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Había vida antes de internet

November 12, 2018

 

La entrada de hoy es complicadita, así que aviso desde ya que pueden ocurrir dos cosas: o voy directa al grano (eh, alguna vez me ha pasado. No muchas, cierto, pero alguna vez sí) o divago muchísimo más que de costumbre (sí, puedo hacerlo. Es un don). Y soy consciente de que se puede malinterpretar mucho, pero la verdad es que me da igual. Hace ya mucho tiempo que entendí que, diga lo que diga, siempre va a haber quien lo entienda al revés, así que paso y voy a lo mío.

 

Sea como sea, lo que me ha llevado a querer escribir sobre esto es lo de costumbre: voy paseándome por las redes y algo capta mi atención. Y como soy una kamikaze y me importa todo tres pimientos, me meto a saco, a ver qué pasa.

 

Hago un inciso (vale, parece que sí voy a divagar) para aclarar que estos días me habéis dado tema para cuatro o cinco semanas por lo menos, pero me he decidido por este porque me encanta complicarme la vida los domingos por la mañana antes del primer café. Y sí, es ironía. La ironía se me presupone. Si dudáis sobre si algo que digo es irónico o no, no hay duda, lo es.

 

Pero, venga, me meto en materia (más o menos): estaba en mi pausa para el enésimo café del día echando un vistazo distraído a Facebook. Vi un mensaje en el que se mostraban las ventas de una persona y se señalaba que no estaba en redes y no hacía ningún tipo de spam, para concluir que lo que funciona de verdad es el boca a boca y no la publicidad salvaje e intrusiva. Y ya había decenas de respuestas. Apunto que antes de abrir el mensaje (siempre miro estas cosas desde el móvil, con la esperanza de que no ver bien lo que hay me hará pasar más rápido. No funciona. Pero lo sigo haciendo. Ya hemos hablado más veces de mi coherencia) ya sabía lo que iba a encontrarme, y no me equivoqué ni un poco: autores, más autores y más autores protestando por la elección de la palabra «spam» y mostrando su desacuerdo con las conclusiones.

 

Me encanta acertar. Hace de mi mundo un lugar más estable y menos caótico.

 

Escribo mi opinión (que podéis encontrar más desarrollada en esta entrada) y comento que solo el hecho de que hayan contestado como quince autores y solo tres lectores (entre los que me incluí, sí, porque ya os he dicho que yo no me considero escritora) ya lo decía todo. De estos últimos, solo una estaba a favor de ese spam.

 

En una serie de abogados americana habría llegado el momento de decir: «No tengo nada más que añadir, Señoría», pero yo no soy americana y jamás he ejercido, así que sí que lo tengo.

 

Total, que meditaba yo sobre esto (sí, medito. Aunque en mi diccionario lo recojo como «procrastinar») y en una relación extraña de ideas, de esas que suele hacer mi cerebro por su cuenta cuando da un salto mortal porque se aburre de los temas de siempre, me vino un recuerdo de hace muchos años. Y empecé a establecer relaciones y paralelismos (y me dio la risa fuertecito, pero esto ya lo desarrollaré después).

 

Porque, veréis, yo viví uno de los fenómenos indie más conocidos, impactantes y fabulosos que ha dado este país: la Movida.

 

Para los que no sabéis lo que fue (¿en serio?): podéis encontrar toneladas de información en esas redes que creéis usar tan bien. Yo tengo un tiempo limitado (el que me da la duración de la batería) y me queda mucho por comentar, pero os resumo: durante los años ochenta se dio un movimiento contracultura (que en realidad, para mí siempre ha sido un movimiento cultural, pero, vamos…) que empezó en Madrid y se extendió a la velocidad absurda por toda España. Durante ese tiempo, todos teníamos cientos (y no es una forma de hablar, eran, literalmente, cientos) de cintas con grabaciones de grabaciones de grabaciones, de maquetas que había conseguido el hermano del primo de un colega que tenía un amigo que había ido a un concierto en Rock-Ola, de la radio, de… Todos conocíamos a alguien que tocaba en un grupo (a muchos «alguienes», de hecho), todos teníamos un amigo que grababa cortometrajes, todos teníamos un colega que colaboraba en un fanzine. O hacíamos alguna de estas cosas.

 

Parpadeabas, y habían aparecido diez grupos nuevos. Conocíamos cientos (una vez más: literalmente). Seguíamos a cientos. Íbamos a conciertos. Considerábamos genial descubrir algo nuevo y lo compartíamos con alegría demente cuando era bueno. Y cuando no lo era pero nos parecía que lo era.

