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¿Escribes o publicas?

January 7, 2019

 Sí, he vuelto. Lo siento. ¿Creíais que os habíais deshecho de mí? Pues va a ser que no. Solo me he tomado unas vacaciones, en parte por prescripción facultativa —«Si sigues a este ritmo vas a reventar»—, en parte porque no es que me importe predicar en el desierto —que teniendo en cuenta los temas que suelo tratar es lo más normal del mundo—, pero cuando el desierto es literal porque todos estáis metidos en la vorágine de la Navidad, pues no me iba a leer ni el tato, y tampoco es eso. Que, encima, yo publico las entradas los lunes, que este año fueron Nochebuena y Nochevieja, y me da la risa fuertecito pensando en quién se iba a tomar la molestia de leer mis tochos.

 

Pero ya se acabaron las fiestas —gracias a los dioses por los pequeños milagros— y ya puedo volver con… iba a decir «fuerzas renovadas», pero, no, qué va, vuelvo con la misma desidia de costumbre. Y necesitando la misma dosis de cafeína. Eso sí, vuelvo con uno de mis temas «polémicos» —y lo pongo entre comillas porque, para mí, de polémico no tiene nada. No hay argumentos a favor, se mire por donde se mire—, así que imaginadme con los colmillos goteando y una inmensa sonrisa malvada en la cara.

 

Antes de entrar en materia, quiero darle las gracias a Isabel Veiga, que me dio el enfoque para esta entrada y la idea para el título, y Jane Truman, porque su muro es siempre una fuente inagotable de inspiración y ya iba siendo hora de que se lo reconociera.

 

Seguro que he hablado de esto en alguna ocasión. Seguro que ha hablado de esto un montón de gente y mejor que yo. Pero como algunas cabezas son muy duras, pues vuelvo al tema. Primero, porque me apasiona. Segundo, porque, como os decía, el enfoque de Isabel me ha parecido muy interesante.

 

Os pongo en antecedentes: típico debate en Facebook —que después resultó que era una discusión, pero como yo soy medio asperger, no me di cuenta hasta que me comentaron las «consecuencias»— en que yo me pongo de los nervios porque la gente dice que «lo importante es la historia» y «las faltas de ortografía y sintaxis son disculpables». Y yo, que al quinto error dejo de leer, pues como que no comulgo con ruedas de molino.

 

Tengo algo así como una decena de argumentos para defender mi postura, pero hoy me voy a centrar en uno: no es lo mismo escribir que publicar.

 

Así que vamos a entrar en materia con los argumentos que suelen esgrimir quienes publican —y destaco el publican— con faltas.

 

Todos los libros tienen erratas

 

Los libros pueden contener —y de hecho contienen. Todos— erratas, pero un par de erratas es una cosa. Una ortografía muy deficiente, unida a un uso caótico de los tiempos verbales, a un desprecio absoluto por la técnica y a una sintaxis que solo hace que quieras llorar es otra cosa.

 

Yo tengo buena ortografía —obvio, claro. Si no, me dedicaría a otra cosa—, y escribo sin faltas hasta en el WhatsApp (y sí, con sus comas y sus signos de cierre y apertura de exclamación e interrogación, porque soy así de pija), pero otra gente no es así y mete la gamba hasta el corvejón. Vale, no pasa nada. No sabes de ortografía ni lo más básico, pero quieres publicar. Me parece estupendo. Pues tienes dos opciones: o te rascas el bolsillo y buscas a un profesional que te corrija (no, tu madre no vale, a no ser que sea correctora) o lo escribes y se lo das a leer a tus amigos. O lo regalas. Pero si publicas y cobras por ello, las faltas son imperdonables.

 

Repito el argumento: no es lo mismo escribir que publicar.

 

Hay un montón de gente creativa que merece que la lean

 

Y yo, que soy muy injusta, nunca llegaré a ver lo buenas que son sus historias, porque los planto al quinto error. Qué mala persona. Voy a entonar un mea culpa por ser una quisquillosa y una repelente y querer que un producto por el que pago tenga calidad. Voy a entonar un mea culpa por querer que la gente que cobra por sus servicios haga el mejor trabajo posible.

 

Dejadme que os diga una cosita sobre la creatividad: hay un montón de gente creativa por el mundo adelante, y normalmente destacamos solo en un área. Yo soy creativa, lo que no os creáis que es tan fantástico, porque me convierte en caótica, indisciplinada, desorganizada, desordenada y con un sentimiento muy arraigado de que eso de la «autoridad» es algo que les pasa a otros. Pero sí, soy creativa. Así que he probado cientos —literalmente— de actividades que me permiten dar salida a esa creatividad. Os enumero solo las que recuerdo ahora mismo: pintura, ballet, guitarra, decoración de uñas, pastelería cuqui, bisutería, caligrafía, teatro (tanto en la vertiente tradicional como en monólogos e improvisación), decoración… Podría seguir, pero para que os hagáis una idea.

