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¿Antes muerta que sencilla? ¡NO!

October 22, 2018

 

Alterar mis rutinas me sienta fatal. En serio, fatal. Reconozco que soy un poquito «Sheldon» para estas cosas, pero en cuanto me sacan de mi orden semanal, no soy persona. Me pierdo, nada me sale como se supone que tenía que salir, me desorganizo y me siento todo el tiempo fuera de lugar. Sí, estoy fatal de lo mío. Os puedo presentar a un montón de gente (profesionales, incluso) que lo ratificaría sin problemas.

 

Ahora es cuando pensáis que vengo a hablaros de la importancia de crearos una rutina en esto de escribir, de lo fundamental que es tener una cierta disciplina y todo eso. Y podría. Estamos en octubre y en apenas diez días empieza el dichoso NaNoWriMo (para los que no sepan de qué va, aquí tenéis toda la información) y voy a ver a un montón de gente presumiendo de las palabras que ha escrito o quejándose de que no ha conseguido llegar al límite de las mil seiscientas sesenta y seis palabras diarias. Y porque me presenté al reto seis o siete años consecutivos (y lo conseguí todos los años, aunque no todos los años conseguí mi objetivo de doblar el número de palabras), así que algo sé del tema.

 

A lo mejor lo hago.

 

Y es que hoy he llegado aquí sin tener ni la más remota idea de qué iba a contar en esta entrada y sigo sin tenerlo claro. Lo que tenéis hasta ahora ante vuestros ojos es más un ejercicio de disciplina, de volver a mis rutinas (que alteré al escribir la entrada de la semana pasada el jueves en lugar del domingo, y ya os he dicho lo mal que me sientan estas cosas), que fruto de una cuidadosa planificación de mis publicaciones semanales. Porque, como ya os he dicho que lo de la coherencia no es lo mío, la rutina se me da bien. La planificación, no tanto.

 

Sin embargo, creo que poco se puede decir del NaNo que en realidad pueda servir para algo. Si llegáis a él con un bagaje que os permite escribir miles de palabras diarias, lo vais a superar sin problemas. Si sois de los que se sientan de tarde en tarde, teclean doscientas palabras y se olvidan hasta que se les ocurren otras doscientas que escribir, no vais a llegar al límite ni hartos de grifa, a no ser que os pillen los últimos días en un pico de creatividad que os ayude a superar una maratón. Aun así, no os digo que no lo intentéis, porque os puede servir para crearos esa rutina, esa disciplina diaria de sentaros todos los días a escribir. No para que podáis llegar a esa cifra aleatoria de las mil seiscientas sesenta y seis palabras, sino para que encontréis la forma de buscarle un hueco a la escritura en vuestra vida, y para que analicéis cuándo y cómo funcionáis mejor, algo que podéis aplicar al resto del año.

 

Y por si ya tenéis vuestra rutina, os habéis presentado varias veces y aun así no llegáis, no os agobiéis y tened claro que cada uno tiene su ritmo y su sistema. Hay escritores rapidísimos y escritores muy, muy lentos, y no por teclear a toda velocidad sois mejores o peores. Ni por hacerlo a la velocidad de una tortuga artrítica. Alguna gente no llega porque no puede desconectar el corrector interno y termina borrando más palabras de las que escribe. Si sois de esos, y el sistema os ha funcionado hasta ahora, no os presentéis. En serio, no lo hagáis. Tenéis ya un método propio y no necesitáis otro diferente, que solo va a conseguir que os sintáis frustrados cuando veáis que otros han escrito ocho mil palabras el día que vosotros apenas habéis conseguido sacar cuatrocientas decentes. El que ha escrito ocho mil a lo mejor pierde el doble de tiempo en revisarlas, y vosotros ya las tendréis revisaditas y listas, y al final, el tiempo que va a tardar el manuscrito en estar listo va a ser similar.

 

O no, pero no quiero desmoralizaros.

