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Cómo estropearlo todo con una simple entrevista (o cómo cabrearme hasta el infinito y más allá)

October 15, 2018

 

Me gustaría decir que antes de sentarme a escribir esta entrada me lo pensé aunque fueran doce segundos, pero es que no me gusta mentir. Así que reconozco que antes de llegar al final de la lectura de lo que motivó este desahogo, la parte de mi cerebro que siempre está unida al teclado ya estaba redactando párrafos enteros y ni una intervención conjunta de los dioses de todos los panteones conocidos y por conocer iba a poder detenerme.

 

Porque, sí, por fin, después de varias semanas tranquilísima, algo ha conseguido cabrearme. Pero cabrearme a nivel subatómico, que como soy de letras no sé lo que quiere decir, pero seguro que es mucho.

 

Os advierto desde ya que, como estoy cabreada, me va a costar más que de costumbre centrarme, así que voy a empezar, por una vez, por el principio, y luego ya divago. Os pongo en antecedentes: entro en Twitter (a saber por qué hago estas cosas) y veo que una buena amiga y sin embargo gran persona ha compartido, entre horrorizada y escandalizada, una entrevista que le han hecho a una persona de este país que publica las cosas que escribe (y os aseguro que no estoy rizando el rizo de mi narrativa. Solo intento ser muy, muy precisa). Superventas, por más señas. Como además de la vena sádica, y de un modo tan incongruente como yo, también tengo otra masoquista nada desdeñable, y como soy de la generación que todavía lee los artículos y no se queda en los titulares, abro el enlace. Y aquí es donde mis gritos se escuchan hasta en una galaxia muy, muy lejana.

 

Es una entrevista breve, insustancial, que tiene una errata y a la que le falta una tilde. Y aun así, se las apaña, en sus escasas mil palabras, para poner de manifiesto todo lo que está mal en el mundo de la cultura en general y de la literatura en particular. Solo con las respuestas podría escribir una tesis sobre el estado de la literatura patria y tendría para ilustrar media docena de talleres sobre lo que no se debe hacer. Con las preguntas me daría para un artículo sobre la evolución del periodismo. Con el contexto general me he asegurado una visita al médico y la compra de unos cuantos ansiolíticos.

 

Y ahora sí, empiezo a divagar (o no tanto). Antes de desarrollar mi «tesis» voy a responder a algunos comentarios que ya me espero y que no me interesan lo suficiente como para rebatir en directo:

 

—No, lo que me mueve no es la envidia. Me importa tres pimientos que no me crea nadie (ya os he dicho muchas veces que lo que los demás opinen de mí no es asunto mío de ninguna manera), pero os informo de que aunque colecciono defectos con alegría demente, la envidia no se encuentra entre ellos. Estoy demasiado ocupada con mi propia vida como para envidiar la de los demás. Los que me conocen saben que es así. El resto puede seguir sin conocerme, no pasa nada.

 

—Odio la polémica fácil, como odio los chistes fáciles, la provocación fácil o casi todo lo fácil, sobre todo los abrefáciles. Así que no, mi interés no es polemizar. Si aun así se monta polémica, me importa un bledo. Yo ya habré dicho lo que quería decir y me habré retirado a mi cueva tan tranquila, así que mejor no perdáis el tiempo ni me lo hagáis perder a mí.

 

—Me importan un pimiento las ventas o el dinero que gana esta persona. Que algo dé mucho dinero no lo convierte en bueno. Creedme, no lo hace. Están el tabaco, las drogas, el alcohol, Donald Trump… Todo eso mueve un montón de pasta. Y ahí lo dejo.

 

—No me interesa meterme con los gustos de nadie, que son suyos y cada uno sabe lo que tiene que barrer en su casa (en la mía, miles de pelos de mis mascotas). Sí me interesa, en cambio, poner de manifiesto el poco respeto que hay a la profesión. Que no, respetarla no se traduce en ventas, pero si la dignidad y la profesionalidad se pagan poco, yo no tengo la culpa.

 

Y creo que ya no tengo nada más que adelantar. No sé, pero si aparece algo ya os lo iré comentando. Por ahora, me meto en harina.

 

Punto primero: empecé en esto porque estaba aburrida, así que me puse a escribir.

 

Amén.

 

Que no digo yo que no me haya puesto a escribir alguna vez porque me mataba el aburrimiento, pero no es lo mismo, ya escribía antes. A veces escucho la típica frase «Esa es la basura que escriben las amas de casa aburridas». Vale, pues en ocho palabras ha ratificado esa frase cliché, horrible y machista, denostando todo un género y a todos los compa… No, esperad. Iba a decir «los compañeros de profesión», pero está claro que la profesión de esta persona no es la misma que la de la gente que se toma en serio lo de ser escritor.