 

Muchos de estos grupos se quedaron por el camino. Unos eran malísimos. Otros no tenían lo que tenían que tener, ese algo intangible que los diferenciaba de los demás. Otros… eh… bueno, eran los ochenta, había muchas drogas.

 

Pero unos cuantos, los que realmente valían, salieron adelante y fueron (y son todavía) muy conocidos. No sé, estoy pensando, por ejemplo, en una cría de quince años que salió en una película de un señor manchego que no conocían ni en su pueblo. Esa cría participó después en uno de los mejores programas que ha dado la televisión nacional (La bola de cristal), además de llegar a ser famosa por muchas otras facetas, y el señor de Ciudad Real ganó un Oscar y esas cosas. No sé si os suenan: se llaman Alaska y Pedro Almodovar.

 

Son los primeros que me han venido a la mente, pero hay más, muchos más, que todavía se conocen y que se ganaron (a fuerza de trabajo, bolos y el boca a boca) un lugar en la historia cultural de este país.

 

Y todo esto pasó, por increíble que os parezca, cuando no había redes sociales (hombre, no había ni internet ni sospechábamos que tal cosa pudiera existir…), ni teléfonos móviles y solo dos canales de televisión.

 

Así que, sí, el boca a boca funcionaba.

 

Y funciona, aunque no os lo creáis. Pero lo hace cuando hay algo que ofrecer y cuando se hace bien. Y os voy a contar lo que diferenció ese fenómeno indie de lo que ahora pretendéis que lo sea.

 

Soy indie

 

Ajá, sí. Suena molón, la verdad. Soy independiente, rompo con lo establecido, voy por mi cuenta. Soy transgresor y moderno.

 

Pues siento deciros que no lo habéis inventado vosotros, esto ya lo hacían en los ochenta. Pero había una diferencia: eran indies de verdad. Se curraban los contenidos de sus fanzines entre varios colegas y los publicaban como podían, en una imprenta del barrio, y los repartían por las salas de conciertos, por los bares, en las tiendas de discos… Y, con suerte, los vendían y sacaban para una edición de cien ejemplares en lugar de cincuenta. Se juntaban varios grupos y grababan un disco por su cuenta que, una vez más, vendían por su cuenta y sin ningún tipo de canal de distribución.

 

Y cuando uno de estos grupos firmaba con una discográfica independiente, vale, bien, se veía más o menos bien. Cuando lo hacía con una gran discográfica «se habían vendido». Y ya no molaban tanto.

 

Ser «indie» y contar con el respaldo del monstruo fagocitario más grande del planeta (sí, hablo de Amazon) es, cuando menos, irónico. Que me parece legítimo, no me malinterpretéis, pero como que muy «independiente» no es. Y yo me gano la vida con las palabras. Su elección es algo que me parece importante y por eso me siento más cómoda con los términos «autopublicado» o «autoeditado», que no suenan tan chachis, pero son más precisos. Y no, no por ello peores.

 

Paciencia

 

¿Sabéis que tenían en común todos los que, de un modo u otro participaron en la Movida? Pues que se lo curraban. Y se lo tomaban con calma, con tiempo, con la paciencia del que no espera nada y sabe que muy difícilmente llegará a algo.

 

Tocaban en garitos, en pueblos de la Conchinchina a los que llegaban tras recorrer una porrada de kilómetros y de haberse deslomado cargando el material en una furgoneta destartalada, para, en muchos casos, ganar solo las copas que podían tomarse esa noche; ensayaban, aprendían de los grandes (a los que pretendían no imitar, con más o menos éxito, tanto en la calidad como en el «no parecerse» en sí). Grababan una maqueta y la regalaban con la esperanza de que llegara al colega de un colega que conocía a alguien que se trataba con otro que tenía un programa de radio. O, si los dioses eran propicios, uno de los pocos que había en televisión dispuestos a llamarlos. Y os recuerdo que solo había dos canales.

 

 Y a veces llegaban y a veces no, como en todas las áreas de la vida. Sobresalían los que tenían esa cualidad extraña que es el talento o ese algo inaprensible que los hacía únicos y geniales. Porque cualquiera puede aprender a tocar la guitarra, pero hace falta mucho más que eso para ser un gran guitarrista.

 

Y no pasaba de la noche a la mañana, ni de broma. Tenéis mucha prisa y mucha impaciencia. Publicáis un libro y queréis que todo el mundo os conozca, que todo el mundo os lea y que todo el mundo piense que sois geniales, y eso no pasa. Lo repito: no pasa.

