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Correos (y otros medios), respeto y sentido común

December 17, 2018

 

Hoy vengo con más batallitas de la abuela Cebolleta. ¿Por qué? Pues porque llevo unos días muy raros y no estoy de humor para pensar en nada complicado, y este tema casi se escribe solo y no cuesta nada más que un par de preguntas a unas cuantas personas concretas para argumentar mi entrada.

 

Que sí, que entiendo que algunos sois de otra generación, que os gusta el trato cercano, que sois espontáneos y simpáticos y… maleducados.

 

No hablo de la relación entre amigos. Yo a mis amigos los llamo de todo e, incluso, a veces, planeo su asesinato delante de ellos sin ningún complejo, y ellos me devuelven el favor y me dicen que me odian a la cara y yo les respondo que yo más. Todo bien. Lo normal entre amigos. No, hablo de relaciones «comerciales» en las que os dirigís a otro para pedir un favor o para ofrecer (o solicitar) un servicio. O, en el caso que nos ocupa, vuestro libro.

 

No os voy a hablar de cómo pedir un favor, porque ya lo hizo Gabriella Campbell en esta genialérrima entrada que deberíais enmarcar para tener bien a mano la próxima vez que queráis pedir algo a alguien. Os voy a hablar de cómo os dirigís a las editoriales para ofrecerles vuestra fantástica distopía juvenil con dinosaurios y varitas mágicas.

 

Para empezar, lo que debería ser obvio para todos, y siento ser yo quien os baje de la maravillosa nube de arcoíris en la que os han subido vuestros progenitores y amigos: no sois especiales.

 

Insisto: no lo sois.

 

Hasta que el editor eche un vistazo a vuestra maravillosa prosa, vuestro fantástico tratamiento de los personajes, vuestra increíble historia… sois uno entre miles. Y, probablemente, después también, pero ese es otro tema. Las editoriales reciben muchos, muchos manuscritos (entre otras muchas chorradas). Y si bien sería de agradecer que os enviaran una respuesta enlatada que diga que lo han recibido, el tiempo es escaso. Y su capacidad de respuesta, limitada. Yo sé que pensáis que están esperando que le mandéis vuestra obra, que están deseando leerla, disfrutarla y editarla, pero… Eh, a ver, no. Que si sois muy conocidos, os han leído (porque, sí, leen. Los editores leen. Raro, ¿verdad?) y han pensado que les encantaría teneros en su editorial, pues igual os van a dar preferencia. Pero, seamos sinceros, que tengáis setenta seguidores que os dicen que sois fabulosos y que hayáis llegado al Top 100 en Amazon, en la categoría de «ficción musical con maracas», no hace que os conozcan. Más que nada, porque no os conoce nadie.

 

No, de verdad, no os conoce nadie. ¿Tenéis que salir a la calle con gafas oscuras y sombrero para que no os asalten los fans nada más entrar en el supermercado o, incluso, por citar algo más dentro del sector, en una librería? ¿A que no? Pues eso. Os conocen en vuestra casa. Y en los congresos, porque nos conocemos todos (y no voy a hablar de lo bien que nos llevamos en realidad, porque eso daría no para una entrada, sino para una enciclopedia). Y ya.

 

Que sigáis la página de la editorial y le hayáis pedido amistad al editor en las redes (si es que las tiene) tampoco hace que sepa quiénes sois. Quizá, si habéis interactuado con esa persona, puede, es posible que os recuerde. Solo posible. A no ser que sea como yo, que solo me aprendo el nombre de la gente cuando es relevante (y ya os voy diciendo yo que mi idea de «relevancia» dista muchísimo de la que suelen tener los demás. Sobre todo de sí mismos).

 

Así que, por mucho que os digan que os tenéis que vender, que tenéis que demostrar seguridad en vosotros mismos, que si vosotros no confiáis en lo que hacéis nadie más lo va a hacer (y todo esto es cierto), tampoco os vengáis arriba y os creáis que sois la releche en pentámetro yámbico. Y actuéis como si así fuera.

 

Os voy a dar unos consejitos fáciles, por varias razones: primero, tengo que recuperar la rutina que aparqué la semana pasada (porque yo soy la primera en no escuchar consejos, y menos cuando tienen que ver con la salud), y, segundo, a lo mejor hasta os sirven para algo.

 

Editoriales que admiten manuscritos

 

Primero y más fundamental. Hay editoriales que tienen cerrada la recepción de manuscritos y no vais a conseguir absolutamente nada enviándoselo. No reciben. Tienen ocupado el cronograma hasta 2040 y no va a servir de nada que vuestra obra sea cincuenta mil veces mejor que cualquiera que tengan programada, porque no os van a leer.