 

Y sí, a lo mejor alguien que se lo toma en serio empezó a escribir por aburrimiento, porque todas sus lecturas dejaron un poso que lo empujó al teclado en el momento preciso, pero voy por orden. Después hay un punto que sitúa a cada uno en su lugar, ya lo veréis.

 

Punto segundo: me documenté por internet, leyendo foros y chats

 

Aplauso lento, aplauso lento, aplauso lento. Porque todo el mundo sabe que internet es un pozo de sabiduría humana que nunca se equivoca, que está ratificado por todas las academias y grandes mentes de la historia y que toda la información que se encuentra es fidedigna e indiscutible. Si no entendéis lo que está mal en esto, ni me voy a molestar en explicarlo. A lo mejor es que yo soy de la generación que sabía lo que era una biblioteca, un experto, un ensayo o una investigación, pero esta costumbre de «ah, pues lo leí en internet» me saca de mis casillas. Antes había autores que pasaban años (sí, años) documentándose para sus novelas. Ahora hay gente que abre el Google Maps. Todo bien.

 

Foro Coches, la nueva Enciclopedia Británica.

 

Punto tercero: también me documento viendo porno

 

Sin comentarios.

 

Solo un apunte: esta persona que afirma no escribir porno se documenta viendo porno. Es como si yo no quiero escribir sobre subastas, pero me documento viendo El precio de la historia o Subastas a lo bestia.

 

Ya no voy a decir nada de la frase «Parezco un tío viendo porno», porque la lucha feminista la dejo para otro momento. Ahora prefiero centrarme en la lucha por una cultura media decente.

 

Punto cuarto: mi técnica consiste en ponerme delante fotos de maromos buenorros

 

Miles de artículos, decenas de ensayos, cientos de consejos para construir personajes se han destilado en un principio tan simple como apabullante: mira una foto.

 

Me estoy conteniendo porque tengo la teoría de que los tacos hay que usarlos con precaución y en el momento preciso, y más adelante hay otro punto en el que los voy a soltar todos de golpe. Pero yo y mucha, muchísima gente infinitamente mejor que yo nos pasamos media vida estudiando la manera de construir un personaje, mirando cómo se puede crear un arco decente para él, buscando eneatipos, montando una personalidad, una forma de hablar, unas características propias capaces de convertir a esas líneas impresas en un ser dotado de vida, analizando técnicas (y sí, desechándolas y a veces dejando que la imaginación hable por nosotros) y viene esta persona y dice que su «técnica» (y lo pongo entre comillas porque lo de llamar técnica a eso me ha hecho descojonarme de risa siete minutos y medio) es mirar una foto. Con dos ovarios y una trompa.

 

Y añade, con todo el cuajo, que antes de hacer esto su personaje empezaba siendo rubio y terminaba moreno. Ahí. Glorificando los errores de continuidad y la falta de planificación y método.

 

Qué cercana, qué de la calle, qué molona.

 

Punto quinto: si otros aparecen en los suplementos literarios y yo no, será porque escriben otro tipo de novelas y parecen más que yo.

 

Mira, sí. Ahí sí. Están porque escriben otro tipo de novelas y porque «parecen más». Pero no por el género al que se dedica esta persona, no nos engañemos. El género, aunque denostado, precisamente, por gente como esta, no tiene nada de malo per se. Lo que ocurre es que la gente que aparece en los suplementos al menos intenta escribir novelas. Que te gustarán más o menos, que ni están todos los que son ni son todos los que están, pero al menos son algo más que un puñado de fantasías cutres narradas con una innegable pobreza léxica y una planificación apoyada en una foto, un reality y una peli porno. Y antes de que nadie diga nada, sí, lo de la pobreza léxica lo sé de primera mano (y lo de las faltas, los pleonasmos, los errores sintácticos…), porque ya os he dicho muchas veces que no me gusta hablar de lo que no sé, y eso me llevó a autotorturarme y leer una de las treinta y ocho novelas de este ser humano. Así que, sí, sé de lo que hablo.

 

Punto sexto (y el auténtico motivo de todos mis gritos histéricos): la verdad es que NO LEO NADA (y sí, es una cita textual)

 

Ahora sí. Ahora es cuando empiezo a maldecir en todos los idiomas que conozco y en todos los que solo me sé tacos, que son unos cuantos.