 

Pero, siguiendo el hilo de esto, voy a llegar a la idea (vale, a la sombra del fantasma de una idea) que tenía cuando me senté delante del portátil esta mañana de domingo, con mis dos litros de cafeína y mi mal humor: la perfección no existe y no tenéis que pareceros a nadie. Pero que eso no os disuada de intentarlo.

 

¿Por qué digo esto? Pues porque cuando me encuentro con primeras obras de un autor (que «primeras» suele ser una forma de hablar, porque mucha gente escribe durante años antes de animarse a publicar o a dejar los relatos y lanzarse a la novela), tiendo a ver dos problemas: a unos les falta experiencia, recursos, técnica y método, y son textos demasiado sencillos y poco trabajados, sin planificación o intencionalidad; y otros creen que escribir es algo «elevado» y su prosa se convierte en una pesadilla de subordinadas, palabros extraños, exceso de conectores, hipérbaton a mogollón, pleonasmos sorprendentes y símiles inexplicables.

 

El primer problema se termina curando con el tiempo, la experiencia, la formación y la lectura (o no), y me llevaría eones contaros todo lo que puede fallar y cómo solucionarlo. Puede ser que un día lo intente, pero será cuando esté más despierta.

 

El segundo es solo es cuestión de limpiar (y limpiar y limpiar y limpiar y limpiar) y de que el escritor entienda que la función de los recursos literarios es hacer brillar el texto, no a su autor (ejercicios de onanismo literario al fondo, a la derecha, junto al armario con los fulares, los bastones y las gafas de sol, gracias). Y de que, sí, los clásicos escribían de una forma muy determinada, pero ya han pasado siglos y cada uno tiene su voz (o llegará a tenerla) y no tiene por qué ser incomprensible y farragosa.

 

Antes de seguir, un apunte sobre esto de «La Voz™»: ya la encontraréis. Esto no es la búsqueda del unicornio dorado, y por mucho que os digan que es fundamental que un autor tenga «su propia voz», ya aparecerá. Probablemente, cuando dejéis de buscarla. Esa voz mágica que os diferencia de todos los demás (¡ja!) es algo que acabará surgiendo con el tiempo, después de escribir mucho, probar mucho y equivocaros mucho. Dejad de perder el tiempo buscando la manera de encontrar vuestra voz, seguid tecleando y permitid que ella os encuentre a vosotros. O seguid perdiendo el tiempo, da igual. Es vuestro tiempo, podéis hacer con él lo que queráis.

 

Pero, para todos aquellos que pensáis que un texto es mejor cuanto más sobretrabajado está un texto, sí tengo un par de consejos. Que, con suerte, me evitarán muchas, muchas explicaciones, de esas que pongo en comentarios y que me ocupan horas cuando corrijo.

 

Sencillez, sencillez y sencillez

 

Ay, qué palabra más horrorosa, ¿verdad? Sencillo suena a fácil, a poco currado, a simplón. Y vosotros no sois simples. Sois Escritores, así, con sus mayúsculas y todo. Estáis por encima del vulgo. Estáis por encima de la masa de tecleadores anónimos que apenas saben lo que es una metáfora.

 

Ya.

 

Pero vuestro público tiene que entender lo que decís, más que nada porque si tiene que decidir si el idiota es él o sois vosotros, no va a dudar ni cinco segundos.

 

No os engañéis, la «sencillez» es algo que se consigue con mucho trabajo. Siempre me hace mucha gracia eso que dicen en las reseñas de «la prosa del autor es sencilla» (y algún día os hablaré de las frases repetitivas y vacías de contenido que veo en las reseñas y que todo el mundo repite sin saber muy bien de qué habla, pero no será hoy, que ya me he dispersado bastante) ¿Por qué me hace gracia? Pues porque o, sí, es sencilla, pero sencilla de cutre y no hay quien la lea sin querer quitarse los ojos, o es engañosamente sencilla y eso vale un mundo. Y digo «engañosamente», porque detrás de esa aparente sencillez hay un trabajo importante de limpieza, de no irse por las ramas, de usar la palabra más precisa y no la más larga, de que todo encaje y fluya, de reducir el texto con precisión quirúrgica para que diga y trasmita justo lo que su autor quiere decir y trasmitir.

