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La peor mamarrasha del mundo

March 12, 2019

 

Sí, ha pasado un montón de tiempo, lo sé. Sí, tengo más abandonado el blog que mis propósitos de Año Nuevo, que ya es decir, porque nunca me planteo ninguno. Y no, esto no significa que vaya a coger el ritmo de nuevo, aunque lo voy a intentar, así, pasando de mi médico porque soy más chula que él (y que nadie). Eso sí, para disimular, trataré de publicar cada quince días, no cada semana, porque en una cosa tiene razón el pobre hombre: no me da la vida.

 

Y sí, hoy es martes y no lunes, pero es que tenía que ser hoy. Ya veréis por qué. Eso sí, si comprobáis que no aparezco por redes ni para mostraros mis uñas, que sepáis que es porque he sido brutalmente asesinada. Y lo entiendo. Si a mí me hacen lo que me dispongo a hacer yo, también cometería un asesinato.

 

Voy a poneros en antecedentes. Para los que me seguís y ya me habéis leído alguna vez esto, pues mira, lo siento, pero necesito explicarlo para que se entienda hasta qué punto era necesario escribir esta entrada. Veamos, yo escribo. Es lo que hago y, en gran medida, es lo que soy, aunque nunca haya sido tan inocente como para pensar que podía ganarme la vida con ello. Pero lo de publicar, como que me viene mal siempre. A mí me gusta escribir. Incluso disfruto de la sensación de haber escrito y de saber que volveré a escribir. Pero todo lo que conlleva el sacar un libro al mercado me da cien patadas en el hígado, quizá porque conozco el mundillo mejor que la mayoría. Eso podría ayudarme porque mis expectativas no pueden ser más bajas, pero no es así: soy asocial, soy borde y arrogante y el ruido de fondo me molesta.

 

Pero yo escribo. Y escribo mucho. Y mucha gente me lee aunque no publique y me quiere leer, que es todavía más extraño. Así que un día, después de años (y no, no exagero, fueron muchos, muchos años) terminaron por convencerme (obligarme) a publicar con un argumento irrefutable: «Hazlo, y si no te gusta, siempre puedes volver a como estabas».

 

Lo hice.

 

Fue tal y como esperaba e incluso mucho peor.

 

No voy a repartir culpas, porque la única culpable soy yo, por dejarme llevar. Porque sabía lo que iba a pasar y lo ignoré. Sobre el resto, que cada cual que se apunte lo que le toque. Yo ya tengo suficiente con mi vida. La de los demás me importa un pimiento.

 

Así que juré, perjuré y requeteperjuré que nunca, jamás, por nada del mundo volvería a publicar. Incluso les dije a mis amigas que si en algún momento volvía a sentir tentaciones de hacerlo, me recordaran ciertas cosas. Y así fue. Terminé de publicar la trilogía por responsabilidad hacia mis lectores y me olvidé del tema. Seguí escribiendo, claro, pero por y para mí, sin filtros, sin intenciones, sin nada más que el placer de hacerlo ungido en cada dedo que aporreaba una tecla.

 

Y entonces la conocí a ELLA.

 

Y le pongo mayúsculas, porque aunque es una puta machista feminazi, una mamarrasha enorme, una jartible y una petarda, se las merece. Más que nadie que haya conocido jamás. A veces me pregunto cómo he podido pasar toda mi vida sin conocerla, y luego me doy cuenta de que no hace tanto tiempo que entró en el reducidísimo círculo de gente por la que saco mi hacha sin preguntar el motivo, solo porque le hace falta. Y ni me sorprendo, porque lo nuestro fue odio a primera vista. Apenas habíamos cruzado diez palabras y ya la odiaba y sabía que la odiaría para siempre, con ese odio voraz, demoledor, que hace que si pasas un día sin decirle lo mucho que la detestas, no te sientes bien.

 

Hace años me retaron a escribir una entrada sobre Ángel Vela, y así lo hice: Desmontando a Ángel Vela. Me gané un buen puñado de nuevos enemigos (no me importa, los colecciono) y Ángel, que es un moñas, hasta lloró. Espero que ELLA (sí, ya os diré su nombre) no llore. Espero que me llame, me insulte y me torture con algo horrible, doloroso y depravado, como un abrazo. O, los dioses no lo permitan, un beso.

 

Porque si he vuelto a publicar, no ha sido por mí ni por los que me animan a hacerlo. Ha sido porque ella es editora. Y no creo que publique con nadie más, porque no lo hago por mí, lo hago porque ella es ella.

 

Porque es dura, dura de verdad, de las que se caen mil veces y sigue levantándose aunque sea a gatas y con la lengua de fuera y no presume de ello (ni se queja) porque la gente dura de verdad sabe que es lo que hay y no hay orgullo, solo la intención de seguir porque es lo que hay que hacer y no hay discusión posible.

 

Porque es única, porque siempre tiene una risa cuando quiere llorar y un insulto cuando lo necesitas. Porque es borde, porque tiene muy claro quién y qué es y por eso siempre es ella, y a quien no le guste, que no la compre. Porque debajo de toda esa fachada de «voy a matarte con mis propias manos», que apruebo sin reservas, la muy imbécil tiene un corazón que no le cabe en el cuerpo, aunque tiene la sabiduría de dejar entrar solo a quien se lo merece.

 

Porque es luchadora y guerrera. Porque es la viva imagen de la sororidad. Porque me hace reír y porque no quiere ayuda, aunque, como todos, la necesite a veces y haya que vendérsela como un favor que ella te hace a ti.

 

Porque es friki y culta y entiende todas mis referencias.

 

Porque cuando te amenaza y te llama «jadeputa» sabes que te quiere.

 

Porque no tiene sueldo.

 

Porque entiende perfectamente lo que es hacer las cosas como le sale de más abajo del ombligo y porque se mete la camiseta por dentro del pantalón del pijama.

 

Porque adora lo mismo que yo, los libros y a quienes los escriben, y porque para ella de los primeros solo hay dos clases: buenos y malos, y quiere que los suyos no solo sean solo buenos, sino también únicos.

 

Porque escucha. Porque habla. Porque está loca. Porque es ella y, para los que tenemos el privilegio de tratarla, eso ya lo es todo.

 

Porque es tan insensata que no le importa publicar a alguien como yo y porque mis ideas locas le parecen geniales.

 

Porque quiere escribir conmigo, porque me hace reír a carcajadas, porque, sin preguntar siquiera, sé que ella tiene razón y otros están equivocados. Y no digo nombres, porque hasta la publicidad negativa es publicidad y hay gente que no merece ni eso.

 

Porque sí, porque es Carmen «Romero» Moreno, editora de Cazador de ratas, y debe estar orgullosísima de serlo, como yo lo estoy de llamarla «mamarrasha».

 

Y ahora mátame, imbécil, pero lo voy a decir en público: te quiero un huevo de avestruz y sé que tú a mí también.

 

Así que aquí tienes tu regalo de cumpleaños, y que solo sea el primero de muchos en el que me dedico a destrozar tu mala reputación, a pesar de que no eres capaz de aguantar una queimada flojita y quemada hasta que ya no tiene ni alcohol.

 

A rañala.

 

PD: Si a alguien le suena esto a peloteo de autora a editora, es porque no nos conoce. No nos importa. 

 

En el mundo sobra gente, es lo que hay.

 

 

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