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Ofendiditos, bilingües, promotores comerciales y otras divagaciones

December 3, 2018

Esta vez me ha pillado el domingo por sorpresa, después de una semana de locos, con las deadline —lo siento, esta palabra bárbara es mil veces más expresiva que su equivalente en castellano, «fecha de entrega», así que no puedo resistirme a utilizarla— pendiendo sobre mi cabeza como espadas bien afiladas y el traidor de mi cerebro rumiando en segundo plano una locura de proporciones apocalípticas.

 

Así que no tengo ni la más remota idea de qué voy a hablaros.

 

¿Me va a detener eso? No. Cualquiera que me conozca, aunque solo sea un poquito, puede confirmaros que soy capaz de sentarme ante un teclado y arrancar dos mil palabras de la nada, con poco más que una frase para empezar y la sombra del fantasma de una idea latiendo en algún lugar de mi cerebro atrofiado por el sueño y el agotamiento. Aunque en este caso no tengo ni siquiera esa idea, así que igual se me complica un poco más la cosa.

 

El caso es que esta semana —y la anterior—, vi un par de cosas en mis paseos por las redes sociales que me hicieron reflexionar y que me dieron ideas para escribir una entrada, pero es que hoy he llegado aquí, a mi cafetería habitual de los domingos, y no me apetecía ni lo más mínimo meterme en los jardines que implicaban. Que si los ofendiditos, que si las críticas a los que tenemos una segunda lengua oficial, que si el hecho de que algunos escritores reconozcan utilizar más tiempo a la promoción que al oficio en sí…

 

Y cualquiera de ellas da para explayarse durante horas, lo reconozco, pero es que, de verdad, estoy agotada. Y sé que todas son controvertidas. Y no estoy de humor. Pero como sigo sin tener ni idea de cómo enfocar esta entrada, pues os las voy a resumir, y ya me extenderé sobre ellas cuando mi cerebro no vaya a ralentí y no tenga otra idea —que no tiene nada que ver con este blog— presionando con fuerza para que le preste atención.  Porque, a pesar de que había jurado y perjurado que jamás volvería a escribir para que me leyera alguien —ya sabía que no lo iba cumplir, conste, solo intentaba convencerme—, llevo dos días con una historia absurda, enloquecida y surrealista que surgió de una manera igual de absurda, enloquecida y surrealista, y que no deja de gritarme que tengo que ponerla sobre el papel, so pena de terminar con una bonita camisa de esas que tienen mangas atadas a la espalda. Y he tenido que interrumpir un flujo de escritura enloquecido para ponerme con el blog. Y me fastidia. Mucho.

 

Perdonadme un segundo, tengo que decir esto: Carmen Moreno, María R. Coco, os odio a las dos. Fuertecito.

 

Ya.

 

En fin, a lo que iba. Brevemente, que tengo que matar un par de demonios:

 

Los ofendiditos

 

Me tenéis hasta el conco.

 

No, no tengo nada más que añadir.

 

Bueno, sí, venga. Tampoco voy a ser tan escueta. Entiendo que vuestros padres y cuidadores os han metido en la cabeza que sois seres especiales, únicos y maravillosos, como unicornios dorados, y que tenéis todo el derecho del mundo a que nada altere vuestra fantástica percepción de vosotros mismos, pero es que a mí me importa un bledo vuestra poca resistencia a la frustración. Soy responsable de lo que digo, no de cómo os afecta o de lo que entendéis. La ofensa pertenece al ámbito privado y en él tiene que gestionarse y asimilarse. Me niego a ir pisando huevos porque puedo alterar el bien construido universo de esos que se ofenden solo con que alguien abra la boca. Porque, veréis, yo también veo un montón de cosas todos los días que me ofenden, que me irritan y que me ponen nerviosita, pero lo racionalizo y sigo adelante. Y nunca le negaré a nadie su sacrosanta libertad de expresión. Que sí, podemos debatir. Que sí, que podemos tener puntos de vista opuestos y podemos hablarlo para llegar a un entendimiento. Que sí, que entiendo que algunos temas y algunas actitudes ya hartan, pero también entiendo que ofenderse no es el camino.

 

Lo que no pienso es callarme para que los demás se sientan bien, porque, si lo hago, la que no se va a sentir bien soy yo. Y, ¿qué queréis que os diga? Vida por vida, mejor la mía. Oh, sí, qué egoísta, qué ruin. Pues me vais a perdonar, pero yo ya tengo superada ese complejo judeocristiano de la culpa, así que estoy convencida de que el egoísmo bien entendido es una virtud. Y si yo estoy bien, todo está bien. Si estoy mal… en fin, ni mi madre se atreve a cabrearme, no os digo más.