 

Los escritores de culto, los que todos conocemos y adoramos (o no) llevan años (con mayúsculas, subrayado y en negrita) escribiendo. Y llevaban años haciéndolo antes de conseguir fama y notoriedad, o tan siquiera reconocimiento. Porque esto es una carrera de fondo, no un esprint. Y sí, hay fenómenos de novelistas que triunfan con su primera novela. Y en el noventa por ciento de los casos, nunca más se sabe de ellos.

 

Y no, no sois Harper Lee, os pongáis como os pongáis. Y si no sabéis quién es Harper Lee, todo bien, al fin y al cabo, solo queréis ser escritores…

 

Ni siquiera sois E.L. James (que en su momento vaticiné que nunca volveríamos a saber de ella y ya veis, ahí, demostrando la primera regla: «Silvia siempre tiene la razón»), porque tenía una maquinaria publicitaria que vosotros no tenéis y ahí se puede ser conocido con calidad cero.

 

Que, en serio, ya cansa ver cómo os quejáis de que no os podéis dar a conocer, y resulta que habéis publicado dos libros. ¿Sabéis cuántos rechazos editoriales acumularon algunos autores tan poco conocidos como J.K. Rowling o Stephen King? Pues eso…

 

Colaboración, red de contactos y boca a boca

 

Funcionaba. Vaya si funcionaba. Pero funcionaba porque se hacía de verdad, de corazón, no con el afán de sobresalir, sino porque todos estaban convencidos de estar viviendo algo genial y único, y remaban juntos en la misma dirección en lugar de darse con los remos en la cabeza unos a otros.

 

Los grupos se prestaban los instrumentos. El que dibujaba se pasaba todo su tiempo libre ilustrando gratis los fanzines (o por la promesa de cierta publicidad o un par de copas). Todos iban a verse unos a otros y todos recomendábamos lo que nos había molado. Nos pasábamos las maquetas, nos manteníamos al día de los sitios donde había conciertos y donde tocaba gente que era genial (o que nos habían dicho que lo era). Cuando alguien anunciaba que iba a tocar en tal o cual sitio, ahí íbamos todos, en manada, y se lo contábamos a todo el mundo. Y los locales se petaban. Pero se petaban hasta la proverbial bandera y más allá.

 

Igualito que ahora, en las presentaciones, donde van los familiares, el gato, tres amigos y un señor de Cuenca que pasaba por ahí, despistado, y que entró a preguntar dónde estaba la farmacia más cercana.

 

Y es que cuando recomendábamos algo era porque de verdad lo considerábamos genial, no porque esperáramos que nos recomendaran cuando nos tocaba a nosotros. Y eso, sed sinceros, no lo hacéis. Compartís lo que hacen los otros porque esperáis que os devuelvan el favor y os frustráis cuando no es así. Pedís que os comenten, que os valoren, y no lo hacéis porque os interesen los comentarios o las valoraciones (no hay más que ver cómo reaccionáis cuando son malas), sino porque pensáis que es el modo de conseguir visibilidad.

 

Pero es que esto es, como apuntaba alguien en ese mensaje que motivó esta entrada, como la Teletienda, que solo la puedes ver durante horas de madrugada, cuando has ingerido alcohol a espuertas y estás rodeado de veinte colegas tan borrachos como tú, y el «escuche el sonido de lo fresco: “plop”» os suena a genialidad.

 

Yo soy de esa gente que rara vez recomienda a nadie y que rara vez comparte las publicaciones de nadie. Y no lo hago porque sea una antipática (que lo soy), sino porque cuando me tomo la molestia de hablaros de algo que he leído o que se va a publicar (o ambas a la vez) es porque considero que, de verdad, de verdad, merece muchísimo la pena. Porque lo he leído, porque sé lo que hay, porque tengo un poderoso motivo y no es que conozco a esa persona y la adoro (que puede ser) o porque creo que me va a devolver el favor. Lo hago de corazón y lo hago poco, y así, cuando se da el caso, sabéis que puede que no os guste, pero también que esa persona ha llegado a mi muro por un buen motivo.

