontrar» o por «yo quiero», sin más, ni siquiera me voy a molestar en dignificar (ahora sí) vuestros «argumentos» (y ya sabéis, las comillas son intencionadas, como todo lo que hago) con una respuesta.

 

Porque, insisto, todo lo que se anquilosa termina por morir y la libertad creativa no es algo que se pueda encerrar en una cajita con miles de rótulos de colores y normas prefijadas. Si queréis cargaros uno de esos inventos a los que llamáis géneros, empezad por decir «Esto es así porque es así» y ya tendréis la mitad del camino hecho.

 

Y, por mí, perfecto, ¿eh? Al fin y al cabo, soy lectora, no aficionada sin más, y si un tipo de novelas desaparece, tengo más donde elegir.

 

Bonus track

 

Y para terminar, en serio, si sois autores, escribid lo que os parezca. Escribidlo bien, eso sí, por favor, pero no os rompáis la cabeza. En cuestión de «temática» (e insisto, de temática. Las normas ortográficas y gramaticales y la calidad narrativa son temas aparte) solo hay una norma que no deberíais saltaros: verosimilitud (ya ni veracidad, por los dioses, quitad de ahí, que ya os he dicho que me gusta la fantasía). Sed verosímiles y, aparte de eso y de lo que os pida la historia en aras de la coherencia, no hay nada más. No os pongáis delante del teclado pensando que hay unas convenciones escritas en piedra para que una novela se encuadre dentro de un género determinado, porque ni sois Moisés ni se usa ya un cincel para dictar normas, que para algo está el BOE y hasta hay una versión digital.

 

Ya vendrán otros a meteros en cajas cuando corresponda. Ese no es vuestro problema. Total, como ahora todo son matrioshkas, pues a lo mejor no vais a poder colocar vuestra novela, porque aunque haya un montón de editoriales que se dedican a esa temática (que no voy a decir «género», que no me da la gana) y hayáis respetado todas las convenciones que exige, la fastidiáis porque el recurso que habéis elegido dentro de ella no es el que está de moda, porque dentro de la propia cajita con sus normas aleatorias, las editoriales solo publican una línea concreta y evitan todas demás.

 

Lo que me lleva derechita de cabeza a mis recuerdos sobre la fantasía, las trilogías con razas pequeñitas y magos poderosos, las historias que siempre son la misma historia, los géneros que se petrifican y desaparecen y todas esas cosas.

 

Y lo dejo aquí y me voy a leer un rato, porque si tengo que destripar al mundillo editorial, me va a llevar mucho más tiempo del que quiero dedicarle a esto, y paso. Que, total, yo no estoy aquí para hacer de adalid de nada, que me da perecita y no me pagan por ello.

 

Sed todo lo malos que podáis y hasta la semana que viene.

 

PD: Gracias a Kristina Yanavichyute, eriusa, hermala de pro y Paola en proceso, por explicarme que podía escribir «matrioshka» poco más o menos como me diera la gana, que al fin y al cabo no deja de ser una transcripción. May the force be with you.

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