 

Y me preocupa muchísimo que la gente reconozca cerrar la boca para que no salten los ofendidos, porque, una vez más, si no hablamos, si no ponemos nuestros argumentos sobre la mesa y los discutimos con tranquilidad, no avanzamos. Retrocedemos. Y es lo que está pasando.

 

Bilingüismo

 

La Constitución española, esa que tanto enarbolan unos y otros solo para lo que les conviene, recoge en el artículo 3 de su título preliminar lo siguiente:

 

«Artículo 3. El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla. Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos».

 

Es decir, que el gallego —y hablo del gallego porque es lo que me toca, pero todos sabemos a quiénes les echan más en cara que tengan otra lengua— es una lengua oficial en mi Comunidad. Y tengo todo el derecho del mundo a usarla y todo el placer que conlleva conocerla y aferrarme a mis raíces.

 

Hablo con vosotros en castellano —no español, castellano. La variedad del español que es lengua oficial de todo el Estado— porque ya os he dicho más veces que la intención y el propósito del lenguaje es comunicar, y si os hablo en gallego, como muchos no lo habláis, no voy a comunicar nada. Si mi público fuera inglés, escribiría en inglés. Del mismo modo que si me hablan en cualquier idioma que domine, respondo en ese idioma, solo porque así nos vamos a entender mejor. Y por mucho que digan las leyendas urbanas del país, todos los gallegos entendemos el castellano. Y todos los habitantes de las demás Comunidades con una lengua cooficial también. Y todos sabemos hablarlo —mejor o peor— y todos lo usamos cuando corresponde. Sí, todos. Que no digo yo que no haya gilipollas que os contesten aun sabiendo que no los entendéis, pero es que gilipollas los hay en todas las Comunidades. Sí, en las monolingües también.

 

Me importa un pijo la política del asunto, solo su vertiente cultural, porque, veréis, todo lo que se aprende es cultura. Y todo suma. Y tener dos lenguas y poder usarlas es un privilegio que se debería admirar, no rechazar. Que, además, os metéis con los que hablamos las lenguas de nuestras Comunidades y proclamáis la inviolable legitimidad del castellano, pero luego lo mancilláis con palabros de lenguas bárbaras como runner, target, marketing, cool, light, spoiler, WTF, LOL… Todo bien. Porque los anglicismos molan mucho más que el catalán, el gallego, el euskera, el aranés o el valenciano, dónde va a parar.

 

Pero, vamos, seguid creyendo que no aprendemos castellano. Nosotros seguiremos comunicándonos en varias lenguas y teniendo muchos más recursos para entendernos.

 

Y para los que decís que a los catalanes les hablas en castellano y responden en catalán: tengo decenas de amigos catalanes, tanto en mis redes como en mis relaciones más directas y personales, y podéis visitar mi muro y ver si me hablan en catalán. Ya os voy diciendo yo que no. Y lo mismo para cualquier otro que tenga una segunda lengua. Hablamos en castellano porque es la lengua que compartimos y en la que nos pueden entender todos. Y lo hacemos todos. A lo mejor es que en mi muro se han juntado todos los que no hablan la lengua de su Comunidad, pero es que me parece una casualidad bastante improbable, qué queréis que os diga. Así que pensad un poquito lo que decís antes de repetir como papagayos los discursos políticos, que solo pretenden echar leña al fuego para conseguir vuestros votos. Y para dejaros plantados cuando los tengan.

 

El tiempo que se dedica a la promoción

 

Voy a ser muy breve. Un cardiocirujano puede necesitar estar en forma para aguantar una operación de cinco horas, pero dedica la mayor parte del tiempo que invierte en tareas propias de su profesión a la cardiocirugía (tanto en la vertiente práctica como de estudio, formación o tesis y artículos) no en el gimnasio.

 

Que está bien promocionarse y, en los momentos en los que se saca un nuevo libro al mercado, dedicar un tiempo considerable a esa promoción, pero que la mayor parte del tiempo se dedique a esta, siempre, para mí, os convierte en comerciales o técnicos en mercadotecnia, no en escritores. Que la publicidad reúne profesiones tan buenas como cualquier otra, pero que no es lo mismo que la literatura. Y que pueden coexistir, pero no fagocitarse.

 

Y ya sabéis mi opinión sobre esto y sobre lo bien que se hace.

 

Y me voy ya, que tengo cosas que escribir —y no publicitar— y me estoy impacientando.

 

Hasta la semana que viene, si no me internan antes en un psiquiátrico.

 

 

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