 

No es sencillez, es precisión y oficio. Y es muchísimo más difícil que retorcer una frase hasta el infinito y que lo entienda quien pueda o tenga la paciencia de descomponerla en sus elementos principales y volverla a montar en su cabeza antes de seguir leyendo.

 

La intención del lenguaje es comunicar, os lo digo siempre, y si no se os entiende, no comunicáis. Así que, cuando reviséis vuestro texto, fijaos en todo lo que sobra, en todo lo que podéis quitar y la frase sigue entendiéndose igual y diciendo lo mismo. Y borradlo. Sin remordimientos. Si tenéis que elegir entre una palabra larguísima y una corta, adivinad cuál va a quedar mejor. Si tenéis que escoger entre el orden natural de una frase o un hipérbaton extraño, adivinad cuál se va a entender mejor. Si tenéis que explicar siete pensamientos, adivinad si es mejor hacerlo en una frase con siete subordinadas o en siete frases…

 

Evitad el ruido. Ya sé que a todos nos encanta el sonido de nuestras propias teclas, pero esto es como cuando mamá os dice que sois los niños más guapos del mundo. El amor hace cosas extrañas en los discursos de la gente…

 

Aquí es donde toca proponer un ejercicio que todos odiáis: tomad uno de vuestros textos y, siguiendo esa premisa de evitar todo el ruido, quitad un diez por ciento de las palabras. Y cuando hayáis terminado, volved a revisarlo y quitad otro diez por ciento más. Cuando lleguéis al treinta, a lo mejor ya está limpito y listo. O a lo mejor sois muy Góngora y necesitáis quitar más. No importa, el caso es que sigáis limpiando hasta que todo sea exacto y preciso.

 

¿Duele? Bueno, eso es que no os habéis presentado a muchos concursos con límite de palabras y no habéis tenido que meter tijera a saco. Y sobre esto, un consejo: cuando os presentéis a un concurso de esos, escribid la historia que tenéis en mente sin mirar cuántas palabras lleváis y luego recortad con este método. Porque si a las dos mil palabras veis que solo os quedan otras mil para llegar al límite, y aún vais en la presentación, la vais a fastidiar y va a quedar mal compensado. Es preferible que acabéis como tiene que ser y luego eliminéis un adjetivo aquí, un conector allá, una subordinada explicativa (de esas que en realidad no explican nada) en el otro lado, y así. Y si después de hacer esto un par de veces, seguís teniendo más palabras de las que os piden, esperad a otro concurso donde el límite sea más amplio. Será por concursos…

 

Todo lo que os voy a contar a partir de aquí está relacionado con este primer consejo y si lo seguís, no lo necesitaréis, pero por ser más precisa y no sabéis por dónde empezar a conseguir esa bendita sencillez.

 

Los palabros

 

A ver, en serio, de una vez por todas: lo único que conseguís usando «silente» en lugar de «silencioso» es que el lector sepa que conocéis la palabra «silente». Y ya os digo yo que le importa un bledo.

 

Tener un buen vocabulario, manejar un registro amplio, es fundamental. Pero solo porque os va a permitir subir y bajar entre registros cuando el texto lo necesite. Y porque os va a permitir teclear un párrafo sin necesidad de abrir el diccionario de sinónimos cada dos minutos. Pero esto es como la documentación: tenéis un montón de información sobre las técnicas de plantación de berenjenas transgénicas en Burkina Faso, pero al lector solo le interesa lo necesario para entender la historia. Pues con los palabros lo mismo. Los sabéis, tenéis un vocabulario de la leche, pero al lector solo le interesa si el que usáis es el más exacto y el más preciso para explicar el concepto de que se trata.