 

Por lo menos, ten la puta decencia de mentir. En serio, miente, que quedas mejor. Y te lo digo yo, que odio las mentiras. Pero miente. Cuando te pregunten a qué compañeros lees, no digas que no lees nada. Primero, porque a la escritura se llega por la lectura y no hay atajos, ni resúmenes, ni Reader’s diggest, ni las narices de un perrito chiquitín. Primero lees y después escribes. Y no hay más que hablar. Lees y el amor por las letras te lleva a querer narrar la historia que siempre has deseado leer. Lees porque así te formas. Porque aprendes de los que saben más que tú y porque aprendes a no hacer lo que hacen los que saben menos que tú. Porque te culturizas. Porque parte del trabajo del escritor es leer.

 

Por mil millones de motivos.

 

Y, segundo, por respeto a la profesión y a quienes están en ella. Porque escribir no es sentarte ante un teclado y vomitar lo que has visto en los realities. Es un oficio. Es un trabajo. Y como todos los trabajos exige esfuerzo y formación. Y la humildad de no mirar por encima del hombro a los que, no, no ganan tanto como tú, pero sí saben más que tú.

 

No se puede ser más despreciativo y maleducado. No se puede ser más grosero.

 

No se puede ser más ignorante.

 

Voy a copiar aquí una frase de mi adorada ricitos, Wifac Atope: «Señor veterinario, ¿usted ama a los animales?». «No, no tengo tiempo. Ni los miro». Y otra de mi querido Edu, futuro genial diseñador de moda: «Es como si a mí me preguntan quién es mi diseñador favorito y digo que no he visto un desfile en mi vida y no conozco a ninguno». Si no veis la relación, no pasa nada. Sois parte de su nicho (y la ironía de esta palabra, en este momento, es deliciosa), no del mío.

 

Y aquí es donde tengo ganas de dejar esta entrada y pasar de todo, porque, mirad, en realidad, esto no importa. Porque miles de decisiones erróneas en materia de educación nos han llevado hasta este punto. Porque Telecinco tiene su público y no, no es el de la Dos. Porque la inteligencia, la educación y la cultura son valores a la baja.

 

Y porque, al fin y al cabo, si queréis ser escritores, lo que diga este ser humano no debería afectaros. Porque no forma parte de vuestro oficio, sino de otro, otro para el que todavía no hay un nombre (que mira que es raro, con lo que nos gustan las etiquetas), pero que tiene su público y nada que ver con la literatura.

 

Y sí, todo ese público tiene derecho a tener productos dedicados a ellos y consumirlos, pero es un indicativo. Un indicativo de que la cultura está pasando sus horas más oscuras. Un indicativo de que estamos creando una generación de oligofrénicos, ágrafos y analfabetos funcionales, a los que cualquiera podrá manipular con una frase mal construida y un absoluto desprecio por la historia, la verdad o el respeto a los demás. Y ahora hablo de política, sí. A veces lo hago.

 

Porque sí, soy mayor, y a mi generación se le enseñó que leer abre puertas que de otro modo estarían cerradas, que el conocimiento es poder y que la incultura es una lacra.

 

Porque me duele ver cómo muchos compañeros quedan sepultados debajo de productos desechables de consumo rápido como estos. Porque me molesta, como lectora, saber que hay gente por ahí que tiene un talento único, maravilloso, trabajado y cultivado con mimo y dedicación y que jamás llegará al público porque el sector cada vez se dirige más a los incultos y menos a los que todavía quieren (queremos) pensar y que estamos releyendo porque no nos dejan más opción.

 

Y sí, me he puesto borde, muy borde, y me da igual. Y conste que con esto no quiero liderar ninguna lucha, ni ser adalid de nada, ni pretendo siquiera convenceros. Solo me interesa desahogarme y entonar un panegírico a esas letras que, a este paso, ya nunca volverán a ser algo mágico. Porque soy mayor, porque ya no lucho, porque ya me da igual lo que piensen otros. O lo que no piensen.

 

Pero si no veis el problema, entonces es que este es más gordo de lo que parece.

 

Fuerza y honor.

 

Nota 1: no, no estoy siendo incoherente, rompiendo mis propias reglas y llevando a cabo un ataque personal. No ataco a la persona, sino a lo que se infiere de sus declaraciones. Ahorradme los comentarios que incluyan falta de comprensión lectora, que me aburren.

 

Nota 2: no, «oligofrénico», «ágrafo», «analfabeto» e «inculto» no son insultos. Son una realidad muy triste.

 

Nota 3: no tengo nada que añadir en la nota tres, pero es que me encanta todo lo que vaya de tres en tres y no, no me importa decirlo.

 

 

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