 

Jamás, nunca, he ganado dinero con eso. Y con dinero me refiero hasta los «qué esperas por 0,99€ que cuesta». Sigo dibujando, sigo haciendo pulseras de vez en cuando, sigo decorando pasteles… pero solo lo hago para dejar que mi mente creativa deje de dar por saco. El ejemplo más claro: me chifla cantar y a veces hasta he escrito letras de canciones. Desafino como un elefante en celo. Jamás se me ocurriría sacar un disco. En mi caso, ni para regalarlo, pero cobrando, ni muerta. Y cuando estamos entre amigos y alguien saca una guitarra o se pone a tocar el piano, soy la primera en apuntarme, pero, eh, no es algo que vaya a ver el público. Solo mis amigos, y me quieren por mis defectos.

 

Entonces, ¿por qué sí pensáis que podéis publicar con faltas? No digo escribir. Escribid lo que queráis. Dad rienda suelta a esa bendita creatividad de la que tanto presumís. Pero regaladlo. Dádselo a vuestros amigos y familiares. Colgadlo gratis donde sea. Pero no publiquéis porque no reúne los mínimos estándares de calidad para ello.

 

Gabriel García Márquez tiene faltas de ortografía

 

Eso se dice. Y se dice que incluso el mismo Gabo lo ha reconocido. No sé si es cierto o un bulo, pero, primero, en serio, ¿os estáis comparando con García Márquez? ¿Estáis de coña? ¿Me tomáis el pelo? Que sí, que sí, que no nació famoso. Pero, colegas, el talento no es tan común como creéis, y Gabo lo tiene para aburrir. Con faltas o sin ellas. Además, a todos los que sacáis este argumento: ¿cuántos lo habéis leído? Venga, estáis solos, no os ve nadie. Podéis reconocerlo. ¿Veo alguna mano levantada? Ya… Pues esto me lleva a lo segundo y más importante: digamos que sí, que escribe con faltas. Pero ¿publica con faltas? No. Que yo sí lo he leído. Y no. No publica con faltas.

 

Porque, por enésima vez: no es lo mismo escribir que publicar. Como bien me dijo Isabel, nombradme un escritor famoso (famoso de verdad, ¿eh? A la altura de García Márquez) que publique como le salga «de la creatividad» y lo publique así, e igual lo reconsidero.

 

No puedes esperar lo mismo de un autor publicado por editorial que de un autopublicado

 

Y a esto sigue el «no disponen de los mismos medios». Vale, aquí es donde me dan ganas de concluir el punto con un «idos a tomar por donde amargan los pepinos», pero aunque sea lunes y yo una borde integral, voy a intentar ser un poco más asertiva y argumentarlo un poco.

 

No solo puedo, sino que quiero esperar lo mismo. Si os llenáis la boca día sí y día también diciendo que los indies tenéis la misma calidad que las editoriales, demostradlo. Si os llenáis la boca día sí y día también quejándoos de que no conseguís éxito y visibilidad, pues empezad por formaros y publicar un producto que merezca la pena. Muchos lo hacen. Y deberían estar mucho más cabreados de lo que yo estoy con este tema. Porque si a mí me molesta (y yo solo he publicado con editorial), ellos, que se esfuerzan, que se gastan la pasta en correctores, maquetadores y diseñadores, tienen que estar de vosotros hasta las latitudes australes. Porque, por desgracia, sois demasiados los que pensáis así, y le estáis jodiendo el negocio a todos, porque por vuestra culpa, muchos lectores arrugan la nariz y piensan: «Uy, autopublicado, qué chungo».

 

Lectores de los de verdad, digo.

 

Porque sí, hay lectores de verdad y gente que solo quiere que le cuenten un cuento. Que es muy válido, pero no es lo mismo. Yo, por ejemplo, no entiendo nada de música. Me encanta el ruido que hace, pero poco más. Y estoy segura que un melómano de verdad me va a mirar y va a decir «pero, tía, esto es un horror», y yo me encogeré de hombros y responderé que tiene toda la puñetera razón, pero que yo no tengo ni idea de música. Me libren los dioses de llamarme melómana. Así que algunos no deberían llamarse lectores, pero eso es otro tema y me puede dar para otra entrada.

 

Y, sí, también es cierto que hay editoriales que sacan productos que da penita verlos, pero tampoco es culpa de nadie (salvo vuestra) que tengáis mucha prisa y publiquéis con el primero que aparezca sin aseguraros de que va a hacer su trabajo.

 

En resumen

 

En un mundo ideal (ideal para mí, no, claro, que tengo una manada de perras que alimentar y necesito la pasta) todos los autores sabrían escribir. Se habrían formado, habrían ido a cursos y talleres, habrían leído sobre técnica y narratología, sabrían contar historias con el ritmo adecuado, con los personajes bien trazados, con la coherencia perfecta.

 

Pero este no es un mundo ideal, así que existen profesionales que se encargan de ayudar a los autores a que consigan todo eso. Y mientras no podáis permitíroslos, pues escribid, claro que sí. Pero haced el puñetero favor de no publicar.

 

Ah, y dejad el ego para cuando tengáis algo tangible con lo que defenderlo. Que la arrogancia no me molesta, pero la soberbia me saca de mis casillas, y más cuando solo se apoya en humo y espejos.

 

 

 

 

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