 

Y con esto no estoy menospreciando a los que no os he hecho un hueco, conste. Pero es que yo decido en base a unos criterios muy estrictos: nunca una primera obra (ojo, puede ser la primera novela, pero no lo primero que ha escrito y/o publicado), nunca algo que no he leído (a no ser casos como Virginia Pérez de la Puente, una de las mejores voces literarias de este país, y que sé que no me va a defraudar ni queriendo, que ya la conozco tanto que estoy convencida de que va a cumplir sí o sí), rara vez algo que no sea de mis géneros favoritos (porque son los que me interesa que se vean), nunca algo de lo que no puedo garantizar su calidad objetiva (y hablo tanto de ortosintaxis como de presentación y trama), nunca por quedar bien (¿quedar bien?). Nunca algo que no me parezca único por el motivo que sea.

 

Así que cuando aparezcáis ahí sabréis que es porque me habéis impresionado. Y no es fácil. Y conseguiréis un resultado mucho mejor que si me dedicara a halagar a todo cristo. Lo que me lleva a que…

 

Muchos son los llamados y pocos los elegidos

 

Durante la Movida surgieron, literalmente, miles de grupos. Miles. Y todos conocíamos al menos un par de cientos. Más «competencia» era imposible y, sin embargo, como os dije, mucha gente llegó a triunfar. Una vez más: sin redes sociales, sin internet, con dos canales de televisión y recién salidos de una dictadura que censuraba todo lo que le oliera raro. Pero, claro, solo lo consiguieron unos poquitos, un porcentaje minúsculo, porque, siento decíroslo, es así siempre, en todas las áreas de la vida.

 

Así que, no, la competencia no es mala. No es malo que haya cien mil personas escribiendo. Lo que es malo es que nadie se moleste en filtrar. Lo que es malo es que todos hagan lo mismo, sin más interés real que aparecer ahí y conseguir ventas, sin saber a quién se dirigen ni por qué, sin querer hacer un buen trabajo o tan solo emocionar, solo vender. Y no digo yo que no haya gente que esté en esto porque solo quiere que lo lean, sin el menor interés en la crematística del asunto, pero como ya me han contestado alguna vez que «todos estamos en esto por la pasta» (algo con lo que no estoy ni de lejos de acuerdo), pues me permito dudarlo.

 

Y, por encima de todo, lo que es malo es alguien se meta a hacer algo sin los mínimos conocimientos necesarios para ello y que ni le interese ni le importe ni se moleste en aprender que hay formas diferentes de hacer las cosas y aun así pretenda que es lo mejor y que él lo vale. Porque, a ver, si consideramos que el oficio de escritor hoy en día se compone de dos facetas diferentes, la promoción y, como es obvio, la escritura, pues tendréis que estudiar dos oficios y aprenderlos bien.

 

Tendréis que aprender mercadotecnia, y parte de ello supone escuchar y leer a los que saben más que vosotros y, sobre todo, escuchar lo que os dicen vuestros potenciales clientes. Y si os dicen que algo no funciona, pues tened claro que ellos lo saben mejor que vosotros.

 

Y tendréis que aprender a escribir. Que ya sé que pensáis que sabéis hacerlo, pero yo me entiendo. Y que, a veces, hay gente que tiene mala suerte, pero hay mucha, mucha más que no sobresale porque no tiene ni idea de lo que está haciendo, por mucho que ese mundillo cerrado y endogámico de las redes los haga pensar que sí. Porque este es un oficio extraño, para el que no hay ningún título ni documento oficial que os califique como «escritores» y se aprende escribiendo mucho y equivocándose mucho. Que, insisto, es una carrera de fondo, y no se triunfa sin esfuerzo. En serio, no.

 

Y para terminar

 

Ya sé que siempre digo que ya tengo una edad y que esta entrada no ha hecho otra cosa que demostrarlo. Ya sé que cuando comento este dato, algunos debéis de pensar que soy una octogenaria que sostiene un blog desde el asilo de ancianos después de haber hecho un taller sobre nuevas tecnologías subvencionado por el Ayuntamiento. Ya sé que hablar de la Movida os va a parecer a algunos la nostalgia de la abuela Cebolleta. Ya sé que creéis que desprecio las redes y lo que suponen.

 

Y os equivocáis en todo.

 

Lo que me flipa es que antes de internet (que había vida, os lo juro), había gente, gente que empezaba como independiente, que pasaba de los métodos tradicionales y que conseguía triunfar, sobresalir y ser conocido solo con el boca a boca. Y vosotros, que tenéis esta maravillosa herramienta en vuestras manos os pasáis la vida quejándoos de que «es muy difícil conseguir visibilidad» y seguís haciendo lo mismo que no os ha funcionado hasta ahora porque no os molestáis en aprender a hacerlo mejor.

 

A ver si es que el problema no va a estar en la herramienta…

 

 

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