 

Las frases con doce subordinadas

 

Cachorritos, hay algo que se llama «punto y seguido». Incluso «punto y aparte». Si tenéis doce ideas distintas, procurad que no vayan en la misma frase, porque cuando el lector llegue al verbo, ya se ha olvidado del sujeto, y va a tener que empezar otra vez para desentrañar los misterios de vuestra prosa florida. Y todo lo que haga que el lector parpadee, se distraiga y tenga interrumpir el flujo de su lectura os va muy mal.

 

Los conectores

 

A propósito, por ejemplo, ahora bien, de ahí que, tal vez, ciertamente, es decir, si acaso, en absoluto, exactamente, sobre todo, es más, en cierto modo…

 

Cada frase, un conector. Lo he visto. Y no es cómodo, en serio. En un porcentaje altísimo, esos conectores no sirven para nada y lo único que consiguen es que el texto se vuelva más pesado y que corra peor. Oye, que a veces hacen falta para que se entienda el párrafo, pero os digo lo mismo que con todo lo demás: si los quitáis y la frase no cambia, al infierno con ellos.

 

Sobreadjetivación

 

Si habéis leído mucho a Lovecraft (aunque en sus últimos textos el tío ya iba limpiando un poco más) y sois muy fans, os va a encantar esto de sobreadjetivar. Y no digo yo que no funcione a veces, pero prudencia. Aunque pongáis doce adjetivos (sinónimos, encima) por cada sustantivo, no vais a conseguir que el lector lo entienda mejor. Al contrario. Es preferible que encontréis el adjetivo perfecto, ese que resume todo lo que queréis decir, a que me habléis del nefando horror tenebroso y ominoso, que se arrastra, repta y culebrea en el envilecido, pútrido y oscuro sótano, donde innombrables, herejes y sacrílegos actos han invocado a la más vil y abominable criatura surgida del más impío de los infiernos abisales para arrastrarlos, gimientes, a sus execrables profundidades.

 

Sí, para esto sirve tener un vocabulario amplio. Para poner ejemplos espantosos. Para poco más. Que tampoco es cuestión de decir que «invocaron a un bicho feo en el sótano que se los comió a todos», pero hay un punto medio. Y ahí está la virtud, o eso dicen.

 

Orden

 

Por algún motivo que se me escapa, muchos escritores piensan que las frases suenan más elevadas si están en desorden. Quizá no tengan ni idea de recursos literarios, pero el hipérbaton lo tienen incrustado en las meninges. Y a veces está bien, no digo yo que no, pero otras solo consigue que cuando el lector llegue a ese sujeto que habéis puesto al final, ya no sepa de qué va la frase. El español es una lengua SVC (sujeto, verbo, complementos) y es lo que mejor funciona en el noventa por ciento de los casos. Y lo mismo para los adjetivos: para nosotros, el orden natural es sustantivo+adjetivo. Se pueden anteponer, pero en casos muy concretos (si lo que queréis expresar con ese adjetivo es más importante que el sustantivo, por ejemplo. Y cuando cambia el significado, que no es lo mismo un «viejo amigo» que un «amigo viejo»). Así, como truco cutre: si ese precioso adjetivo antepuesto que habéis usado significa lo mismo si lo ponéis pospuesto y la frase no cambia en nada, ya sabéis. No hagáis experimentos raros, por favor.

 

Y ahora es cuando alguien va a venir a decirme que hay escritores que triunfan, que les encantan y que hacen todo esto y más. Y sí, es cierto. Pero ellos saben lo que hacen y saben lo que funciona. No podéis correr cuando apenas sois capaces de andar sin tropezar cada dos pasos. Empezad por frases sencillas y en orden e id probando, pero si empezáis la casa por el tejado la vais a fastidiar. Mucho.

 

O pasad de mí, que, total, solo soy un ser humano de mal humor, tecleando un domingo por la mañana para volver a sus rutinas.

 

 

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