 

Cuando es así, lo suelen anunciar en su página web. Es tan difícil como ir y leerla. Y a lo mejor sois personas ocupadísimas y no tenéis tiempo de tomaros la molestia, pero, oye, me da a mí que entre vuestro escaso tiempo y el de ellos… Bueno, yo sé cuál elegiría si fuera el editor.

 

Línea editorial

 

Supongamos que encontráis una editorial que tiene abierta la recepción. ¿Os habéis molestado en mirar qué publican? ¿Qué otros autores tienen en catálogo? ¿Cuál es su línea? Porque sí, todos sabemos que «no encaja en nuestra línea editorial» es una manera muy educada de decir que no te publicarían ni borrachos de cazalla (literalmente), pero a veces es cierto. Sin más. Si pensáis mandarle, por ejemplo, vuestra novela romántica blanca a una editorial que publica terror y fantasía, estáis condenados al fracaso. E hilando más fino, si escribís romántica y no incluís ni una triste escena de sexo y se la mandáis a una editorial cuya línea principal es erótica, tampoco vais a tener ningún éxito.

 

Y esto vale para manuscritos que enviáis para llamar sin más a todas las puertas que tengáis a mano como para los concursos. Que es absurdo que os quejéis de que vuestra fabulosa novela no ha ganado el premio porque la editorial no especificó que quería un determinado tipo de historias. Gente, que si es un concurso organizado por una editorial, lo lógico es enviar algo que encaje dentro de su línea. Por puro sentido común.

 

Forma de contacto

 

En todas las páginas web de todas las editoriales hay un formulario de contacto. O un listado de los correos (y voy a subrayar el «correos») tanto físicos como digitales a los que os podéis dirigir para enviar el manuscrito, con las especificaciones oportunas (solo propuesta y un par de capítulos, manuscrito completo, formatos admitidos, tipografía…). Leedlos. ¡Leedlos, puñeta! Que se supone que sois escritores y no os importa leer. Y cumplidlos a rajatabla. Que os puede parecer muy espontáneo y valiente dirigiros al editor con un mensaje privado de Facebook que diga: «Hola, te mando mi manuscrito. Espero que te guste», pero ya os voy diciendo yo que lo que vais a conseguir, en el mejor de los casos, que el editor os ignore. En el peor, os apuntará en su lista negra. Que doy por hecho que la tienen, porque yo la tengo y no soy editora. Y es larguísima.

 

Redacción

 

Cuando yo era pequeña, me enseñaron que mi ortografía y mi sintaxis eran mi mejor carta de presentación. Mandad un correo con todas las faltas de la galaxia, y veréis lo que va a pensar el editor de vuestro manuscrito sin siquiera descargarlo. No os estoy diciendo que seáis de lo más formal y distante, pero un mínimo de educación y buena redacción no solo son recomendables, deberían ser obligatorias.

 

Y sed breves. La historia de cómo llegasteis al maravilloso mundo de las letras porque os dedicasteis a leer durante una enfermedad grave y que eso os hizo escribir una historia que… Los editores, como os digo, reciben miles de correos.

 

Sed amables y educados, pero id al grano. A nadie le gusta perder el tiempo. Que tampoco es plan de que pongáis: «Hola, ahí está mi manuscrito. Ya me dirás».

 

Que no digo que yo no lo haya hecho, pero había confianza. Y quizá unas cuantas cervezas de por medio.

 

Y ya que hablamos de confianza

 

Si os sabéis el nombre del editor, chachi, usadlo. Pero aseguraos de que está bien. Si yo me dedicara a esto y recibiera un correo que dijera «Hola Silvia Barreiro» (así, sin su coma de vocativo y todo), pues ya no iba a pensar muy bien de vosotros. Y no solo por la coma, conste, que a estas alturas solo me hace suspirar un poco, sino porque no es mi puñetero nombre, y no cuesta tanto revisarlo. Dos veces, si es necesario.

 

Y para terminar

 

Hay relaciones entre amigos y hay relaciones comerciales. Y es cierto que a veces se difuminan las líneas, pero hay que tener un mínimo de sentido común. Y esto es aplicable a cualquier área de la vida. Y un mínimo de empatía. Y un mínimo de educación. Porque, y aquí no hablo solo de los editores, hablo también de los correctores, podemos tener un trato cordial, pero como profesionales y como personas, merecemos un respeto. Nuestro tiempo merece un respeto, tanto o más que el vuestro. Nuestro trabajo merece un respeto. E, incluso, por increíble que os parezca, nuestro tiempo de ocio también merece un respeto. Y no os podéis imaginar cómo cabrea que no os lo ofrezcan. Que callamos porque tenemos que comer, pero a lo mejor os pitan los oídos un poquito. O un muchito.

 

Y se me acaba la batería, así que hasta la semana que viene, si la vida me lo permite, que últimamente ya no me veo con ánimos de prometer nada.

 

 

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